Era un verano abrasador de 1874, de esos que te pegan la camisa a la espalda y te hacen dudar si el infierno no estará ya aquí, en la tierra. Solo quedábamos cinco del batallón: heridos, exhaustos, cojeando como perros apaleados, con los fusiles colgando al hombro como si pesaran una tonelada. Caminábamos hacia el norte sin rumbo fijo, fantaseando con encontrar al resto del ejército o, mejor aún, un carruaje que nos sacara pitando de aquel paisaje quemado por el sol y la guerra. Yo llevaba una venda sucia y tiesa en el muslo izquierdo; la metralla me había rozado lo justo para doler como el demonio, pero no lo suficiente para tumbarme del todo.
Al coronar una loma baja, casi sin aliento, la vimos aparecer como un milagro improbable: una casa antigua de piedra gris, tan fundida con el paisaje seco que parecía brotar de la tierra misma. Un muro bajo la rodeaba, cubierto de hiedra rebelde que trepaba como si quisiera escapar. No era una granja cualquiera. Era un monasterio olvidado. En la entrada, un letrero medio borrado por el tiempo y el viento aún dejaba leer: Hermanas de las Manos de la Caridad.
Nos acercamos con cautela, fusiles listos, pensando que nos recibirían a tiros o que ni siquiera abrirían. Pero la puerta de madera pesada se abrió sola, casi con un suspiro, antes de que nadie llamara. Allí estaba ella: una monja joven, de veinticinco años a lo sumo, rostro sereno como el de una virgen de cuadro, ojos claros que brillaban con algo más que piedad. Nos miró de arriba abajo —cinco soldados mugrientos, armados, oliendo a sudor rancio, pólvora y sangre seca— y sonrió con una calidez que nos desarmó al instante.
—Entren, hijos míos. Dios los ha traído hasta aquí… y parece que sus cuerpos también lo reclaman.
Entramos como zombis. Dentro nos esperaban al menos treinta hermanas, de todas las edades y tamaños: algunas recién profesadas con piel fresca y mejillas sonrosadas, otras con rostros surcados por arrugas profundas pero ojos vivos, sabios. Unas vestían hábitos negros, otras blancos; todas con los rostros al descubierto, sin velos que ocultaran sus expresiones. Se murmuraban entre ellas mientras pasábamos, curiosas, sorprendidas, pero sin miedo. Algunas se mordían el labio inferior disimuladamente, otras se lamían los labios como si ya anticiparan