No me preguntéis por qué pero, tanto Arturo, como Miranda, me contactaron por separado para comunicarme si podía ir a su casa y ver el resultado final del cuarto de su nieta. A mí me importaba tres pares de cojones, pero como no tenía nada que hacer aquel día, acabé asistiendo. Aunque me llevé una gran sorpresa cuando vi la nieta, bien crecidita.

La habitación tenía muebles que pegaban mucho con la estética que me pidieron, pero no con la de ella. La nieta, que se llamaba Carlota, ya contaba con diecinueve años, tenía un cuerpo pequeño y escultural y vestía como una mujer joven de hoy día. ¿Qué tenían en la cabeza los abuelos para montarle tal habitación? ¿Creían que por tener diecinueve seguía teniendo gustos de niña de cinco? ¿Acaso no veían como me comía con su mirada su adorada nieta? Porque sí, de tal palo, tal astilla. Tal cual como Arturo y Miranda. Y, la verdad, yo también me la comía con los ojos aunque fuera con más discreción. Calzaba un trasero la Carlota...

Cuando ambos viejos se fueron llenos de orgullo y nos dejaron solos, me acerqué a la chica y, acariciándole un hombro le dije:

—Menuda mierda te han montado. Creía que era para una niña y, cuando te he visto...

—Qué me vas a contar... Y, mientras te guste lo que has visto de mí —sonrió con picardía—, perfecto.

Le correspondí en la sonrisa. Claro que me gustaba la chiquilla, llevaba toda la mañana con las manos delante para taparme la entrepierna. Y, ahora, con aquella sonrisilla, se me puso dura del todo.

Sin pensarlo, me deshice de la camiseta —aquel día no llevaba la ropa de trabajo— y dejé mi torso entre fofo y tonificado al descubierto. Ella me imitó y me ofreció unas tetitas pequeñas y redonditas con grandes pezones, que devoré como nunca antes le había hecho a ninguna otra mujer..., ni hombre. Carlota jadeaba del placer. Succioné ambos pezones sin contemplación alguna.

—Bésame... —susurró.

Obedecí y le metí la lengua hasta la garganta. Unos besos lujuriosos y calientes que iban a llevar al forniqueo. Pensé en mi pareja, por un momento. Un momento fugaz del que no saqué nada, ni siquiera culpa por ser un infiel. Me encantaba lo que me daba mi trabajo, que le vamos a hacer. Y ahora, aunque no estuviese trabajando como tal, me estaba dando a una mujer joven de lo más apetecible.

La tiré sobre su cama, le quité el pantalón corto, le desgarré la braga y dejé al aire una bonita vulva húmeda que demandaba tanto mi boca como mi pene. Hundí mi rostro entre sus piernas y la hice gritar del gusto. Mordisqueaba los labios vaginales, los lamía, sorbía el clítoris y degustaba su sabor salado de su propia humedad. La chica me tenía bien cogido por la nuca con sus piernas, las cuales acariciaba mientras mi boca seguía pegada a su coño. Sin previo aviso, y tal vez por la edad, llegó al clímax gritando con fuerza y tirando de los pocos pelos que me quedaban en la cabeza.

—Te toca —le espeté.

Me quité la ropa, me quedé desnudo ante ella con la polla como una piedra y la obligué a qué se la tragara hasta el fondo. Arqueé la espalda ante el gusto que me daba. La chica sabía lo que se hacía, no había nada de dientes, solo sus labios y todo su interior bucal. La chupaba de arriba a abajo con premura, como si el mundo estuviese a punto de terminar en cualquier momento, y yo soltaba gruñidos y gemidos de placer. También le dedicaba tiempo a mis huevos, que me hacía echar la cabeza atrás de dichas succiones y lametadas. Lo dicho, aquella muchacha sabía lo que se hacía.

—Joder, que bien lo haces —solté.

Carlota río con lascivia y me provocó aún más.

La tía era tan buena que llegaba a hacerme sentir a punto de estallar, pero, la muy guarra, paraba en el momento justo para que no eyaculase. Y así una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces que controló mi eyaculación evitando que saliese. Aquello me hacía suspirar cada vez que paraba para recuperar fuerzas.

—Joder —solté de nuevo.

—¿Te gusta, papi?

—Joder, sí, mucho.

—¿Me quieres follar ? —repuso tocándose la vagina.

—Te voy a follar —espeté con fuerza.

Miré por la puerta para ver si había alguien más en la casa. La verdad es que no entendí por qué aquellos dos se largaron sin más, dejándola sola conmigo sabiendo cada uno por su parte lo que sería capaz de hacerle si se me presentaba la ocasión. Me acerqué a lindar de la misma.

—¿Miranda? ¿Arturo? —pregunté divertido.

A Carlota también le divirtió y río.

Me acerqué de nuevo a ella, la cogí por la nuca y la besé mientras mi otra mano jugaba con su sexo.

—Quieres follar, eh, perra.

—Follame, papi.

