A Alfredo se le había abierto un mundo. Y todo por culpa de su sobrino, quién se lo llevó a pintar una frutería y acabaron follando con la propietaria, una muchacha treintañera de muy buen ver y que gustaba de ambos, sobre todo más de Alfredo que de Víctor pero, aún así, no se lo pensó dos veces en dejarse penetrar por ellos. Y, por si fuera poco Alfredo estaba felizmente casado. Amaba a su esposa y por ella dejó aquellos escarceos que también tuvo en su momento. Ahora había caído. ¿Se arrepentía? Sí. ¿Qué, desde entonces, no hacía más que fantasear y debía tener cuidado para que nadie le pillase con la polla dura? También. Había tomado la decisión de no volver a hacerlo nunca más, por Cecilia y su matrimonio con ella, pero el destino tenía otros planes para Alfredo.

Fue a los dos míseros días de terminar en la frutería. Le había llegado el encargo de remodelar las paredes del escobero de un hotel, una pequeña estancia llena de bártulos de limpieza y una pequeña estantería, justo al lado de la recepción del mismo. Dónde, de normal, solo había una recepcionista guapísima de unos veinte años, rolliza pero con aspecto de princesa. Alfredo se prendió de ella nada más verla y la impresionó cuando se presentó comunicando a qué había ido allí.

—¡Claro! Lo esperábamos, señor, es la puerta de la derecha, justo aquí al lado. Ya está completamente vacía y puede disponer de ella hasta que termine. No hay prisa.

—Gracias, preciosa —respondió el hombre—. Y llamame Alfredo —añadió guiñándole un ojo—. Señor me hace quedar muy de noventa años y aún me faltan cuarenta para eso.

La joven sonrió con las mejillas sonrosadas y Alfredo se dispuso a comenzar con su trabajo.

Una vez en la habitación, lo primero que hizo fue poner la cinta de carrocero allá donde debía, cogió los botes de pintura, una brocha y comenzó a perfilar la primera pared. Una vez acabó con aquello, acabó descamisado por el calor —casi no se notaba el aire acondicionado en aquella pequeña sala—, cogió el rodillo y, sin necesidad del extensor, comenzó a pintar la pared de arriba abajo. Alfredo no era tonto. Sabía que le había caído en gracia a la recepcionista y que no era muy buena siendo discreta. Más de una vez había llevado su mirada hacia el exterior y había vislumbrado como la chica giraba la cabeza con las orejas coloradas de vergüenza. Y mucho más lo hacía desde que Alfredo se había quedado sin camisa. Alfredo era un hombre de cincuenta y seis años que aún estaba de muy buen ver. Delgado, algo fibrado a causa del trabajo y aún conservaba todo su cabello, aunque ya estaba casi todo gris. Sí, además, le añadías las manchas de pintura que ya comenzaba a tener en su torso, había que decirlo claro: era un hombre sexy. Muy sexy. Y la recepcionista comenzaba a tener calor en muchas partes de su cuerpo.

A media mañana hizo un descanso de treinta minutos para tomarse un café con el bocadillo y fumarse un piti, algo que intento dejar porque mata, pero que nunca tuvo la fuerza para dejarlo del todo.

—¿Cómo va? —le preguntó la chica, algo azorada.

—Bien. Hoy lo termino. Ya llevo dos paredes enteras. Falta la otra mitad.

Algo había en el aire. Algo le pasaba a la jovencita que hacía que Alfredo lo notase a su alrededor. Y era el deseo de ella para con el pintor. Alfredo, pícaro, le volvió a guiñar un ojo y logró que la joven hipase de los nervios.

—Joder, cómo me gustan cuando son vergonzosas.

—Disculpe, señ...

—Alfredo —la corrigió levantándose del asiento, dejando la colilla en el cenicero, y acercándose a ella peligrosamente —. ¿Cómo te llamas, princesa?

La chica tenía que mirar hacia arriba a causa de su escasa estatura. Tenía al hombre tan cerca que no podía ni respirar.

—A... —balbuceó —Auro... Aurora.

