Soy el hijo único de mi familia. Papá y mamá siempre trabajaron y, por consecuencia, nunca tuvieron mucho tiempo para pasar conmigo. Ahora tengo 18 años y paso mucho tiempo solo en casa; después de todo, son vacaciones para mí.

No soy alguien sobresaliente: soy malo en los deportes, nunca he tenido novia, no soy bueno con los estudios y mi apariencia podría describirse como la de alguien normal. Mido 175 cm y mi peso es un poco menor a la media. No tengo buenos rasgos. Tampoco es que importe mucho; disfruto lo poco que tengo a mi manera.

A papá no lo veo mucho: siempre está en la oficina o de viaje. Es alguien tranquilo y comprensivo. Por otro lado, mamá me tiene mucha paciencia y es atenta conmigo, aunque en la escuela solía ser molestado por mi madre. Tengo que admitirlo: es una mujer muy atractiva. Es un poco más pequeña que yo, lleva una vida saludable y, a pesar de estar en los treinta, conserva una figura bastante deseada por muchas. Tiene buenos rasgos… y es algo raro que un hijo diga eso de su madre, es muy sexy.

A veces me pregunto por qué no saqué la belleza de mi madre. Pero bueno.

Otro día comienza. Mi reloj marca las 8 a.m. Es sábado. Estoy tirado en mi cama sin ganas de levantarme. Algo que me molesta al despertar es la típica erección involuntaria; llega a ser molesta en algunas situaciones. Pero por esta vez está bien si aprovecho para masturbarme. Mi mano se deslizó entre las sábanas y la ropa, encontrándose con mi polla. Empecé a mover la mano suavemente, sin prisa, porque lo mejor es cuando las cosas van lentas: las disfrutas más.

Bendito el que creó el internet. Puedo escoger entre una gran variedad de contenido que me ayude a correrme. Con el teléfono en mano me escabullo rápidamente en una de mis páginas favoritas. Tengo una inclinación por los pechos firmes, por las actualizaciones de situaciones cotidianas y algunos roles; es algo que siempre me ayuda a ponerme a tope. Hoy tocó el que dice: «La maestra y su lección especial».

Justo cuando planeaba darlo todo, alguien se atrevió a interrumpirme tocando la puerta de mi habitación. Ese alguien solo podía ser mi madre.

No pude evitar suspirar. Bueno, supongo que lo haré luego.

—¿Hijo, estás despierto?

Apenas pude escuchar su voz del otro lado.

—Sí, mamá, estoy acomodando mi cama.

—Voy a salir un rato. Si no vuelvo para el mediodía, puedes pedir comida, ¿está bien?

—Ya.

—Me estoy yendo. Por favor limpia la casa. Si tienes ropa lavada… Adiós.

—Yaa, que te vaya bien.

No es raro que mamá salga; ella también tiene trabajo, y que yo tenga que limpiar la casa no me molesta. Hago todo lo más rápido posible para así tener todo el tiempo libre y aprovechar que estoy solo. Papá no volverá hasta dentro de unos días y mamá, más que seguro, llegará después del mediodía, así que tengo que disfrutar.

Ya limpié la cocina y mi habitación. Lo último que falta es lavar mi ropa: dejarla en la lavadora y que ella haga el resto.

Bueno, una vez dentro todo fue como lo planeé, aunque hay un pequeño cesto de ropa sucia que no es mía a un costado de la lavadora. Tal vez mamá quería que lo lavara por ella, así que, ya que estoy aquí, ¿por qué no lavarlo todo junto? Mientras separaba la ropa quedé sorprendido al ver el tipo de ropa que era.

Era ropa interior: las bragas de mamá, sus sujetadores… varios de ellos y de distintos colores y diseños. Probablemente se olvidó de lavarlos. ¿Sería raro si los lavara? Haré como que no vi su ropa usada… usada… usada.

Esa palabra no deja de repetirse en mi cabeza. Antes de darme cuenta, mi mano ya estaba sujetando una de las bragas del cesto. Es de color morado, de un diseño clásico y muy suave. Es la primera vez que tengo la braga de una mujer tan cerca.

No pude aguantar mi curiosidad morbosa y terminé estrellando la tela contra mi rostro. Empecé a restregarla por toda mi cara mientras absorbía el aroma. Era un olor agradable: el olor del coño de una mujer. Este era el olor de mi madre.