De forma agresiva la cogí por las caderas y tiré de ella hacía mí. Luego tendríamos que rehacer la cama porque las sábanas se estaban convirtiendo en un guiñapo. Le abrí bien las piernas, y la penetré con la misma agresividad logrando que, de la garganta de Carlota, rugiese un grito de dolor bien audible. Para mí fue música para los oídos. Una vez estuve bien adentro y dejé que la vagina reposase y se acostumbrase a tenerme dentro, comencé con el vaivén, un vaivén suave al principio pero que, al final, fue poco romántico y hacía gritar más y más a la muchacha.

—Te encanta —le dije.

—¡Sí! —gritó ella.

Y fui más rápido, más agresivo, porque ella lo quería y lo disfrutaba. ¡Dios, como me gustaba aquella chavala! Que coño tan rico.

Nuestros cuerpos encajaban a la perfección y chocaban como dos miuras enfadados de tanta agresividad. Me estaba comportando como un animal —lo que soy— y ella disfrutaba con mis embestidas gritando de dolor y placer. Si, por un casual, los abuelos de Carlota hubiesen vuelto, no nos habríamos enterado hasta escuchar sus voces de sorpresa ante la estampa de ver a su nieta siendo follada por el pintor. Con un gruñido aún más audible si cabe, Carlota se corrió una segunda vez. Aún me quedaba cuerda, pero salí de ella para dejarla descansar y hacer otro tipo de cosas.

Me senté justo donde el cabecero de la cama y me la puse bocabajo, atravesándome las piernas. Tenía a mí alcance su trasero redondo y sedoso. Lo acaricié y, también, comencé a cachetearlo con fuerza. Ella gemía con cada cachetada. Lo hacía una, dos, tres veces. Se lo puse bien rojo y me deleitaba con cada partícula de su cuerpo. Le abría las nalgas y jugueteaba con su ano, un ano poco abierto y estrecho. Chupe mis dedos y, sin contemplación, le metí dos de golpe. Carlota no me pidió que parase, pero se notaba que no estaba acostumbrada a ello. Mejor para mí, deseaba abrirlo a la fuerza con mi polla. Fui poco amable y logré hacerle un poco de sangre introduciendo otro dedo más. Carlota se quejaba pero también se notaba que quería lo que yo le daba; quería que me la follase más. Y eso iba a hacer.

La eché con brusquedad sobre el colchón, le abrí las piernas para tener su orificio anal más a la vista y dirigí mi falo al agujero. Me costó. Ella no articulaba palabra alguna aunque tuviese la boca abierta. De sus bonitos ojos corrían un par de lágrimas por el dolor de mi penetración. Al final, y con un poco de lubricante que fui a buscar antes de seguir adelante, conseguí entrar también por la puerta de atrás de Carlota.

—La tienes toda dentro, bebé.

Ella gemía como respuesta.

—Ya sabes que no soy nada amable.

Volvió a responder con un gorgorito ahogado.

Y, si más, lubriqué más la zona y comencé de forma muy bestia.

La cabeza de Carlota iba adelante y atrás con mi bamboleo fuerte y decidido, y no hacía más que gritar de puro dolor.

—Aguanta, nena, aguanta.

Y seguí y seguí hasta que tuve que sacarla toda llena de sangre. Me fui a limpiar y ella me siguió y se limpió su dolorido ano, con lágrimas que le manchaban el bonito rostro.

—Lo siento —le dije con poca convicción.

Joder, cuando me ponía así, era un auténtico sadico y no guardaba remordimiento alguno del dolor ajeno. De hecho, aquello me llevaba de orgullo de macho.

Carlota se acercó a mí, me besó y, cogiéndome por la polla, me arrastró de nuevo al catre. Allí quiso volver a hacerlo por detrás,se puso en la misma posición de antes y regresé a las fuertes embestidas. Otra vez la hacía rabiar de dolor y yo disfrutaba con ese dolor, desvirgándole el ano. Un ano estrecho que se adhería a la perfección a mi polla.

Sin limpiar nada, la puse bocarriba y la penetré con fiereza por la vulva. Está vez, Carlota no podía hacer más que gritar y gritar. La cama comenzó a hacer un ruido extraño, como si estuviese pidiendo que parásemos. Pero no iba a parar ahora. Quería más de esta chiquilla, y lo conseguiría. Y lo conseguí. Otra vez llegó al clímax pero, como yo no, Carlota entendió y, con sus piernas alrededor de mi cintura, me hizo saber que no quería que parase, ella también quería que yo le diera lo mío. Hasta que llegó el momento, no pude más y exploté dentro de ella, llenado su vagina con mí esperma.

Lo primero que hicimos fue darnos una ducha, vestirnos y arreglar las sábanas para que quedasen justo como antes. Me despedí de Carlota con un buen beso y, suerte, que bajé por las escaleras porque, nada más comenzar a bajar, escuché las voces de los viejos saliendo por el ascensor. Fui escondiéndome de ellos mientras observaba como entraban en su hogar y les daban un beso, cada uno, a su adorada nieta. Cerraron sin darse cuenta de que los observaba y me largué exclamando improperios a los cuatro vientos por la suerte que había tenido de no ser pillado con las manos en la masa. O, lo que es peor, con las manos en Carlota.