Gloria había pasado su vida en el Orfanato de Santa Catalina, en Italia, sin la fortuna de ser adoptada en su niñez. Allí aprendió habilidades culinarias, tejido, idiomas, pintura y, naturalmente, sobre religión. Las monjas del convento que la criaron le inculcaron altos valores morales.

Al cumplir 22 años, llegó el momento de dejar el orfanato para comenzar su vida adulta e independiente. Desconocía el mundo más allá de esos muros y no tenía familia a quien recurrir. Por eso, el padre Sebastián, el párroco del orfanato, se encargó de ayudarla a encontrar un trabajo y un hogar fuera del orfanato.

El padre Sebastián, un hombre alto con facciones refinadas y un conocimiento amplio en religión y ciencia, era de voz dulce y carácter firme pero gentil. Esa misma mañana llamó a Gloria para hablar sobre su partida. Aunque no la dejaría sola en su transición, ya había preparado un lugar donde pudiera vivir y trabajar mientras se adaptaba a su nueva vida. Usó sus múltiples contactos para resolver la situación de Gloria.

Gloria acudió al llamado del padre Sebastián. Sintiendo en el aire el familiar aroma a incienso y papel viejo, entró a la oficina. El padre, reclinado en su silla de cuero, observó a Gloria mientras ella sostenía un rosario que le habían regalado en su infancia. A pesar de la familiaridad de la escena, percibió algo diferente en el semblante del padre y la madre superiora, lo que le provocó nerviosismo.

—Gloria —empezó el padre—, como sabes, nuestros niños deben abandonar el orfanato al cumplir los 22 años debido a la falta de recursos y espacio. Ha llegado el momento de que inicies una nueva vida más allá de estos muros.

Gloria apenas podía asimilar las palabras del sacerdote. Para ella, este orfanato era su único hogar. Con angustia en sus ojos, interrumpió al padre:

—¿Qué será de mí? Nunca he salido de aquí y no tengo otro lugar al cual llamar hogar.

El padre Sebastián respondió con calma:

—Me he asegurado de que antiguos conocidos te acojan, ofreciéndote empleo, techo y comida mientras defines tu camino. Aunque ésta siempre será tu casa, también deberás prometerme no contactarnos a menos que sea absolutamente necesario durante el primer año para que puedas acostumbrarte a tu nueva vida.

Gloria asintió resignada y confiada en que el padre sabía lo mejor para ella. Consolada por la madre superiora, Gloria se dirigió a su habitación para recoger sus pocas pertenencias. Se sentó en la entrada del orfanato esperando que vinieran por ella. Al ver que nadie llegaba, mantuvo una tenue esperanza de quedarse un día más en el orfanato.

Sin embargo, de repente un gran coche negro apareció y de él descendió un caballero canoso con una mirada intensa. Preguntó si ella era Gloria y, al confirmar con un gesto de cabeza, tomó su pequeño bolso, lo puso en el auto y regresó dentro del vehículo. La joven lo siguió apresuradamente.

El viaje fue largo mientras se adentraban cada vez más en el campo hasta llegar a una mansión rodeada de naturaleza, sin vecinos cercanos más allá de medio día de camino. Allí fue recibida por una sirvienta que la condujo al interior de la casa y le pidió que esperara en una acogedora sala de espera.

No había empezado a examinar el lugar cuando la recibió Sofía, la dueña de la casa. Era una mujer de rostro amable, esbelta y elegante, que se presentó y comenzó a explicarle su trabajo y las normas de la casa. La familia Von Hardt se había mudado allí unos años atrás buscando un clima más adecuado y un ambiente tranquilo para las afecciones de salud del señor Karl, el patriarca y suegro de Sofía. A primera vista, todo parecía normal, lo cual ayudó a la chica a relajarse y sentirse más cómoda, aunque la mansión aún le parecía solitaria e intimidante, y los sirvientes, un tanto reservados y extraños.

Le asignaron una habitación en la planta baja, cerca de la del señor Karl, ya que él tenía dificultad para usar las escaleras y era el único que dormía en ese piso. Cuando llegó la hora de la cena, le informaron que debía presentarse en el comedor principal. Allí encontró a la familia reunida, y Sofía aprovechó para presentarla a todos y familiarizarla con sus tareas de asistencia al suegro. El ambiente en el comedor era sombrío y silencioso; apenas se hablaba durante las comidas, los únicos momentos en que se veía a todos juntos en la casa, pues el resto del día cada quien desaparecía como si el lugar estuviera deshabitado.

