Me llamo Ernesto, tengo 28 años y trabajo desde casa como desarrollador freelance. Mi novia, Laura, tiene 26 y sale todas las mañanas a su oficina en el centro. Eso significa que tengo el departamento completamente solo desde las 8 de la mañana hasta casi las 7 de la noche. Al principio era solo tiempo para concentrarme en el trabajo… pero con el tiempo esa soledad empezó a despertar una curiosidad que llevaba años reprimiendo.

Todo comenzó de forma inocente. Un día, navegando por internet, me topé con un vestido negro ajustado de vinipiel. Era brillante, corto, sexy. No sé qué me pasó, pero lo compré. Cuando llegó el paquete, esperé a que Laura se fuera y me lo probé. La sensación del material frío y ajustado contra mi piel fue… eléctrica. Me miré al espejo y sentí algo que nunca había sentido: una mezcla de vergüenza y excitación brutal.

De ahí no pude parar.

Empecé comprando más ropa: faldas cortas plisadas, bodysuits de vinipiel que se pegaban a mi cuerpo, medias transparentes, tangas, bras de encaje. También me compré mi primer dildo, uno mediano de silicona suave. Al principio solo lo usaba para masturbarme mientras me vestía de chica. Me ponía el vestido, las medias, me maquillaba un poco (torpemente al inicio) y me penetraba frente al espejo. El placer era intenso, diferente a todo lo que había probado.

Pero pronto eso no fue suficiente.

Una tarde, después de correrme con el dildo dentro, grabé un pequeño video con mi teléfono. Solo unos segundos donde se me veía de espaldas, con la falda levantada y el dildo entrando y saliendo. Lo subí a una cuenta anónima en una plataforma de videos adultos. Las respuestas no tardaron en llegar.

“Qué rico te ves”, “Qué puta más obediente”, “Se nota que te encanta que te llenen”.

Cada comentario me ponía más cachondo que el anterior. Me encantaba leer lo que pensaban de mí. Me excitaba saber que hombres desconocidos me veían vestido de chica y con un dildo metido.

A partir de ahí todo escaló muy rápido.

Empecé a grabarme sesiones completas. Me ponía outfits cada vez más putos: un bodysuit negro de vinipiel con cremallera al frente, una falda de colegiala demasiado corta, tacones que apenas podía caminar. Me maquillaba mejor (había visto tutoriales), me ponía peluca y me grababa montando el dildo, chupándolo, corriéndome mientras gemía como una chica.

Y siempre, al final, elegía los mejores videos y se los enviaba a varios hombres con los que chateaba. Sus reacciones me volvían loco:

“Quiero que te tragues mi verga de verdad”

“Se nota que estás hecho para ser una putita”

“Mándame más, quiero verte con algo más grande”

Esa última frase se me quedó grabada.

Después de varios meses ya tenía una colección decente de juguetes, pero quería más. Quería sentirme lleno de verdad. Así que un viernes por la tarde, cuando Laura tenía una reunión larga, hice la compra que cambiaría todo: un dildo realista de 26 centímetros, grueso, con venas marcadas y ventosa fuerte. Era enorme, intimidante… y me excitaba solo de mirarlo en la pantalla.

Cuando llegó el paquete tres días después, estaba solo en casa. Laura no regresaría hasta la noche.

Me preparé con calma. Me duché, me depilé completamente, me puse la peluca larga negra, me maquillé: sombra oscura, labial rojo puta, pestañas postizas. Me vestí con mi outfit favorito: un bodysuit de vinipiel rojo brillante que apenas cubría mi culo, sin tanga debajo. Me puse medias negras hasta los muslos y tacones altos.

Coloqué el teléfono en un trípode y empecé a grabar.

Primero me grabé chupando el dildo. Era tan grande que apenas me entraba en la boca. Bababa, gemía, intentaba metérmelo lo más profundo posible mientras miraba a la cámara con ojos de puta. Luego lo pegué con la ventosa al suelo del salón y me puse en cuatro.

Sentí la punta gruesa presionando contra mi culo. Respiré profundo y empecé a bajar lentamente. Dolía, pero también me excitaba como nada. Centímetro a centímetro fui bajando hasta que tuve casi la mitad dentro. Gemía fuerte, temblando.

—Joder… es tan grande… —susurraba para la cámara.