Repetí lo mismo con cada braga antes de dejarlas en su lugar.

Ya terminé de hacer mis deberes. Tengo mucho tiempo antes de que sea mediodía. No me pude masturbar en la mañana y aquellas bragas me pusieron a tope. Tengo que hacerlo sí o sí.

Me encuentro en la sala. Aquí tenemos una televisión enorme, de unos 60 pulgadas o algo así. Cuando me quedo solo suelo ver pornografía aquí.

Ya estoy cómodo en el sofá, con los pantalones abajo y la polla en la mano, mientras coloco el vídeo que no pude ver.

Hipnotizado, muevo la mano con ritmo mientras en la pantalla se ve a una chica con un cuerpo jodidamente sexy desnudándose. Luego ella empieza a masturbar al chico con sus bragas húmedas. La tela envuelve la polla mientras hace contacto visual.

Es una escena tan caliente que siento envidia. Estoy tan excitado que salí corriendo al cuarto de lavado, tomé un par de bragas y volví a la sala. Con una braga en la cara y otra en la polla empecé a masturbarme.

El placer es tanto… no sé cuánto tiempo pasó. Repito la escena de la braga en la polla y no puedo evitar imaginar que soy yo al que masturban y que la mujer es mi madre.

La fricción de la tela en mi polla es tan estimulante. Siento que ya estoy llegando a mi límite. Perdido en mi placer, terminé corriéndome sobre las bragas sin pensarlo. Fue una gran descarga.

Siento la tela totalmente humedecida y pegajosa. La otra braga la terminé de babear por completo. Creo que encontré una nueva forma de divertirme.

—¡¿Qué estás haciendo?!

El gozo no me duró nada. Un grito me hizo ponerme en alerta de inmediato. Al girar la cabeza vi a mi madre parada a un costado, totalmente sorprendida. El vídeo en la tele seguía con el volumen alto: gemidos y sonidos de fluidos resonaban por la sala mientras ella me miraba de arriba abajo… con sus bragas en mi polla y en mi cara. Quería morirme.

No me quedó de otra que taparme instintivamente, pero ya era demasiado tarde.

—¿Qué estás haciendo con mi ropa?

Se veía sonrojada, moviendo la mirada entre la tele y sus bragas.

—Ma… mamá… ¿qué… qué estás haciendo aquí? —las palabras apenas me salían. Tenía miedo de cómo fuera a reaccionar.

—No puedo creer esto… Dios…

Ella se apresuró a apagar la tele. Su expresión era rara.

—Por favor, tápate y dame mi ropa. Esto es increíble.

Solo pude asentir con la cabeza mientras me colocaba la ropa. Ella me observaba en silencio, sin quitarme la mirada. Extendió la mano. Quería que le diera sus bragas, pero estaban usadas… empapadas. Se iba a poner furiosa. Esto era malo.

—Dámelas de una vez.

No tuve de otra que devolverle sus bragas. Joder, estaban empapadas. Al colocarlas en sus manos, la expresión de mi madre cambió. Se veía nerviosa.

Su cara hizo una mueca como si estuviera a punto de gritar. Con cuidado, ayudándose de su otra mano, tomó la braga de extremo a extremo y la estiró frente a ella, observando la gran cantidad de fluidos que la empapaban. Un aroma intenso llegó hasta ella. La viscosidad empezó a chorrear por la tela mientras ella se quedaba mirando en silencio.

Luego de un instante, cerró la mano apretando la tela. Bajo su puño, el semen se abrió paso entre sus dedos, su respiración se volvió más agitada.

Veo que ella acaba de morderse levemente los labios y trago saliva, pero ¿por qué?

—Aún está caliente… —murmuró.

—¿Mamá?

Solo pude decir eso mientras miraba su puño. No tardó en reaccionar.

—Volví temprano porque cancelaron la reunión… y me encuentro con esto. Dios mío.

—Perdóname… no sé en qué estaba pensando.

—No digas nada. Solo no digas nada y vete a tu habitación. Ya hablaremos de esto.

No dije nada. Solo asentí con la cabeza y me retiré en silencio a mi habitación.

Por todo lo que pasó, definitivamente estoy en problemas.