A la mañana siguiente, Gloria empezó su rutina atendiendo al señor Karl; se levantaba antes que nadie y estaba lista en su habitación para ayudarlo a levantarse, asearse, vestirse y llevarlo a desayunar. Por las tardes colaboraba en sus terapias de rehabilitación física para evitar la atrofia muscular en sus piernas. Aunque no conocía todos los detalles de la enfermedad del señor Karl, participaba activamente en las terapias. Después de eso, tenía unas horas libres para sí misma, que aprovechaba leyendo en la bien dotada biblioteca de la casa o paseando por los jardines hasta la hora de la cena. Con el tiempo, se adaptó al lugar y a la rutina hasta que algo cambió nuevamente.

Durante una cena, August, el hijo del señor Karl y esposo de Sofía —quien hasta entonces había sido casi un extraño para Gloria—, anunció un viaje familiar a la ciudad. Solo se quedarían su padre y Gloria en la casa. Aunque se sintió algo triste, le explicaron que no sería por mucho tiempo.

A la mañana siguiente, la familia partió temprano y Gloria continuó con su rutina diaria, ahora compartiendo las comidas solo con el señor Karl. Era un hombre mayor de pocas palabras, con una mirada intensa que incomodaba a Gloria, ya que sentía que la observaba con demasiada intensidad.

Al principio todo parecía normal, pero con los días Gloria comenzó a sentirse inquieta e incómoda en la casa. Buscaba calmarse diciéndose que era su imaginación y fue entonces que intentó llamar al orfanato siguiendo el consejo del padre Sebastián; sin embargo, no obtuvo respuesta tras insistir varios días.

Una noche, mientras se relajaba tras sus tareas diarias tomando una ducha caliente, escuchó ruidos en su habitación. Al salir para investigar, encontró al señor Karl sentado en una silla. El hombre que requería ayuda para todo había llegado hasta su habitación y la miraba fijamente. Asustada, salió corriendo con una toalla apenas envuelta alrededor suyo y tropezó con alguien en el pasillo: era August, el hijo del señor Karl. Confusa, no entendía por qué él estaba en casa. Si habían vuelto del viaje, ¿dónde estaba el resto de la familia?

August la sujetó firmemente del brazo y, en el proceso, la toalla de la joven cayó al suelo. En medio de su miedo y confusión, ella no se dio cuenta de su completa desnudez. August la condujo de regreso a su habitación, donde su padre aún estaba sentado. Solo entonces la joven notó su estado y trató de cubrirse con unas sábanas, pero August la detuvo y le habló con voz grave:

—Si te comportas y sigues las instrucciones, podrás vivir bien. Esta es tu nueva realidad, y debes aceptarla.

La joven intentó replicar diciendo que contactaría al padre Sebastián del orfanato, pero August le esbozó una sonrisa y respondió que el padre Sebastián era un amigo cercano de su familia, quien les suministraba jóvenes para sus necesidades. Al oír estas palabras, la joven se sintió llena de desesperación y rompió a llorar, momento en que el anciano le lanzó un pañuelo y le advirtió sobre nuevas reglas que ahora debía seguir rigurosamente.

Con voz firme, August explicó:

—A partir de ahora nos perteneces. Satisfacerás nuestras necesidades y deseos más oscuros. No puedes hablar, llorar ni negarte. Solo responderás «sí, señor».

Cuando estas palabras resonaron en su mente, Gloria se desmayó.

Al despertar a la mañana siguiente, pensó que había sido solo una pesadilla. Al empezar sus labores en la habitación del viejo Karl, lo encontró junto a la ventana. Intentó salir, pero al girar vio a August allí con dos hombres desconocidos y la puerta se cerró de golpe detrás de ellos.

August le exigió obediencia total, mientras Karl le ordenaba quitarse la ropa. Ante su negativa rotunda, August la abofeteó y la forzó a desvestirse. Los dos hombres la sujetaron y la desnudaron por la fuerza. August examinó minuciosamente su cuerpo en un acto invasivo y cruel. Hurgó cada orificio del cuerpo de aquella muchacha comprobando que ella era virgen.

La joven sollozaba incontrolablemente mientras Karl continuaba observándola de forma lasciva. Por su falta de cooperación, la joven fue azotada con fuerza a modo de castigo y, finalmente, perdió el conocimiento. Al despertar, una criada ingresó a la habitación para ayudarla y susurró:

—Si quieres sobrevivir, debes obedecer.

August y su padre entraron celebrando su recuperación e indicaron que los sirvientes debían preparar a la joven para una cena especial.

Los sirvientes la llevaron a un baño, amarrándole las muñecas y tobillos a las esquinas, dejándola abierta de brazos y piernas y totalmente expuesta mientras la sometían a un doloroso proceso de depilación y perforaciones en el cuerpo. Le depilaron absolutamente todo el cuerpo, conservando únicamente su hermosa cabellera rubia, y le fueron colocadas pequeñas argollas en los pezones. Este espectáculo resultaba sumamente placentero para August y su padre, quienes la observaban tras un espejo. Al finalizar, quedaron satisfechos con el resultado y permitieron que descansara en su nueva habitación, que más parecía un calabozo medieval que una habitación. Exhausta, decidió no pensar más en todo lo que había ocurrido y descansar; era claro que lo iba a necesitar.

