Eran las 15:50 de un Sábado. Raúl estaba en mi antebrazo, con la cara contra la palma de mi mano, tan relajado que parecía que se iba a dormir de inmediato.

Dejé de observar las tetas de mi cuñadita Cristina y vi que en la pequeña cuna que tenemos en el salón no había ningún obstáculo. Me levanté, despacio, concentrándome en que las piernas lo hicieran todo y mantener el tronco y el brazo rectos.

Cristina me mira, y aún no se atreve a hacer nada más. Se remueve, levemente inquieta, y observa su reflejo en la pantalla apagada de la tele del salón. Sentada en el sofá, con las piernas juntas y las manos sobre sus muslos, el diminuto trozo de algodón que es su pantaloncito casi ni se ve de frente. Sobre él, en su cintura, el top arrugado, y sus enormes y perfectas tetas libres; brillan por el leve sudor, sobre todo su pezón derecho, por la saliva del bebé.

Dejo a mi hijo en la cuna, cerca de la puerta del salón y le hago una seña a Cristina, un “sshhh” con el dedo en la boca.

— No grites. Que no se despierten.

Ella se remueve, incómoda, y no