Hola soy Ana. Espero que les parezca sugestiva la anécdota que les contaré. Les aseguro que sucedió tal y como lo describo. De hecho, solo he cambiado el nombre de uno de los protagonistas de la experiencia por el de Mario, el cual utilizo en recuerdo de un amigo muy querido.
Como saben, mi esposo Hugo trabaja en el ramo empresarial, lo que hace que tengamos una vida social bastante intensa. Reuniones, viajes, cenas y todo tipo de eventos son muy comunes en nuestra vida cotidiana.
En uno de esos, conocí a Mario. Un ingeniero que comparte con mi marido muchas de sus actividades profesionales y, aunque él no lo sabe, también a su mujer.
En esa ocasión, mi marido me pidió que lo acompañara a una cena-baile, con la que culminaba un importante evento de negocios. Sin especial ánimo, accedí a acompañarlo, pensando en que sería otro de esos eventos en los que juego el papel de una simple muñequita bonita que sonríe y acompaña a su esposo.
Esa noche, quise, de cualquier manera, no defraudar a mi marido y me apliqué en la selección de un vestido elegante y un cuidadoso arreglo personal. Después del baño, esmeradamente, arreglé cada detalle para estar hermosa. Un fino maquillaje de noche, un arreglo impecable de mi cara, un peinado cuidadosamente logrado y unas modernas tonalidades a mis párpados, lo cual destacaba el verde de mis ojos. Mis labios, con un toque de brillo extra al rouge, acentuaban mi natural sensualidad. Además, unos finos aretes que hacían destacar los delicados lóbulos de mis orejas, parte que, al menos en mí, cuando me besan hace que tiemble todo mi cuerpo. Por supuesto, no faltó la cuidadosa selección de un perfume tenue en todo mi cuerpo. Finalmente, mi sortija de matrimonio, la cual nunca falta en mi fino y delicado dedo anular, el anillo de brillantes que Hugo me regaló en algún aniversario de bodas, una delicadísima pulsera de oro y una cadena que hacía notar la suave curva de mi cuello.
Una vez terminado mi arreglo, me coloqué un vestido azul tenue. El cual dejaba al descubierto mi espalda y cubría mis pechos con una tela tan fina que se notaban mis pezones embelleciendo su anatomía firme y sensual. El escote era pronunciado, prácticamente hasta la cintura. En esa parte, el vestido se cerraba con un delicado mecanismo, del cual dependía que se mantuviera toda la prenda en su lugar. No me puse bragas, solo unas finas pantimedias, que no impedían que mis curvas se perfilaran delicadamente a lo largo de mi cuerpo. Por supuesto, me puse unos zapatos de tacón alto, que no ocultaban la delicadeza de mis pequeños pies.
Estaba concentrada en mi arreglo, cuando noté la mirada de Hugo, el cual, al verse descubierto, me dijo con voz grave:
—Ana, eres la mujer más hermosa que he conocido. Tengo 10 años viviendo contigo y me sigue turbando tu extraordinaria sensualidad. Tus movimientos, tus expresiones, tu feminidad.
Le repliqué:
—Vamos amor, ¿no crees que a veces exageras?
—Claro que no, me fascina la naturalidad con la que impactas con tu belleza —comentó.
Salimos. Hugo me abrió la puerta para subir al coche. Mis piernas, generosamente, le regalaron una imagen de mi sensualidad. Al llegar al hotel, el chico de la entrada me abrió la portezuela y, con naturalidad, repetí la escena. El jovencito no pudo disimular su turbación y quedó petrificado cuando le dije, tocándole suavemente su mentón con mi mano:
—Cierra la boca, cariño, que te vas a resfriar.
No supe cuánto tiempo se quedó impactado.
Ya estaban los invitados en las mesas del lujoso hotel. Platicaban animadamente cuando empezaron las presentaciones. No puedo negar que sentí las miradas de muchos en mi cuerpo cuando me quité el abrigo para sentarme, como corresponde, enseguida de mi marido. Mario, el ingeniero en jefe de la compañía, con una seguridad que me encanta en los hombres, comentó frente a todos:
—Hugo, me habían comentado que tenías una esposa muy bonita, pero creo que se quedaron muy cortos en la descripción. Te felicito y, por supuesto, te envidio.