Después de un par de horas de un merecido descanso, los dos sirvientes irrumpieron en la habitación y la obligaron a tomar un brebaje blanquecino de sabor asqueroso. Al entrar Karl a la habitación le indicó que se trataba de un purgante para limpiarla por dentro y le explicó que esa noche iba a perder su virginidad a manos de él y su hijo. Le detalló que a partir de ese momento ella se convertiría en su perra, que debía satisfacer todas sus necesidades sexuales y no tenía derecho a protestar ni negarse para nada. Que aprendería a controlar su cuerpo y a obedecer. Las necesidades que las personas consideran básicas se acababan de convertir en un lujo para ella que debía ganarse de ahora en adelante con obediencia suprema. La joven escuchaba sus palabras y lo observaba con terror.

La joven fue dejada nuevamente sola en la habitación y, después de un rato, empezó a tener los característicos dolores estomacales que indicaban que debía defecar, producidos por el purgante. En ese momento la joven fue llevada a una especie de salón que en toda su estadía en la casa nunca había visto. Le fueron colocados cascabeles en sus senos perforados y le fue ordenado que resistiera las ganas de defecar hasta que se le diera permiso para hacerlo. Pero la joven ya no aguantaba más y, casi llorando, pidió que la dejaran evacuar porque ya no resistía un momento más. Ante la situación, Karl solicitó a los sirvientes que la ayudaran y los hombres le colocaron una especie de cinta adhesiva para impedir que pudiera defecar.

La joven se retorcía en el piso mientras aquellos hombres se fascinaban y deleitaban con sus gestos de dolor y sufrimiento. Después de un rato pidieron a los sirvientes que le retiraran aquella cinta adhesiva y que la dejaran defecar, a lo que, al quitar la cinta, la chica defecó delante de los hombres quedando totalmente expuesta y humillada.

Los sirvientes procedieron a lavarla y fue colocada a los pies de Karl, quien, al sacar su polla endurecida por todo el espectáculo, le ordenó a la chica que se la chupara y lubricara con su saliva. La joven, temblorosa y apenada por lo vivido hasta ese momento, tomó aquella polla de grosor medio pero larga entre sus temblorosas manos y se la metió en la boca. Mientras chupaba aquella polla de manera inexperta y tímida, los sirvientes prepararon detrás de ella una especie de cepo de los que inmovilizan a la persona aprisionando las muñecas y el cuello de la víctima.

Una vez listo el artefacto, la joven fue colocada en él quedando totalmente inmóvil; en los tobillos le fue colocado un bastón que mantenía sus piernas abiertas y ajustado en el suelo para que no pudiera moverlas. En ese momento Karl se acercó a la joven y le susurró al oído:

—Te dije que chuparas y lubricaras bien mi polla. Vamos a ver si lo hiciste adecuadamente; de lo contrario, solo tú serás responsable por el dolor extra que puedas sentir.

Y diciendo eso le separó las nalgas a la joven colocando su polla en el virgen y muy pequeño ano de la joven y empezó a empujar. Primero lo hacía suave y con calma y después un poco más fuerte, y mientras empujaba August manoseaba el cuerpo de la joven. Después de un rato de estar en el ejercicio de meter la punta de la polla en el ano de la muchacha y volverla a sacar, August se dio cuenta de que la muchacha tenía la concha mojada.

Dijo con asombro, dirigiéndose a su padre:

—¡¡Mira, papá!! Pensábamos que iba a ser tímida por crecer entre religiosas y es toda una perra, está mojada.

La joven se apenó por la reacción de su cuerpo que era involuntaria a sus pensamientos. En ese momento Karl le dice a la joven:

—Ya que eres tan perra, te trataré como tal.

Y de un empujón le metió toda la polla hasta el fondo, a lo que la joven soltó un grito desgarrador de dolor. Aunque estaba inmovilizada casi por completo, empezó a mover su cuerpo frenéticamente por el dolor, pero aquellos hombres lo interpretaron como movimientos de placer y el viejo Karl la tomó por la cintura, metía y sacaba su polla de aquel ano pequeño, maltratado y adolorido de manera salvaje, sin la más mínima compasión y con una fuerza y energía que no eran para un hombre de su edad, hasta que se corrió dentro de ella. Al sacar su polla del ano de la joven salió de ella un hilo de semen combinado con sangre porque, siendo virgen, Karl le había roto el ano. Ante esa situación, Karl ordenó a sus sirvientes que le tomaran fotos al ano de la chica para que observara siempre y recordara quién le había desvirgado el ano, quién era su amo y a quién pertenecía.

