Nunca me había pasado algo parecido cuando iba a trabajar. Hasta ahora.
Me dedico a la pintura. Mezclar colores, el estucado, etc., y darle al rodillo pa'riba y pa'bajo, o de un lado a otro si es en el techo. Y, de norma, obvio, soy yo el que va a los hogares de los que me contratan. Esta vez, una pareja tierna de sesentones. Él con barriga, y ella con el cabello todo cano. Parecían la pareja perfecta, y les estaba poniendo a punto una de sus habitaciones que usará su nieta para cuando venga de visita. Querían las paredes amarillo pastel, con una cenefa de papel pintado. Y es lo que les doy. Bueno..., y algo más.
Con el calor, me quitaba la camisa blanca reglamentaría y me quedaba con el peto, a veces con un solo botón abrochado, o sin ninguno mostrando mi torso algo fofo pero fibrado. Y fue ahí con lo que me di cuenta. No solo en la mujer de la casa , sino también en el marido. Ambos me comían con la mirada. Y a mí me encantaba de tal forma que, en casa, me masturbaba, pensando en como me los follaba.
Fue al quinto día cuando pasó con uno de ellos: Miranda. Aquel día estaba sola, no tenía nada que hacer porque ya lo había hecho todo como buena ama de casa, y se quedó conmigo charlando. Y viendo como mis músculos fofos dominaban el extensor y la pintura amarilla se iba comiendo la capa blanca que ya había pintado. Fue una charla un tanto extraña que derivó en que no pusiéramos cachondos y nos dejásemos llevar por la pasión.
Miranda comenzó a jugar con la pintura y se manchó de forma sexi. A su vez, añadió más a las que ya tenía del día, se me acercó y me besó.
—No te da miedo que sea tan vieja, verdad —quiso saber.
—No, para nada —le respondí.
Ella sonrió complacida acariciando mi pecho algo peludo; le encantaba mis tetitas de gordito. Le dejaba hacer teniendo una erección que me iba a explotar en el peto. Nos dimos otro beso.
—¿Cuántos años tienes? No recuerdo si ya te lo pregunté.
—Treinta y ocho. Y sí, señora, ya me lo preguntó.
Otro beso.
Se acercó más a mí pegando su cuerpo. Suspiré complacido. Nos dimos un beso más tórrido y apasionado. La cogí por el culo y la levanté hasta dejar su rostro al mismo nivel del mío.
—No le digas nada a mi marido de lo qué parece que va a pasar.
—Hecho.
Y la llevé hasta el salón echándome encima de ella sobre el sofá.
No paramos de besarnos mientras yo le quitaba la ropa. Su cuerpo era delgado pero, a causa de la edad, la gravedad ya iba ganando mucho terreno. Aun así, Miranda era preciosa. Le besé el cuello y ella reaccionó ante las caricias de mis manos sobre su vulva. Sin dejar de tocar su sexo, fui más allá y le comí todas las tetas. A veces me ayudaba con la mano sobrante, otras con mi propia boca, para chuparle los pezones, morderlos, succionarlos. Miranda era espectacular gimiendo cuando era necesario y porque realmente se lo pedía su cuerpo. No como mi pareja, que se notaba que fingía. Con parsimonia fui dirigiendo mis lamidas hasta el bajo vientre y Miranda acariciaba mi cabeza al rape, dándome a entender que quería mi boca en su vagina. Y eso hice. El grito que pegó inundó toda la sala y me puso más caliente si cabe. Sabía a gloria. También ahí la edad hacía de las suyas pero, que coño, se lo comí todo, de arriba a abajo, succionando los labios y el clitoris, introduciendo mis dedos en su orificio, también la lengua. Paré.
—Joder, no me hagas esto, que estaba a punto.
—Ja, ja, ja, cariño te toca.
A regañadientes, la mujer hizo como yo y me desnudó por completo liberando la erección, que le gustó hasta tal punto que se le cayó una gota de saliva por la boca. Sin limpiarse, atacó mi polla y la sostuvo en su garganta. ¡Joder!, está vieja sabía lo que hacía. De vez en cuando la manoseaba y me miraba con picardía y me comía los huevos. La volvía a engullir y yo disfrutaba de su paladar y su garganta de terciopelo. Y, la muy guarra, me la devolvió parando justo cuando estuve a punto de expulsar mi semen.
—Hija de puta —solté divertido.
Ella rió como respuesta con la polla en su cara.
Se volvió a echar sobre el sofá con las piernas bien abiertas y meneando la cadera dándome a entender lo que quería. Yo fruncí el ceño.