—Precioso nombre para una princesa hermosa como tú —espetó Alfredo llevando un mechón de pelo de la joven tras su oreja.

Aurora estaba al borde del colapso. Y para evitar que cayera desmayada, Alfredo aprovechó y la besó. Un beso tierno, apasionado. Los labios bien pegados en fruición y la lengua del hombre acariciando la de Aurora dentro de las bocas de ambos. Cuándo Alfredo acabó el beso, tuvo que agarrar a la chica por la cintura para que no cayese al suelo, rendida.

—Co..., conozco un sitio.

—¿Cuál?

—¿Me volverás a besar así?

Y como respuesta, Aurora recibió otro beso del hombre.

Dejándose arrastrar por la chica, Alfredo iba cogido de la mano de Aurora con claras intenciones.

Primero pasaron por recepción, con cautela, y la joven cogió una tarjeta morada que se guardó en un bolsillo de la chaqueta. A Alfredo le pasó por la cabeza cuánta calor tendría la recepcionista ante tal uniforme y, si le añadimos el calentón... Después, con rapidez, se fueron a los ascensores, esperaron y cuando uno estuvo en la planta, entraron, Aurora tocó el botón de la última planta y el ascensor comenzó su ascenso. La chica se abanicaba con sus propias manos, pero era en vano. Estaba completamente cachonda. Alfredo se acercó a ella y le sopló en el rostro para mitigar el calor. Aurora lo agradeció abrazándolo por el cuello, poniéndose de puntillas y besando los labios del pintor. Un beso largo, incluso romántico. Las manos del hombre apretaron las nalgas rechonchas de su conquista sin dejar de meterle la lengua por la boca. Fue con el "clin" del ascensor que tuvieron que separarse y salir de ahí hacia donde Aurora llevaba a su hombre para darle placer.

Era una suite grande y bien iluminada por grandes cristaleras. Tenía algún mueble que otro, un baño, cocina y, lo más acuciante y donde se dirigieron con premura: la cama. Alfredo, sin mediar palabra, sentó a la chica en el borde, se la sacó asombrando a Aurora y, con cierto cariño, la obligó a metérsela en la boca. Aurora obedeció gustosa y chupó el miembro de Alfredo con gran parsimonia.

—Oh, joder, sí —susurró el pintor.

La joven se deleitaba chupando todo el falo de arriba a abajo. Lamía los testiculos cuando tenía todo bien adentro y succionaba el glande cuando estaba por quitársela de la boca, sin llegar a hacerlo. Alfredo gruñía ante tal espectáculo. Además, con sus manos le fue desabrochando la camisa y dejaba al descubierto un gran busto decorado con un sostén rosado y sexy. Mientras Aurora degustaba la carne del hombre, este manoseaba sus pechos grandes. Al final acabo por desnudarla de cintura para arriba y dirigió su polla al entreteto. Acarició los pechos con su miembro y, cuando no pudo más, los abrió y metió la polla entre ambas tetas. Y comenzó a mover la pelvis.

—Dios, que gusto —soltó.

Aurora no solo dejaba que el hombre hiciese, ella también hacía su trabajo. Cuándo la polla se acercaba a su rostro, lo lamía.

—Joder, eres muy buena en esto, princesa.

—Me encantas y quiero darte placer.

—Me das mucho placer, nena, mucho.

Y, acto seguido, la levantó, la desnudó por completo y la echó sobre la cama. Alfredo también se quitó la ropa y se estiró encima de Aurora, volviendo a besar su boca mientras sus manos acariciaban todo el cuerpo de la recepcionista. Ella hacía otro tanto abrazando al hombre que tenía encima suyo. Con lentitud, el hombre fue bajando hasta llegar a los grandes pechos y los chupó. La muchacha arqueaba la espalda para ofrecer más su busto y gemía como una gatita encelada. Pequeños lametones, diminutos besos, cortas succiones, y siempre mirando al rostro de la dueña de las tetas que Alfredo degustaba con parsimonia. Poco a poco, fue bajando más y besó el ombligo, lamió el monte de venus —el cual tenía un ligero rastro de vello rojizo— y, por último, dirigió su boca al coño grueso y abultado de Aurora. Ahí sí fue menos amable y la premura era lo esencial. Chupó todo logrando que la joven gritase de placer. Alfredo debería decirle que no exclamase tanto, pero estaba ocupado succionando y lamiendo toda la vagina húmeda que Aurora le daba a él.

