Me llamo Ernesto, tengo 29 años y una complexión normal, ni muy musculoso ni flaco, de esos que pasan desapercibidos hasta que alguien se fija bien. Mi novia Flor tiene 28, es delgada, mide como 1.65, con un cuerpo que siempre me había vuelto loco: cintura estrecha, piernas largas y esa forma de moverse que parecía bailar aunque solo caminara. Pero las cosas entre nosotros no estaban bien. Llevábamos casi dos semanas peleados por tonterías que se habían acumulado: celos tontos, horarios que no cuadraban, y esa sensación de que la rutina nos estaba comiendo vivos. Aun así, el viaje familiar a la playa ya estaba planeado desde hacía meses y nadie quiso cancelarlo. Íbamos mi suegra, mi cuñado con su novia, Flor, y Kenia, mi cuñada.
Kenia tiene 32 años, complexión delgada pero fit, con curvas en los lugares justos. Siempre había sido amable conmigo, incluso más que Flor en los últimos tiempos. Tenía una sonrisa fácil, ojos que se achinaban cuando reía y una forma de tocar el brazo de alguien al hablar que parecía casual pero que, en mi caso, empezaba a sentir diferente. Nunca había pasado nada, claro. Era la hermana de mi novia. Pero en los últimos meses notaba cómo me miraba un segundo más de lo necesario, cómo me preguntaba por mi trabajo con interés genuino mientras Flor solo asentía distraída.
Salimos un viernes por la mañana. El departamento en la playa era amplio, con terraza que daba al mar, alberca privada y suficiente espacio para que cada quien tuviera su rincón. El viaje en carretera fue tenso para mí y Flor. Apenas cruzamos palabras. Ella iba con audífonos y yo concentrado en el volante. Kenia, en cambio, se sentó atrás conmigo un rato cuando paramos a comer y charlamos de todo: música, películas, incluso de lo estresados que estábamos en el trabajo. Su rodilla rozó la mía un par de veces y no la apartó. Sentí un cosquilleo que intenté ignorar.
Llegamos al departamento cerca de las cuatro de la tarde. El sol todavía pegaba fuerte. Descargamos maletas, nos pusimos cómodos y lo primero que hicimos fue abrir unas cervezas frías. Mi suegra preparó unos snacks, mi cuñado y su novia pusieron música tropical suave. El ambiente empezó a relajarse. Flor y yo nos evitábamos con la mirada, pero nadie parecía notarlo o simplemente fingían que todo estaba bien.
A eso de las seis, ya todos estábamos en traje de baño.
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