Seguí bajando. Quería metérmelo todo. Quería que esos hombres vieran hasta dónde era capaz de llegar. Cuando logré meter casi 20 centímetros, empecé a moverme. Arriba y abajo, cada vez más rápido. El sonido de mi culo chocando contra el dildo llenaba la habitación junto con mis gemidos cada vez más agudos.

Estaba completamente entregado. Me agarraba las nalgas, abriéndolas para la cámara, mientras subía y bajaba como una desesperada. Mi propio pene estaba duro como piedra, goteando dentro del bodysuit.

Justo cuando estaba a punto de correrme, escuché el sonido de la puerta principal.

Laura había llegado temprano.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que Laura podría escucharlo desde la cocina. Estaba parado frente al espejo del baño, todavía vestido con el bodysuit rojo de vinipiel que se pegaba a mi piel sudorosa. El enorme dildo de 26 centímetros yacía escondido debajo de unas toallas, todavía brillante por el lubricante y mis fluidos. Mi cara estaba hecha un desastre: el labial rojo corrido, la sombra negra difuminada por el sudor, y la peluca negra ladeada. Parecía exactamente lo que era: una puta desesperada a punto de ser descubierta.

—Ernesto, ¿todo bien? —preguntó Laura desde el pasillo, su voz acercándose.

—Sí, amor… solo… me estaba duchando —mentí con la voz entrecortada.

Me quité la peluca a toda prisa y la metí en el fondo del cesto de ropa sucia. Me limpié la cara con una toalla húmeda lo más rápido posible, borrando el maquillaje como pude. Me puse la bata blanca encima del bodysuit, atándola bien para que no se viera nada. Respiré profundo varias veces, intentando calmarme.

Cuando abrí la puerta, Laura estaba ahí, mirándome con una ceja levantada.

—Estás todo rojo. ¿Seguro que estás bien?

—Hice ejercicio intenso —respondí, forzando una sonrisa—. Ya sabes, para desestresarme mientras trabajo.

Ella se acercó y me dio un beso suave en los labios. Por un segundo temí que pudiera oler el lubricante o el aroma a sexo que todavía tenía encima. Pero no dijo nada. Solo sonrió y fue a cambiarse.

Esa noche fue extraña. Cenamos juntos como siempre, vimos una serie en el sofá y luego follamos. Mientras estaba encima de Laura, moviéndome dentro de ella, mi mente no dejaba de reproducir la imagen de mí mismo empalado en ese monstruo de 26cm. Me corrí rápido, casi sin disfrutar. Ella pensó que era porque estaba muy excitado. No tenía idea de la verdad.

Después de que se durmió, me quedé despierto mirando el techo. La culpa me golpeaba, pero también había otra cosa: una excitación profunda, oscura, que no podía controlar. El hecho de haber estado tan cerca de ser descubierto solo había hecho que todo fuera más intenso.

Al día siguiente, en cuanto Laura cerró la puerta para irse al trabajo, sentí que mi cuerpo se encendía. Sabía que tenía todo el día por delante. Esta vez fui más cuidadoso. Programé una alarma en mi teléfono para 30 minutos antes de la hora en que ella normalmente llegaba. Luego saqué el dildo grande, lo limpié y lo preparé.

Me tomé mi tiempo para transformarme.

Primero me depilé completamente, dejando mi piel suave. Me puse la peluca negra larga, me maquillé con más dedicación: base, contorno, sombra oscura en los ojos, labial rojo mate de larga duración. Luego me vestí. Elegí un outfit nuevo: un bodysuit negro transparente de vinipiel que marcaba cada curva de mi cuerpo, con una cremallera frontal que iba desde el cuello hasta la entrepierna. Debajo no llevaba nada. Me puse unas medias negras hasta los muslos y unos tacones altos negros.

Me miré al espejo del cuarto y solté un gemido bajo. Parecía una puta cara, lista para ser usada.

Coloqué el teléfono en el trípode, encendí las luces para que se viera bien y empecé a grabar.

Comencé despacio. Me acaricié el cuerpo frente a la cámara, bajando la cremallera del bodysuit lentamente para mostrar mi pecho y mi pene ya duro. Me chupé los dedos, los bajé y empecé a jugar con mi culo. Cuando estuve suficientemente lubricado, traje el dildo de 26cm.