Indudablemente, ese hombre maduro, pulcro y educado, evocó unas ligeras palpitaciones en mi clítoris, que me son tan familiares cuando percibo esa corriente de sensualidad y afinidad por un hombre. De inmediato empezó ese juego delicioso de la mutua atracción. Las miradas, los acuerdos implícitos, el roce de las manos, el brillo de los ojos colmados de pasión contenida, las palabras llenas de promesas encubiertas. Poco a poco me empecé a excitar. Las copas, las miradas de lascivia que despertaba mis pechos que se dibujaban a través de la delgada tela de mi vestido, mi espalda y mis piernas, que lucían hermosas a través de la generosa abertura, cargaban el ambiente de sensualidad, que me fue imposible impedir la secreción de mis jugos vaginales.
Después de la cena, los invitados, estimulando la camaradería, invitaban a unos y otras a compartir el baile, la charla y las copas. Mario se puso de pie y se dirigió a nosotros diciendo:
—Hugo, me encantaría invitar a tu esposa a bailar y demostrarle lo buenas que suelen ser las relaciones entre los compañeros de trabajo, ¿te importa?
—Por supuesto que no, si Ana acepta, no hay inconveniente —respondió.
Sentí una corriente de placer que recorrió todo mi cuerpo cuando Mario me puso sus varoniles manos en mi espalda. Me acercó hacia él y pude percibir un delicioso aroma de loción masculina. ¡Dios mío! Estaba verdaderamente excitada. No pasó mucho tiempo cuando sentí en mi vientre su poderoso instrumento. Con movimientos suaves y delicados, moví mi cuerpo para estimular, con disimulados roces, su pene erecto. Mi respiración se aceleró cuando me dijo al oído:
—Ana, eres una diosa, querida. Me haces temblar. Hueles riquísimo, tienes una piel como pétalo de rosa. Si sigo sintiendo tus pezones erectos sobre mi pecho, no podré evitar correrme.
En ese momento, subiendo mis manos para abrazarle por su cuello, le dije:
—Querido, ya te has dado cuenta de que no llevo ropa interior, y evidentemente tú también me excitas, amor.
Luego expresé ese suave ronroneo que me sale sin querer cuando me siento ardiendo.
La música seguía y Mario empezó a besarme, delicadamente y de manera fugaz, en los lóbulos de mis orejas. Como he comentado, eso me provoca sensaciones deliciosas. No tardaron en llegar los pequeños orgasmos que, en cadena, se suceden cuando he llegado al límite de la excitación. Por supuesto que se dio cuenta cuando no pude evitar los inevitables temblores de mi cuerpo. Me atrajo hacia sí, acariciándome mi espalda desnuda y, con su voz grave, halagó mi feminidad, susurrándome palabras cargadas de un profundo erotismo:
—Tienes un cuerpo hermoso, Ana, eres sensual, te deseo, estás hecha para el amor.
Estaba en ese éxtasis cuando se acercó Lucrecia, una amiga de nuestra familia, y me dijo al oído:
—Ana, estás dando el espectáculo. Además de Hugo, tienes a todos como hipnotizados viendo cómo te abrazas con Mario. Creo que solo esperan el momento en que empiecen a follar en la pista de baile. Sé al menos un poco recatada, por favor.
Miré a los de la mesa y noté el evidente nerviosismo de mi marido. Luego me dirigí a Lucrecia y le comenté:
—No te preocupes, querida amiga, las escenas de amor no dañan a nadie.
Tomé a Mario de su mano y lo invité al pasillo del hotel, que se encuentra contiguo a los aseos. Ahí le ofrecí mis labios que temblando reclamaban ser besados. Él tiernamente me separó la tela del vestido y liberó mis pechos, y comentó:
—Dios… Tienes unas tetas delicadas, firmes y hermosísimas.
Y empezó a acariciarlas y besarlas como poseído.
En ese momento llevé mi mano a su entrepierna y le acaricié su delicioso pene, que se erguía enorme debajo de su pantalón. Sentí su temblor en cuanto le puse mi fina mano en su instrumento viril. Al ver que en ese lugar pasaban algunas personas, las cuales, sorprendidas, disimuladamente volteaban la cara, le sonreí y me dirigí al baño de los hombres.
