Ya había terminado con el color de las paredes y ambos, Arturo y Miranda, estaban más que complacidos con mi trabajo. El cuarto para la nieta ya estaba tomando forma y, una vez termine de colocar la cenefa de papel pintado, habría terminado mi trabajo, cobraría lo que queda por cobrar y el matrimonio de sesentones ya podrían colocar los muebles pertinentes para decorar la habitación.

Miranda no me quitaba ojo, pero tampoco seguimos con el juego; no repetimos después de aquella tarde en el sofá. Pero había alguien más en aquella casa que me deseaba. Y, si soy sincero, me molaba más la idea de metersela por el culo a Arturo que volver a repetir con la vieja. Total ya me la había follado, así que...

Aquella mañana comencé temprano. Coloqué la mesa plegable que usaba para untar el papel con cola, y es lo que hacía con la cenefa, la cual era una franja ancha y desigual con estrellas de colores y diferentes tamaños. Notaba la mirada del hombre sobre mi piel. Sabía que se trataba del viejo porque Miranda había salido temprano para ir con su hermana a no sé dónde y tardaría mucho en volver. Mientras encolaba la cenefa —descamisado como de costumbre—, sentí los patosos pasos del hombre que se me acercaban por detrás. Una de sus manos me acariciaba el pecho, la otra fue directa al paquete. Giré el rostro hacia el de él y nos besamos. Fue un beso largo, hasta tierno, pero demandante de sexo y mi polla reaccionó tal y como Arturo esperaba.

Besando mis hombros dijo:

—Me encantas.

—Lo sé —repuse.

—¿Dónde quieres hacerlo?

—Aquí — y señalé la estancia.

Cierto que no había nada cómodo como el sofá del salón, pero era más rápido y sencillo si nos quedábamos donde estábamos.

Me giré hacía él, le agarre el rostro y volví a darle un buen beso. Me deleite saboreando sus labios, su lengua. Mis ojos estaban cerrados, como los suyos, y Arturo metía sus manos por el peto para tocar mi polla. La agarró y comenzó a masturbarme suavemente. No sé cuánto rato estuvimos así, pero parecieron horas. Al final, sin mediar palabra alguna, se arrodilló, me desnudó dejándome las botas de trabajo puestas y chupó mi erección con fruición pero con parsimonia.

—Oh, joder —se me escapó.

—¿Te gusta?

—No pares

Y lo pillé por la nuca obligándolo a tragarse todo mi rabo.

Meneaba mis caderas a buen ritmo logrando reiteradas arcadas del viejo, y me encantaba. Dios, que boca más placentera. Si lo pensaba, lo era hasta más que la de Miranda, quién no se quedaba atrás. Arturo aguantaba mi ataque bien pero, a la cuarta arcada, no pudo más y me pidió un respiro, que le ofrecí acariciando su calva. Si pensáis que iba a darle un descanso digno, os equivocáis. En menos que canta un gallo, volví adentro de su boca y volví a gemir tras el placer que el viejo me daba. Succionaba la polla como si no hubiera un mañana y yo disfrutaba dándosela.

Minutos después, Arturo me pidió parar de verdad y que hiciésemos otra cosa, obviamente sexual. Se puso de pie —le ayudé como un buen caballero— para quitarse la ropa, se sostuvo sobre la mesilla ofreciendo su trasero, el cual aporreé con mis manos y dirigí mi cara hacia las nalgas, que olí y lamí. Las abrí y vislumbré un ano rosadito y ya dilatado. Metí mi lengua y lo saboreé con premura, dándole placer al hombre, quién gemía de forma lastimera. Aquellos gemidos eran mis favoritos, música para mis oídos. Me esforcé al máximo besando y lamiendo el orificio sin parar y abofeteando las nalgas, acariciándolas.

—Me encanta —comentó—, pero métemela ya, leches.

—Ja, ja, ja —reí.

Me puse de pie, me deshice del peto y el calzoncillo, y jugueteé con mi polla aporreando las nalgas y acariciando el ano con ella. Poco a poco fui introduciendo mi rabo. Arturo no aguantó sin soltar un quejido que me puso más caliente. Así que, sin preámbulos, hice más presión y la entré de golpe logrando un grito de dolor del viejo.

—Eso, grita para mí, putita —espeté.

Comencé a menear mis caderas con fuerza haciendo que la mesilla se moviese con peligro, pero pasamos de ello y follamos como cosacos. El ano del viejo se pegaba muy bien a mi falo y daba más placer que el coño de su mujer. Arturo gritaba más audiblemente que antes, aunque no nos importó. ¿Qué nos pillaba Miranda? Qué observase como dominaba a su marido y lo hacía mi puta particular como hice con ella. Quién sabe, a lo mejor le gustaba la estampa y se unía a nuestro placer.

—Se ha salido —repuso Arturo.

—Lo sé, voy.

Y volví a meterme dentro suyo.

Dios, como disfrutaba follando con el viejo.

Mi pelvis chocaba con fuerza contra el culo de este y hacía ruido, como también lo hacía la mesilla parecido a los muelles de una cama. Mientras follaba su culo, Arturo comenzó a masturbarse de forma frenética y, en pocos segundos, eyaculó un chorro abundante y espeso de semen. Tuve que parar para que respirase, pero, otra vez, no le dejé mucho tiempo y regresé a follarlo con más fuerza.

Le estaba haciendo daño, lo sabía por los gritos de dolor que salían de su garganta. Pero también Le gustaba mi sexo y por eso no paré. El calor comenzaba a hacer mella y empecé a sudar; gotas de sudor corrían por mi espalda abajo, al igual que en mi pecho y la cabeza. Me limpié una gota que casi se me metía en el ojo, todo eso sin parar de moverme. Hasta que no aguanté más y eyaculé dentro del ano.

Salí del viejo aporreando las nalgas con fuerza y dejándolas rojas. Además, Arturo contraía el ano y mi semen comenzó a salir escurriéndose por sus huevos hasta el suelo. Nos miramos y, sin decirnos nada, entendimos la complicidad que se había creado entre nosotros, una complicidad que no se volvería a repetir y que terminamos juntando nuestros labios en un beso apasionado lleno de secretos.