Lo lamí y chupé frente a la cámara durante casi diez minutos. Intentaba metérmelo lo más profundo posible en la garganta, babeando, con lágrimas en los ojos por el esfuerzo. Gemía y hablaba a la cámara:

—Miren cómo me lo como… quiero que me usen…

Luego lo pegué con la ventosa al piso de madera del salón. Me puse en cuatro, de espaldas a la cámara, y empecé a bajar sobre él.

El grosor era brutal. Sentí cómo mi culo se abría centímetro a centímetro. Dolor y placer se mezclaban. Bajé hasta tener unos 15cm dentro y empecé a moverme. Subía y bajaba, cada vez más profundo. El sonido húmedo llenaba la habitación. A los 20cm ya gemía como una perra en celo.

—Joder… es tan grande… me está partiendo…

Seguí bajando. Quería llegar lo más lejos posible. Cuando logré meter 23cm, sentí que estaba lleno como nunca. Empecé a cabalgarlo con más fuerza. Mis nalgas chocaban contra la base con cada bajada. Mi pene goteaba sin parar.

Grabé casi 40 minutos de video. Cambié de posiciones: de cuatro, de lado, sentado frente a la cámara abriéndome para que se viera todo. Al final me corrí sin tocarme, chorros de semen cayendo sobre el bodysuit mientras el dildo seguía dentro de mí.

Cuando terminé, me sentía exhausto pero eufórico. Edité los mejores fragmentos y se los envié a mis contactos habituales. Las respuestas llegaron rápido:

“Hostia, qué putita tan entregada”

“Ese culo está hecho para vergas grandes”

“Quiero verte en vivo la próxima vez”

Uno de ellos, Diego, fue más directo:

“26cm se te ven brutales. Quiero una videollamada. Quiero controlarte en tiempo real.”

Dudé. Pero la excitación ganó. Acordamos una hora para el día siguiente.

Esa noche apenas dormí. Laura estaba a mi lado, ajena a todo. Yo solo pensaba en lo que iba a hacer.

Al día siguiente me preparé como nunca. Me depilé, me hidraté la piel, me puse perfume femenino. Elegí un look aún más provocador: un vestido corto de vinipiel rojo con escote profundo, sin ropa interior, tacones y maquillaje profesional. A la hora acordada, acepté la videollamada de Diego.

Era un hombre de unos 40 años, fuerte, con barba y mirada dominante. Cuando me vio vestido así sonrió con satisfacción.

—Vaya… qué buena puta. Date la vuelta, enséñame ese culo.

Obedecí. Me di la vuelta, levanté el vestido y me abrí para él.

—Buena chica. Ahora tráete ese dildo grande.

Durante la siguiente hora y media, Diego me dirigió completamente. Me hizo chupar el dildo, montarlo en diferentes posiciones, gemir su nombre, suplicar que me follara más fuerte. Me hizo correrme dos veces. La segunda vez logré meter casi todo el dildo y me corrí mientras él me insultaba cariñosamente.

—Eres una zorra nata, Ernesto. O mejor dicho… ¿cómo te llamas cuando estás así?

—Llámame… Ernesto —respondí jadeando.

Al terminar la llamada me sentía usado, humillado y completamente satisfecho. Sabía que había cruzado otra línea peligrosa. Pero ya no quería volver atrás.

Durante las siguientes semanas mi rutina cambió por completo. Por las mañanas trabajaba normalmente, pero por las tardes me convertía en Ernesto. Me grababa casi todos los días. Compré más ropa: corsés, ligueros, plugs anales para usar durante el día. A veces me ponía un plug pequeño debajo de la ropa normal mientras hacía videollamadas de trabajo, sintiendo esa presión constante que me recordaba quién era en realidad.

Diego y yo repetimos las videollamadas varias veces. Cada vez eran más intensas. Me hacía ponerme en posiciones humillantes, me ordenaba correrme en mi propia boca, me hacía agradecerle por usarme.

Un martes, casi al final de la tarde, estaba tan metido en una sesión que perdí la noción del tiempo. Estaba vestido con un bodysuit blanco transparente, montando el dildo de 26cm frente a la cámara cuando escuché la puerta principal abrirse.

Laura había llegado dos horas antes.