—¿Tienes condones?
—¿Acaso crees que te hacen falta con alguien como yo? Mi horno ya no funciona y llevo sin sexo desde hace años, por lo que es imposible que te pegue nada, cariño.
No sabía que hacer. Por un lado estaba mi precaución pero, por otro, ella tenía razón, ya era menopáusica y no corría el riesgo de embarazarla. Pero, en cuanto a lo otro, ¿cómo saber si lo que dice es cierto? Tenía muchas ganas de follarla, cierto, pero... Bueno, va, de perdidos al río. Me eché encima suya, la besé y la penetré sin contemplación alguna.
—¡Aah! —exclamó la vieja ante mi forma de entrar en ella.
—¿Te duele?
—Follame, cabrón.
Y comencé el vaivén de mis caderas de forma rítmica y con fuerza. Miranda lo aguantaba pero gemía y gritaba con cada embestida. Lo pasábamos bien, queríamos aquello y no paramos. Y sé que Miranda quería mi sexo por como sus piernas abrazaban mis caderas.
Entre besos y gemidos, me follé a la vieja sin reparos. Sin sentir remordimiento alguno, ni por mi chica, ni por el marido de Miranda. ¡Dios, que fiera era! Y más cuando ella también movía su pelvis. Y que agujerito más placentero me obsequiaba, parecía, al igual que su garganta, terciopelo. Debo reconocer una cosa, a pelo molaba más que con preservativo. Era más intenso incluso para ella.
—¿Por qué paras? —me preguntó cuando paré— ¿Ya te has corrido?
—No, nena, pero quiero cambiar de postura.
Y sonrió divertida.
Me senté y ella, metiéndose mi pene duro se sentó sobre mi. Primero dándome la espalda y moviendo con ritmo su culo, un culo caído y suave que yo iba abofeteando de vez en cuando, cosas que le hacía saber a la vieja cuánto me gustaba su vagina y sus movimientos. ¡Joder, que bien me lo estaba pasando!
Sin sacársela, Miranda se fue dando la vuelta y se puso rostro a mí. Volvimos a pegar nuestras bocas y fui yo quien comenzó a moverse de nuevo para que ella también lo hiciese. Le cogía las tetas, se las chupaba, ella gemía como una perra y, en cuestión de pocos minutos, la vieja acabó escondiendo su cara en mi cuello y gritando tras llegar al clímax. Y paró. Se sorprendió cuando vio que yo negaba de lado a lado con una sonrisa endiablada en mi rostro.
—Te equivocas si crees que esto ha acabado. Tú lo has querido, yo te lo doy. Todo. Y eso incluye mi semen, nena —le dije palmeando su culo y sus pechos.
—Joder, de acuerdo.
Me sacó de sí, se echó en el suelo con las piernas bien abiertas como antes y yo volví a entrar en ella de forma brusca, logrando otro grito que escapaba de su garganta.
—Dios, el tiempo que hacía que no me follaban. Me siento una puta y me gusta.
—Y a mí me gusta que seas una puta conmigo, nena —espeté gustoso y moviendo más fuerte mis caderas.
Ella volvía a gritar del gusto que le daba mi polla. Se volvió a abrazar a mí con sus piernas y sus uñas arañaban mi espalda. ¿Me dejaría marcas? Me daba igual. Nos besábamos, nos mirábamos con una lujuria exquisita y Miranda acabó corriéndose otra vez. No cesé mis embestidas y, entre el rato que llevaba dándole al tema y las contracciones de la vagina de Miranda, no aguanté más y mi polla expulsó una buena cantidad de semen que la vieja guardó para sí misma.
Minutos después, ya vestidos y recuperados del polvo, Miranda seguía pululando a mí alrededor mientras yo seguía con mis quehaceres en la habitación de su nieta.
—¡Ya he llegado! —anunció la voz del viejo. Sus pasos se acercaron y entró en la estancia— Vaya, veo que la cosa sigue bien su curso —comentó acercándose a mí y acariciando mi brazo, cosa que me di cuenta que hizo a espaldas de su mujer.
—Correcto, don Arturo, correcto —lo miré y, guiñándole un ojo pícaro añadí—. Todo va como la seda, bombón.
Y le agarre una de sus nalgas tras comprobar que Miranda había salido de la habitación, algo que le agradó al viejo.
No sé por qué pero creo que, en esta casa, mientras dure mi trabajo, me voy a divertir lo más grande.
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión