Hace años, unos días después de volver del viaje a Lanzarote, Antonio llegó sonriente al bar del Patas, dejó el bolso en la mesa del dominó y se acercó a la barra. Llevó la mano a mi hombro, la apretó y me miró fijamente. Suspiró, levantó las cejas y me puso el dedo índice de su mano izquierda frente a la cara, para hablarme lentamente con la voz grave de los momentos malos.
— Que no se te olvide, Javier. Eres un buen hijo, un buen padre, un buen marido y un hombre responsable. — Y frunció el ceño, pasando a negar con el dedo momentáneamente y añadiendo. — Yo, eso de ser un “buen hombre” y una “buena persona”, hace muchos años que no sé cómo juzgarlo. Pero lo que afirmo sí que lo sé.
Para un hombre en redención, esas palabras de alguien como Antonio eran más de lo que hubiera esperado escuchar jamás. Sabía bien todo lo que necesitaba escuchar y lo traía preparado. Creo que es el hombre más sabio que conozco.
….
Mi capullo resbalaba por la raja de Cris, que latía con una invitación palpable, más llamándome que cediendo a una presión que aún no ejercía. Ella intentaba protegerse, extendiendo la mano para coger mi polla por la base, como si pudiera sostener mi peso entero con ese gesto, pero solo conseguía emburrarme más al masturbarme con más fuerza. Se dio cuenta de inmediato, soltó mi polla y trató de empujar mi cadera. Yo respondí empujando hacia fuera una de sus piernas con mi rodilla, mientras llevaba mi dedo gordo directamente a su boca.
—Pues chupa —orden