Esta vez no tuve tiempo de reaccionar…

El sonido de la puerta principal abriéndose fue como un balde de agua fría. Estaba en el salón, a plena luz, vestido con un bodysuit blanco transparente de vinipiel que no dejaba nada a la imaginación. El dildo de 26cm seguía pegado al piso, y yo estaba sentado encima de él, con casi 20 centímetros dentro, moviéndome lentamente mientras gemía para la cámara.

Laura entró y dejó las llaves en la mesa. Sus pasos se detuvieron de golpe.

—¿Hernesto…?

Su voz sonó confundida, luego horrorizada.

Me levanté de un salto. El dildo salió de mí con un sonido húmedo y obsceno que retumbó en el silencio. Me quedé parado ahí, temblando, con el vestido subido, el maquillaje corrido y mi pene duro todavía visible a través del material transparente.

Laura me miraba con los ojos muy abiertos. Su bolso cayó al suelo.

—¿Qué… qué carajos es esto?

No supe qué decir. El silencio fue eterno. Intenté taparme con las manos, pero era ridículo. Estaba completamente expuesto.

—Laura… yo… puedo explicarlo —balbuceé, con la voz aguda por el pánico.

Ella dio un paso atrás. Su cara pasó de shock a furia y luego a algo parecido al asco.

—¿Explicar qué? ¿Que te vistes como puta y te metes eso por el culo mientras yo estoy trabajando? ¿Desde cuándo, Hernesto? ¿Desde cuándo me estás mintiendo?

Las lágrimas empezaron a caer por su cara. Yo estaba paralizado. No podía moverme. El dildo seguía ahí, de pie en el piso, como evidencia muda de mi traición.

Esa tarde fue un desastre. Laura lloró, gritó, me hizo preguntas que no supe responder. Le dije que era solo una fantasía, que empezó por curiosidad y se me fue de las manos. No le mencioné los videos, ni a Diego, ni que llevaba meses enviándoselos a otros hombres.

Durmió en el sofá esa noche. Yo me quedé en la cama mirando el techo, sintiendo que todo se derrumbaba. Pero incluso en medio de la culpa, una parte de mí seguía excitada por lo que había pasado. El riesgo, el casi descubrimiento… todo me había puesto más cachondo que nunca.

A la mañana siguiente Laura se fue temprano a trabajar sin decirme nada. Apenas me miró. En cuanto cerró la puerta, me derrumbé. Lloré un rato, pero luego la excitación regresó. Sabía que estaba mal. Sabía que debería parar. Pero no pude.

Saqué el teléfono y le escribí a Diego:

“Mi novia casi me descubre ayer. Estoy asustado… pero también muy cachondo.”

Su respuesta llegó rápido:

“Eso es peligroso. Pero también muy caliente. ¿Quieres que te ayude a desahogarte?”

Acepté.

Esa misma tarde tuve la videollamada más intensa hasta el momento. Me vestí completo: peluca, maquillaje perfecto, un corsé negro que me marcaba la cintura, tanga, ligueros y tacones. Diego me hizo degradarme durante casi dos horas. Me hizo suplicar, llamarme puta, zorra, hembra. Me hizo correrme dos veces con el dildo grande mientras él me veía y me daba órdenes.

Después de correrme la segunda vez, me quedé tirado en el suelo, jadeando.

—Quiero que hagas algo más arriesgado la próxima vez —me dijo Diego antes de colgar.

Durante las siguientes semanas la relación con Laura se volvió fría. Hablábamos poco. Ella me preguntaba constantemente si todavía lo hacía. Yo le mentía y le decía que lo había dejado. Pero en realidad me volvía más adicto.

Empecé a usar plugs anales todo el día. Me ponía uno pequeño por la mañana y lo llevaba mientras trabajaba. La presión constante me mantenía excitado. A veces, en medio de una videollamada laboral, movía las caderas discretamente para sentirlo.

Mis sesiones de grabación se volvieron más largas y extremas. Compré un dildo aún más grande (28cm) y empecé a entrenar para tomarlo completo. Grabé un video donde lograba meter 25cm y se lo envié a Diego. Su reacción fue inmediata: me pidió una videollamada esa misma noche.