Minutos después fue el turno de August, quien la soltó de aquel cepo y la tendió de espaldas sobre una colchoneta en el piso, le abrió las piernas con las manos. En ese punto la joven estaba tan adolorida y agotada que no presentaba resistencia alguna y, aunque al hombre le gustaba forcejear, no iba a perder la oportunidad de desvirgar a la muchacha, por lo que la tomó por el rostro con ambas manos y le dijo:

—Mírame a los ojos para que sepas quién te desvirgó y mañana te cojo como debe ser…

Y diciendo esto le metió la polla de un golpe en la concha involuntariamente húmeda, rompiéndole el himen y arrancándole otro grito de dolor, haciéndole sangrar profusamente. La sangre se mezclaba con sus fluidos íntimos haciendo que la polla de aquel hombre entrara y saliera con facilidad y en cada embestida se escuchaba PLASH, PLASH, PLASH. Él entraba y salía vigorosamente del cuerpo de la chica y poco a poco fue subiendo la velocidad, le apretaba con fuerza sus pequeños y respingados senos a medida que su excitación crecía y mantuvo ese salvaje ritmo hasta que se corrió dentro de ella llenándola con su semen, y fue justo en ese momento que la joven, entre el dolor, la vergüenza y el miedo, se dejó llevar por las sensaciones de su cuerpo y también se corrió de manera ruidosa. En ese punto su cuerpo ya no le obedecía; era una amalgama de emociones y sensaciones y la mayoría eran totalmente nuevas para ella, y aunque su mente le decía que todo lo que estaba ocurriendo no era posible ni correcto, era como si su cuerpo tuviera mente propia.

Al terminar, August se levantó y, mientras guardaba su polla dentro del pantalón y se arreglaba la ropa, le decía:

—Llora, quéjate y gime todo lo que quieras porque muy pronto no vas a poder hacerlo, no sin el permiso de tus amos.

Los hombres se retiraron de la habitación dejándola en el suelo, desnuda y chorreando semen por sus orificios maltratados y adoloridos. Así permaneció un par de horas hasta que uno de los sirvientes entró a la habitación y la llevó en brazos hasta su cama, la arropó diciéndole:

—Será mejor que descanse bien.

Al día siguiente la joven despertó pensando por un momento que todo había sido una pesadilla; sin embargo, al tratar de moverse, su cuerpo adolorido la regresó a la realidad.

No había acabado de procesar el hecho de todo lo que le había ocurrido el día anterior y su nueva vida cuando dos sirvientes irrumpieron en su habitación, la sacaron de golpe de la cama y la llevaron a un amplio baño donde empezaron lo que sería a partir de ese momento el ritual de limpieza. Cada centímetro de su cuerpo fue cuidadosamente lavado, cada orificio revisado y palpado. Se notaba que aquellos sirvientes disfrutaban la tarea de asear a la chica, aprovechando la ocasión para meterle los dedos en su coñito, en el culo, tocarle los senos.

Una vez finalizada la sesión de aseo, la chica fue vestida con una bata transparente y se le peinó con un moño alto y fue llevada al comedor.

Sus amos, padre e hijo, ya se encontraban en el comedor desayunando cuando la joven fue llevada ante ellos. La joven estaba exhausta y hambrienta, pero no fue recibida en la mesa; en su lugar se le colocó un plato en el suelo a un lado de la mesa y allí se le colocó de comer. Karl le indicó que ella era la perra de él y su hijo y sería tratada como tal. La joven fue obligada a comer de rodillas en el piso sin usar las manos como una verdadera perra y, aunque se sintió sumamente humillada, accedió porque tenía muchísima hambre.

Al terminar su desayuno, quiso levantarse del piso, pero una cachetada de August la devolvió al piso y, acto seguido, August le colocó un collar con varias arandelas y en una de ellas colocó una cadena, le arrancó la bata de un tirón y tiró de la cadena diciéndole:

—Camina, perra, vamos a dar un paseo.

La chica lo miró entre asombro, dolor, humillación e incredulidad y él continuó diciendo:

—Recuerda que eres una perra y de ahora en adelante caminarás a cuatro patas a menos que se te ordene lo contrario. Pero tranquila, nosotros te vamos a entrenar y te enseñaremos poco a poco cómo debes comportarte.

Aquella situación le pareció irreal, pero decidió aceptarla mientras encontraba la manera de pedir ayuda o escapar.

La joven fue llevada a cuatro patas por sus amos a la biblioteca, donde se sentaron a conversar mientras que a ella se le ordenó echarse sobre una alfombrita a los pies de Karl.

El viejo Karl le acariciaba el cabello a la joven mientras le comentaba a su hijo:

—Debemos entrenarla bien; hasta ahora ha hecho un buen trabajo, es de las mejores perras que hemos tenido.

August, por su parte, asentía con la cabeza a todo lo que su padre decía y le contestó:

—Comencemos mañana cuando haya llegado el entrenador…