Entré en uno de los cubículos del elegante sanitario y, sin importar que se encontraba un señor de edad avanzada en el orinal, cerré la puerta y, sin más preámbulo, le abrí el cierre del pantalón. Al mismo tiempo desabroché mi vestido y le ofrecí la visión de mi desnudez. Ante mi acción quedó boquiabierto y comentó:
—Nunca me imaginé que hoy iba a conocer a la mujer más hermosa que mis ojos han visto.
No le respondí. Así desnuda, tomé su pene entre mis manos y, lentamente, me agaché para colocar en él mis turgentes labios.
Durante algunos minutos le ofrecí al excitado Mario las suculentas mamadas que, de acuerdo con mi experiencia, enloquecen a cualquier hombre. No tardó nada en correrse en mi boca. Mi lengua, llena de su semen, distribuía sus fluidos a través de mis labios. Seguí chupando su pene hasta que su tamaño disminuyó lentamente. En esos momentos solo escuchaba los apagados sonidos graves que caracterizan a los orgasmos masculinos.
Luego me senté en el toilette, que estaba cerrado con su tapadera, me quité las medias y le ofrecí el espectáculo que se ofrecía con mis piernas abiertas. Los labios de mi sexo, como pétalos, alentaban a Mario a colocar su lengua en ellos. Divinamente, me empezó a acariciar, primero lentamente y luego con profundidad. Recorrió mi clítoris que se inflamó como una exquisita fruta y, después de nuevos orgasmos, le supliqué que me penetrara.
En esa posición sentí su enorme verga, maravillosamente recuperada, que se introducía lentamente en mi vagina:
—Dios mío —le dije—, siento un placer indescriptible al sentirme poseída por ti, ugggggggg, te amo Mario.
No me importó si había en ese momento hombres en el baño. La verdad es que no pude disimular los gritos y expresiones de inmenso placer al sentir el clímax con una serie de orgasmos que no recordaba haber sentido antes.
Todavía sintiendo las sensaciones que te quedan después de un delicioso orgasmo, me colocó sobre él y así me monté sobre el espléndido miembro erecto. Sentí como me llenaba la totalidad de mi delicada vagina. Plenamente lubricado su pene, se movía de arriba a abajo, mientras que mis enormes tetas, firmes, temblaban ofreciéndole la oportunidad de intensificar la experiencia:
—Más querido, más, fóllame duro, amor —le suplicaba.
No tardó en tomarme de la cintura y con una fuerza que en ese momento me pareció otra placentera muestra de su virilidad, me colocó en la posición de perrito y sin más me introdujo su falo, acariciándome al mismo tiempo mis redondeadas nalgas:
—Estás deliciosa, Ana, tienes unas nalgas de sueño.
No sé cuánto estuvimos follando. Una vez que nos sentimos plenamente relajados y satisfechos, nos vestimos y me dio un profundo beso. Le agradecí la maravillosa experiencia y, por supuesto, insistió en que nos volviéramos a ver.
Retornamos al salón. Mi marido me dirigió su mirada y me preguntó:
—Aquí estás amor, me estaba preguntando si alguien te había visto. ¿Te pasó algo querida?
En ese momento Mario se adelantó y le dijo a mi marido:
—Por supuesto que no, me atreví a secuestrar a tu mujer para enseñarle unos cuadros de arte moderno que exponen en el lobby del hotel. ¿Verdad que te gustaron, Ana?
Le respondí:
—Me encantaron, cada uno de ellos me pareció una profunda y exquisita expresión de pasión y sensibilidad. Me encantaría continuar ahondando en ellos. ¿No crees, Hugo, que me lo merezco?
—Claro, Ana, te lo mereces. Eres una esposa dulce y amorosa —expresó con seriedad.
Volvimos a casa. Me di cuenta de que iba sin medias, totalmente desnuda por debajo del vestido y con mi recuerdo de la exquisita experiencia de infidelidad que acababa de tener con Mario. Mi vagina guardaba los restos de su semen, el cual poco a poco se incorporaba a mis tejidos corporales y su recuerdo se hacía imborrable en mi mente.
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