En esa llamada me hizo algo nuevo. Me ordenó que me pusiera frente a la ventana del departamento (con las luces encendidas) y me follara el dildo mientras la gente podía verme desde el edificio de enfrente. El riesgo me volvió loco. Me corrí más fuerte que nunca.

Laura empezó a sospechar más. Un día encontró un tanga de encaje en la lavadora. Me confrontó de nuevo. Esta vez lloró menos y se enfadó más.

—No sé quién eres ya —me dijo.

Pero en lugar de sentirme mal, esa noche me grabé una sesión aún más puta. Me vestí como una puta de calle: minifalda, top que apenas cubría, botas altas. Me maquillé vulgarmente y me follé el dildo grande en el balcón, donde cualquiera podía verme.

Diego estaba en la videollamada viéndome.

—Eres adicto —me dijo—. Ya no puedes parar, ¿verdad?

—No… no puedo —admití mientras me corría.

El clímax de esa etapa llegó un viernes por la noche. Laura me dijo que saldría con sus amigas y que llegaría tarde. En cuanto se fue, me transformé completamente. Me puse mi outfit más slutty: un bodysuit de vinipiel rojo con cremallera, peluca rubia, maquillaje exagerado y tacones de 15cm.

Diego me pidió que dejara la videollamada encendida toda la noche. Me follé el dildo en todas las habitaciones del departamento. En la cocina, en el baño, en nuestra cama. Me corrí cuatro veces. Al final estaba exhausto, con el culo adolorido pero satisfecho.

Cuando Laura regresó a las dos de la mañana, yo ya estaba dormido, limpio y con ropa normal. Pero el olor a sexo todavía flotaba en el aire. Ella no dijo nada esa noche… pero al día siguiente me miró diferente.

Sabía que esto no podía seguir así. O paraba… o todo iba a explotar.

Pero en el fondo, yo ya había elegido. Quería más. Quería ir más lejos. Quería que me usaran de verdad.

Y Diego ya me había propuesto algo que me aterrorizaba y excitaba al mismo tiempo:

“¿Quieres que nos veamos en persona?”

La propuesta de Diego quedó flotando en mi cabeza durante días: “¿Quieres que nos veamos en persona?”

Sabía que era una locura. Tenía novia, vivía con ella, y estaba a punto de cruzar la línea más peligrosa de todas. Pero la adicción ya era más fuerte que el miedo. Cada vez que intentaba parar, terminaba vestido de puta, con el dildo grande dentro y la cámara encendida.

Laura y yo apenas hablábamos. Ella pasaba más tiempo fuera de casa y yo aprovechaba cada minuto solo para hundirme más profundo. Un miércoles por la tarde, después de una videollamada especialmente intensa con Diego donde me hizo correrme tres veces seguidas, tomé la decisión.

Le respondí:

“Sí. Quiero verte.”

Acordamos encontrarnos el sábado por la tarde en un hotel discreto en las afueras de la ciudad. Le dije a Laura que tenía una reunión de trabajo y que llegaría tarde. Ella solo asintió, casi sin mirarme.

El sábado por la mañana me preparé como nunca. Me depilé todo el cuerpo, me hice una limpieza profunda, me puse un plug mediano para ir entrenando. Me vestí con ropa normal por fuera, pero debajo llevaba un bodysuit negro de vinipiel y tanga. En una mochila metí el dildo grande, lubricante, peluca, maquillaje y tacones.

Llegué al hotel a las 4 de la tarde. Diego ya estaba en la habitación. Cuando abrí la puerta, me recibió con una sonrisa dominante.

—Así que viniste… buena chica.

Apenas cerré la puerta, todo cambió. Me ordenó que me arrodillara. Me puse de rodillas frente a él y empecé a chupársela. Era más grande que cualquiera de mis dildos. Me costaba trabajo, pero lo intentaba con ganas. Diego me agarraba del cabello y me guiaba.

Después de varios minutos me hizo desnudarme. Me vio vestido con el bodysuit y sonrió.

—Ahora sí… vamos a jugar de verdad.

Me folló durante casi dos horas. Primero con el dildo grande para abrirme, luego con su verga. Me puso en todas las posiciones posibles: de cuatro, de lado, contra la pared, sentado encima de él. Me hizo gemir, suplicar y llamarme a mí mismo puta, zorra, hembra. Me corrí dos veces sin tocarme.