—¡Ostras! —articuló la joven asombrada por el buen trabajo que le hacía el hombre.

—Te gusta, eh.

—Sí.

Entonces, Alfredo se puso de rodillas en la cama, cogió las rollizas piernas de la recepcionista, se las puso al hombro y dirigió su pene erecto hacia el agujero de Aurora. Pero no llegó a hacer nada, la chica se extrañó y le preguntó qué pasaba.

—¿Dónde tienes condones?

—Papi, por favor, follame.

—Nena...

—¡Follame!

Y ante la exclamación de ella, Alfredo recordó que, la otra vez, con la frutera, ni su sobrino ni él se preocuparon de ponerse preservativo, y de que la joven tampoco estuvo por la labor de quejarse sobre el tema. Así que, sin más, penetró a Aurora sin nada de amabilidad para darle lo que pedía: sexo caliente a pelo con un papi.

—Joder, nena —argulló el hombre agradecido por tal placer.

—Folla, papi, folla.

—Y tanto que te voy a follar, princesa mía.

Y dicho esto, Alfredo comenzó a mover su pelvis adelante y atrás de forma contundente. La cama, sin hacer ni un ápice de ruido, se movía y las carnes de Aurora también lo hacían de forma rítmica con cada embestida del hombre. Además, la pobre no podía parar de gemir de forma bastante audible, algo que más que molestar al hombre, aún lo excitaba más.

Sin preámbulos, la estiró por completo sin salir de ella, se le echó encima, la abrazó hundiendo el rostro en el cuello oliendo el perfume de su cabello y continuó con el fuerte ataque, escuchando los gritos de la rolliza recepcionista en sus oídos. Aurora no hacía más que pedir sexo caliente arañando la espalda de su semental, y dicho semental se lo daba sintiendo gran placer. Llevó una de sus manos a la vagina mientras la seguía follando y comenzó a acariciarle el clítoris logrando sin más exclamaciones de la joven. Las tetas le bailaban con cada bandazo y Alfredo no podía parar de mirarlas hipnotizado, una vez que dirigió su mirada a estas. Pero paró, salió de ella y se irguió dándole cachetadas a los muslos.

—Venga, nena, ponte bocabajo que te quiero follar el culo.

Aurora sonrió con lujuria y obedeció mostrando un trasero grande, redondo, carnoso y respingón.

—Joder, princesa, que buena estás.

—Tú también estás de toma pan y moja, papi.

Alfredo no se lo pensó dos veces y la penetró por el ano. Comenzó suave pero, al poco ya tuvo que continuar con un ritmo frenético porque, sino, aquello no tendría sentido. Estaban follando, no haciendo el amor. Así que, tan fuerte como pudo, sodomizó a la recepcionista en la cama de aquella suite.

Luego se puso el bocarriba sobre el colchón y la chica encima de Alfredo. Al igual que él, ella tampoco era amable en el sexo, lo quería cuanto antes y, una vez tuvo el falo del hombre dentro suyo, lo cabalgó hasta que no pudo más y se corrió. Alfredo la puso bocarriba, se echó encima y continuó follando a aquella jovencita de aspecto tan principesco, logrando, pasados unos minutos, otra eyaculación de ella, mezclada con su propio semen.

—Ostia puta —exclamó el hombre tumbándose al lado de Aurora y respirando entrecortadamente tras tremendo polvo.

La joven también tenía problemas para respirar pero, poco a poco, ambos recobraron la compostura y Aurora metió prisa al cincuentón para que se vistiera con rapidez y volviese al trabajo. El cual acabó entre miraditas elocuentes llenas de intenciones mientras uno pintaba las paredes del cuartucho y la otra se mantenía sentada en la recepción del hotel, atendiendo a los clientes cuando hacían acto de aparición.