Esta historia es ficción. El silencio en el pasillo G-9 tenía un peso diferente ahora. No era el silencio vacío del secreto, sino uno lleno de expectación. Elena había dejado la nota hacía tres días, una pequeña esquina doblada en una página de Orlando de Virginia Woolf. La nota era simple: «G-9. Medianoche. El mapa más antiguo es el del cuerpo».
Esperaba, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la estantería de geografía física, no excitada todavía, pero vibrando con una energía de potencial. El aire olía a polvo, a papel envejecido y a la promesa de una desconocida.
Justo cuando el reloj de la sala principal daba la duodécima campanada, oyó unos pasos. No eran los pasos vacilantes de un estudiante nervioso ni el arrastre sigiloso de un curioso. Eran pasos firmes, medidos, que conocían el terreno.
Una figura se detuvo en la entrada del pasillo, recortada por la tenue luz de emergencia. Era una mujer, cuya edad era difícil de precisar, no marcada por arrugas, sino por una autoridad tranquila que emanaba de su postura. Llevaba un abrigo de lana oscuro y, a pesar de la penumbra, Elena sintió que sus ojos la evaluaban, no como a una presa, sino como a una igual que llegaba a un acuerdo tácito.
—Así que tú eres la anfitriona —dijo la mujer. Su voz era un contralto grave, un poco áspero, como el de una fumadora empedernida. No se movió de la entrada.
Elena se puso de pie, alisándose la falda.
—Supongo.
La mujer dio un paso adelante, y luego otro, hasta que estuvo a solo un metro de distancia. Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.
—Sabía de este lugar antes de tu nota, pequeña. La gente como nosotros no encuentra estos sitios, los huele. Huelen a soledad y a posibilidad. Tu nota solo confirmó que la puerta estaba abierta.
Un escalofrío recorrió la espalda de Elena. Su sensación de control, su papel de creadora del juego, se desvaneció ante la simple certeza de aquella mujer. No era una jugadora; era la que había escrito las reglas mucho antes de que Elena supiera que el juego existía.
—No te preocupes —continuó la mujer, como si leyera su pensamiento—. No estoy aquí para quitarte tu territorio. Estoy aquí para darte una lección. Te recomiendo ser más discreta, por cierto. Tu entusiasmo es admirable, pero peligroso.
—¿Discreta? —replicó Elena, con un hilo de desafío en la voz—. Nadie viene aquí.
—Exacto. Y eso es lo que lo hace seguro —dijo la mujer, acercándose aún más. Su mano subió y rozó la mejilla de Elena con el dorso de los dedos, un toque que era a la vez posesivo y gentil—. Esto es discreto porque el lugar está en los libros. Solo los más avispados leen entre líneas, entienden las señales. El resto del mundo pasa de largo, ciego. Nadie lo nota porque no sabe lo que busca. Pero alguien más avispado que tú podría notar tu rastro.
La mano de la mujer descendió por el cuello de Elena, hasta el primer botón de su blusa. Lo desabrochó con una lentitud agonizante.
—Ahora, voy a enseñarte un mapa que no está en esta biblioteca. Voy a enseñarte el arte del placer lésbico, el verdadero. El que no tiene prisa, el que explora cada continente antes de declarar la conquista.
La otra mano de la mujer se apoyó en la cadera de Elena, atrayéndola hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso que no fue tímido ni frenético. Fue un beso de descubrimiento, sus labios moviéndose con una precisión experta, mapeando la forma de la boca de Elena, probándola, clasificándola.
Elena sintió cómo las rodillas le flaqueaban. La guió suavemente hasta apoyarla de nuevo contra la estantería, sus manos desabrochando el resto de los botones de la blusa con una facilidad que la dejó sin aliento. La blusa cayó abierta, y la mujer se arrodilló frente a ella. Sus ojos se clavaron en el pecho de Elena, no con lujuria, sino con la concentración de un artesano.
—Tu cuerpo es un texto —murmuró, y sus dedos trazaron la línea inferior del sostén de Elena—. Y yo sé leer. Déjame que te enseñe a leer el tuyo.
Con una mano, liberó un pecho, su pulgar rozando el pezón ya duro. La otra mano subió por el muslo de Elena, bajo la falda, hasta encontrar el borde de sus bragas. No las bajó de inmediato. Sus dedos se deslizaron sobre la tela, presionando con una insistencia calculada contra los labios de su coño, ya húmedos.
Elena contuvo un gemido, su cabeza cayendo hacia atrás contra los libros.
—No —susurró la mujer—. Quiero oírte. Quiero que escuches los sonidos que tu cuerpo puede hacer cuando se le enseña correctamente.
Finalmente, deslizó un dedo bajo el elástico de la tela, encontrando el calor y la humedad sin intermediarios.
—Ahora —dijo, su voz un murmullo pegajoso—, voy a encontrar tu punto G. Tú ya lo sabías, sentías que había algo más, una nota que no alcanzabas a tocar. Pero no sabías cómo.
Introdujo dos dedos dentro de la concha de Elena, con una lentitud que era casi tortuosa. Los movió, explorando, hasta que Elena sintió una presión diferente en la pared delantera de su vagina. La mujer giró la muñeca.
—Siente eso —dijo—. Esa rugosidad, esa pequeña zona abultada. No es un mito. Es una cerradura. Y esta es la llave.
Comenzó a masajear el punto con la yema de los dedos, en un ritmo constante de «ven aquí». Al mismo tiempo, su pulgar encontró el clítoris de Elena y comenzó a frotarlo en círculos sincronizados. El doble ataque fue abrumador.
Elena arqueó la espalda, un gemido profundo y gutural escapando de su garganta. Era una sensación completamente nueva, una oleada de calor que se expandía desde dentro, mucho más profunda e intensa que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
—Así es —animó la mujer, su voz baja y excitada—. Déjalo crecer. No luches contra ello. Es un orgasmo que te desmantelará pieza por pieza.
La mano libre de la mujer subió y apretó el pezón de Elena, pellizcándolo suavemente. La combinación de sensaciones fue demasiado. El orgasmo la golpeó como una ola, un espasmo que sacudió todo su cuerpo, haciéndola temblar y gritar contra los libros polvorientos. Se corrió con una fuerza que la dejó ciega y sorda, un torrente de placer que parecía no tener fin.
Cuando finalmente pudo abrir los ojos, la mujer estaba de pie frente a ella, sonriendo. Se había quitado el abrigo y la blusa, revelando un torso fuerte y unos pechos pequeños y firmes.
—Ahora —dijo, tomando la mano de Elena y llevándola a su propia entrepierna, sobre la tela de sus pantalones—, es tu turno de explorar el mapa. Enséñame lo que has aprendido.
Comenten que los leo. Escribanme a este correo: fovescritor@gmail.com
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