Cuando terminó, me dejó tirado en la cama, lleno de sudor y semen (usamos condón, pero me corrí encima de mí mismo). Me sentía completamente usado y feliz.

Esa noche llegué a casa tarde. Laura estaba despierta esperándome. Me miró con desconfianza pero no dijo nada.

A partir de ese día empecé a ver a Diego más seguido. Nos veíamos una o dos veces por semana en diferentes hoteles. Cada encuentro era más intenso. Me hacía vestirme cada vez más provocativo, me grababa con su teléfono y me amenazaba (en broma, decía) con enviarle los videos a Laura si no obedecía.

En casa, la tensión con Laura era insoportable. Un viernes por la noche explotó todo.

Llegué tarde después de un encuentro con Diego. Olía a sexo y tenía una marca en el cuello que no había visto. Laura me estaba esperando en la sala con mi teléfono en la mano.

Había encontrado la carpeta oculta con los videos.

—¿Esto es lo que eres ahora? —gritó llorando—. ¿Una puta que se folla a otros hombres y se graba para ellos?

Intenté explicarle, pero ya no había vuelta atrás. Me echó del departamento esa misma noche. Me fui a un hotel con solo una maleta.

Al día siguiente le escribí a Diego:

“Mi novia me descubrió. Me echó de casa.”

Su respuesta fue fría pero excitante:

“Entonces ya no tienes nada que esconder. Ven a mi departamento esta noche. Te quiero aquí vestida completa.”

Y fui.

Esa noche fue el comienzo de mi nueva vida. Me vestí como Ernesta completa: peluca rubia, maquillaje profesional, un vestido corto de vinipiel, tacones y lencería. Diego me recibió y me usó toda la noche.

Desde entonces vivo entre la casa de Diego y un pequeño departamento que renté. Sigo trabajando desde casa, pero ahora mi verdadera vida es la de Ernesta. Me visto casi todo el día, grabo contenido casi a diario y me encuentro con Diego regularmente.

A veces extraño a Laura. A veces me siento culpable. Pero cuando estoy vestida, con un dildo grande dentro o con la verga de Diego follándome, todo lo demás desaparece.

Y sé que esto todavía puede ir mucho más lejos.

Han pasado tres meses desde que Laura me descubrió todo y me echó del departamento. Tres meses desde que mi vida dio un giro completo y ya no hay vuelta atrás. Ahora vivo con Diego en su amplio departamento en las afueras. Trabajo remoto durante el día, pero en cuanto termino, me transformo en Ernesta de forma casi permanente.

Esta mañana, como todas, me desperté antes que Diego. Me duché, me depilé cuidadosamente, me hidraté la piel y empecé mi ritual. Me puse un bodysuit negro de vinipiel transparente que marca cada curva de mi cuerpo, sin nada debajo. Me coloqué un plug anal mediano para sentirme llena todo el día, me maquillé con dedicación (sombra ahumada, labial rojo intenso, pestañas largas) y me puse la peluca rubia larga y ondulada. Unos tacones de 12 cm completaron el look.

Cuando Diego despertó, ya estaba sirviéndole el café en la cocina, moviendo las caderas como él me gusta.

—Buenos días, puta —me saludó con esa voz grave que tanto me excita.

Me arrodillé frente a él y le bajé el bóxer. Le di una mamada lenta y profunda mientras él tomaba su café. Me agarró del cabello y me folló la boca con fuerza hasta correrse. Tragué todo como la buena chica que soy.

Después del desayuno me puso a limpiar el departamento vestida así. Mientras trapeaba, él me seguía con la cámara del teléfono, grabándome. A veces me levantaba la parte de atrás del bodysuit y me metía los dedos, jugando con el plug.

—Hoy vamos a grabar un video especial —me anunció—. Quiero que te folles el dildo de 28cm completo frente a la ventana.

Sentí un escalofrío de miedo y excitación. El edificio de enfrente tiene muchas oficinas. Alguien podría verme. Pero ya no me importa. Asentí obediente.

A las 11 de la mañana preparé todo. Coloqué el trípode, encendí las luces LED y pegué el enorme dildo de 28cm al piso, justo frente al ventanal. Me lubriqué bien y empecé a bajarme sobre él lentamente.

Diego grababa y daba órdenes:

—Más lento… quiero ver cómo te abre… eso es, buena puta… más profundo.

