Esta historia es ficción. La presión en la muñeca de Elena fue una orden silenciosa. La mujer mayor no necesitaba palabras; su cuerpo hablaba el idioma de la autoridad. Con una suave tirada, guio a Elena, cuyas piernas aún temblaban por el espasmo que la había desmantelado, hacia el suelo. Elena cayó de rodillas sobre la moqueta áspera y gastada del pasillo G-9, el roce de las fibras en su piel una ancla a la realidad. Su blusa abierta le rozaba la espalda, y el aire frío de la biblioteca le erizó los pezones, uno de ellos aún expuesto y sensible. Desde esa nueva perspectiva, el torso de la mujer era una escultura de poder, sus pequeños pechos firmes y sus músculos abdominales marcados bajo la luz de emergencia. Con una lentitud deliberada, la mujer deslizó su mano libre hacia la hebilla de sus pantalones. El chasquido del metal resonó en el silencio polvoriento. Luego, el sonido sutil y definitivo de la cremallera bajando, una dentada de metal que se abría paso en la quietud. Empujó la tela de sus pantalones y el ligero encaje de su braguita hacia un lado, revelando su sexo. Estaba húmedo, los labios mayores hinchados y oscuros, brillando bajo la tenue luz como un manuscrito recién iluminado. Un aroma más profundo y salino que el de Elena ascendió, una promesa de experiencia y deseo crudo. La mujer se inclinó, su aliento caliente junto a la oreja de Elena.

—Demuéstrame lo que has aprendido —susurró, su voz ronca de fumadora era ahora un comando directo, una prueba.

Elena levantó la vista, encontrando los ojos de la mujer, oscuros y expectantes. Su propio corazón latía con fuerza, un redoble de tambor que parecía sacudir las estanterías. Se inclinó hacia adelante, con una vacilación que duró apenas un segundo. Su primera lengua fue un toque exploratorio, tímido. El sabor de ella era distinto, más complejo, una nota terrosa bajo la salinidad. El contacto envió una descarga eléctrica no solo a la mujer, que exhaló bruscamente, sino a la propia entrepierna de Elena, que comenzó a latir de nuevo con un renovado interés. Descubrir el placer en la entrega, en el acto de provocar esa reacción, era un mapa nuevo y fascinante. Animada por la respuesta, Elena se volvió más audaz. Usó la punta de su lengua para trazar el contorno de los labios, para encontrar el capullo duro del clítoris y rozarlo con movimientos circulares. La mujer entreabrió las piernas, anclando una mano en el cabello de Elena, no con fuerza, sino con una posesión que la guio. Con su otra mano, Elena introdujo un dedo, luego dos, sintiendo la calidez húmeda que la acogía, las paredes musculosas que se contraían a su llegada. Buscó esa textura rugosa que la mujer le había mostrado en su propio cuerpo, el punto que desataba el caos. Lo encontró y comenzó a masajearlo en el mismo ritmo que su lengua trabajaba el clítoris. Los gemidos de la mujer, primero contenidos, se volvieron más altos, más urgentes. Sus caderas comenzaron a moverse, a frotarse contra la cara de Elena, buscando más.

—Así... sí... así... —articuló entre jadeos.

Elena sintió el poder crecer en ella, el control de llevar a esta mujer, tan serena y dominante, al borde del abismo. Finalmente, con un grito ahogado que rompió el silencio y resonó contra los lomos de los libros de geografía física, la mujer se vino. Su cuerpo se arqueó, apretando la cabeza de Elena contra su coño, y una ola de calor recorrió los dedos de Elena mientras las contracciones del orgasmo sacudían a la mujer. Elena se quedó allí, lamiendo lentamente, saboreando el resultado de su trabajo, una sensación de triunfo y un placer vicario más profundo que cualquier cosa que hubiera experimentado. Cuando la mujer se irguió, su pecho subía y bajaba, pero su compostura ya regresaba. Tiró de Elena para que se pusiera de pie.

—Eres una aprendiz rápida —dijo, arreglándose la ropa—. Pero tu entusiasmo es peligroso. Dejas rastros. Te puedo ayudar a ser más discreta. Podemos usar esta zona como tapadera de estudio, un lugar para proyectos especiales que nadie cuestionará.

Así, la mujer se convirtió en su cómplice. Los días siguientes, transformaron el rincón. La mujer, con su conocimiento del mundo y sus contactos, proveyó lo que faltaba. Una tarde, Elena la vio colocar cajas pequeñas y elegantes entre los volúmenes. Eran condones, de texturas y sabores diferentes; algunos para hombres, otros para mujeres, y pequeños frascos de lubricante de alta gama. Elena sonrió.

—La gente que revise las estanterías no se dará cuenta.

La mujer le devolvió la sonrisa, un gesto cómplice.

—No, si sabes dónde ponerlo. Entre un tratado sobre ríos y una enciclopedia de montañas, nadie busca eso. Escondido a simple vista.

Unas semanas después, una pareja de chicas de tercer año llegó, siguiendo las pistas que solo ellas entendían. Se escondieron entre las estanterías, y sus risas y susurros pronto se convirtieron en los sonidos húmedos y familiares del deseo. Elena observaba desde la sombra, su cuerpo respondiendo al espectáculo. Se giró hacia la mujer, que estaba de pie de guardia al final del pasillo.

—Quiero entrar —le dijo en voz baja.

La mujer asintió sin apartar la vista de la entrada.

—Entra. Yo cuidaré que nadie moleste.

Elena se deslizó hacia la pareja, uniéndose a ellas en un baile de tres cuerpos bajo la luz parpadeante. Poco a poco, ese lugar olvidado de la biblioteca se convirtió en un paraíso secreto de lujuria. Invadían parejas de diferentes años, a veces lesbianas como aquella noche, otras veces, más raro, chicos homosexuales que encontraban en G-9 el único refugio para su deseo. Elena ya no estaba sola. Ya no era la única arquitecta de ese mundo secreto. Tenía a alguien con más experiencia, una aliada que ahora la ayudaba a expandirlo y protegerlo. Una noche, mientras se retiraban después de que el último visitante se hubiera ido, la mujer le pasó un brazo por los hombros a Elena.

—Has hecho bien —murmuró—. Pero esto solo es el principio. En otro momento te enseñaré más cosas.

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