Logré meter 25cm. Gemía alto, sin importarme que me escucharan. Subía y bajaba, cada vez más rápido. Mi propio pene estaba duro y goteando dentro del bodysuit. Diego se acercó, me quitó el plug y me folló mientras yo seguía montando el dildo. La doble penetración me hizo correrme violentamente sin tocarme.

Después de correrme, me hizo seguir. Me puso en cuatro contra el vidrio y me folló con fuerza mientras la ciudad seguía su curso abajo. Me corrí por segunda vez. Al final me hizo arrodillarme y me corrió en la cara y en la boca. Grabamos todo en 4K.

Esa tarde subimos fragmentos editados a mi cuenta privada. Los comentarios llegaron por cientos:

“Qué puta tan entregada”

“Quiero destrozarte el culo”

“Se nota que naciste para esto”

Por la noche Diego me llevó a un club privado para parejas liberales. Me vistió con un vestido cortísimo de vinipiel rojo, sin ropa interior, tacones y collar de sumisa. En el club me hizo caminar delante de él, exhibiéndome. Varios hombres me miraban con deseo.

En uno de los cuartos privados me folló frente a dos parejas que miraban. Me hizo gemir su nombre, suplicar que me usara más fuerte. Me corrieron encima entre él y otro hombre. Llegué a casa exhausto pero más vivo que nunca.

Sin embargo, no todo es placer. A veces extraño mi antigua vida. Extraño la estabilidad con Laura. Hace dos semanas la vi por casualidad en un centro comercial. Estaba con un amigo. Cuando me vio (yo iba vestido de hombre, pero con las cejas depiladas y el pelo más largo), se quedó congelada. No nos hablamos. Solo me miró con decepción y siguió caminando.

Esa noche lloré en el baño. Diego me consoló follándome con más fuerza que nunca.

—Esto es lo que eres ahora —me dijo mientras me penetraba—. Acéptalo.

Y lo estoy aceptando.

Ahora mi rutina es clara: por las mañanas trabajo como Ernesta. Por las tardes y noches soy Ernesta. Tengo varios “amigos” además de Diego con los que me encuentro. He grabado más de 80 videos. Mi cuenta anónima ya tiene miles de seguidores que pagan por contenido privado.

Ayer mismo grabamos el video más extremo hasta ahora. Diego me llevó a un motel de carretera. Me vistió como una puta barata: minifalda, top transparente, botas altas y mucho maquillaje. Me hizo pararme en la esquina como si estuviera ofreciéndome. Varios autos redujeron la velocidad. Uno se detuvo. Diego negoció y me hizo chupársela al conductor en el asiento trasero mientras él grababa.

Luego me folló en la habitación del motel con la ventana abierta. Gemía tan fuerte que estoy seguro que medio motel me escuchó.

Cuando volvimos a casa, Diego me miró con orgullo.

—Estás listo para el siguiente nivel.

—¿Cuál? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Quiero que vivas 24/7 como Ernesta. Que dejes de fingir que eres hombre. Que te hormones. Que te operes si quieres. Que seas mi puta full time.

Lo miré en silencio. Era la propuesta definitiva.

Esa noche no dormí. Me quedé pensando en todo: en Laura, en mi familia, en mi trabajo, en mi antigua identidad. Pero también pensaba en el placer, en la libertad, en cómo me siento cuando estoy completamente vestido y siendo usado.

Esta mañana, mientras preparaba el desayuno para Diego vestido con un baby doll rosa, tomé la decisión.

Me arrodillé frente a él y le dije:

—Quiero hacerlo. Quiero ser Ernesta completamente.

Diego sonrió, me levantó y me besó con fuerza. Luego me folló sobre la mesa de la cocina, sellando nuestro nuevo acuerdo.

Sé que esto no será fácil. Perderé a mucha gente. Tendré que cambiar de trabajo o trabajar completamente remoto. Tendré que enfrentar miradas, juicios y posiblemente rechazo. Pero también sé que nunca me he sentido más vivo, más sexual y más auténtico que ahora.

Mi antigua vida como Ernesta terminó el día que compré aquel primer vestido de vinipiel. Ahora empieza mi vida real.

Y apenas estoy comenzando a explorar hasta dónde puedo llegar…