Prólogo

El atardecer en el cayo no tenía crepúsculo. El sol, a esas horas, era un disco sangrante que se hundía en la línea del mar, más allá de los muelles de Miami, y desaparecía de golpe, como si las aguas lo tragaran entero. Un oscuro silencio precedía al primer rumor de las olas rompiendo en los arrecifes, y en ese intersticio entre la luz y la oscuridad, el club Xibalbá encendía sus luces.

Desde el aire, la propiedad no existía. Los helicópteros que patrullaban la costa de Miami Beach pasaban sobre ella ignorando que, bajo el dosel de palmeras y manglares, el arquitecto suizo que concibió la estructura —y cuyo silencio fue comprado con un pago en esmeraldas tras entregar las llaves— había hecho una obra maestra de mimetismo arquitectónico. Xibalbá no se escondía en la isla; se hacía pasar por parte de ella. La estructura principal consistía en bloques de hormigón pulido que imitaban la piedra caliza de los cayos de la Florida, pero reforzados con almas de acero balístico capaces de resistir un asedio. Los ventanales, inmensos y de un tono ahumado que impedía ver el interior, no eran de cristal ordinario, sino de polímero laminado de alto impacto que reflejaba el azul del mar y el verde de los manglares como un espejo oscuro.

Los centenarios manglares no habían sido talados, sino integrados; sus raíces aéreas emergían del agua salobre que rodeaba la isla, mientras las enredaderas no trepaban por los muros, brotaban de las paredes de hormigón. De noche, el cayo era un parche de nada absoluta en la negrura de la bahía. De Xibalbá no se podía salir o entrar por tierra. No había puentes ni calzadas que llegaran hasta sus puertas. El agua, tupida de mangle y traicionera por los bajos fondos, era una barrera viva e impenetrable. El acceso era sólo marítimo o aéreo: un helipuerto retráctil en la zona norte, y un muelle privado camuflado entre los cayos vecinos, conectado por un túnel submarino blindado que solo unos pocos conocían.

Xibalbá no se alzaba para ser vista; se hundía para observar. Sus tres niveles excavados en la roca coralina, cada uno retrocediendo respecto al anterior, creaban terrazas invisibles desde cualquier ángulo excepto desde el mar. Y aun desde el mar, los vidrios polarizados de triple capa reflejaban exactamente el color del Atlántico, el cielo y los manglares, haciendo que las fachadas desaparecieran en el paisaje.

Xibalbá era la materialización de un viejo axioma de poder: se podía ser un dios sin que nadie sospechara de tu existencia.

El comedor del club era una isla de opulencia asfixiada por la hostilidad del Atlántico y el fango del cayo, donde el aire acondicionado zumbaba victorioso contra la humedad sofocante del exterior. El romero quemado de la langosta al thermidor se entremezclaba con la ceniza de habano que se extinguía lentamente en el cenicero, dejando volutas de humo azul estáticas en el aire de la habitación. Presidiendo la mesa, sobre un pedestal de obsidiana que emergía de la sombra, se alzaba un busto de Grigori Rasputín. La escultura, tallada en un bronce tan oscuro que parecía absorber la luz, era lo suficientemente grande para resultar intimidante. La barba enmarañada, los ojos profundamente tallados que parecían seguir a quien se moviese en la sala, la boca torcida en una sonrisa que más parecía una mueca.

Damián Valdés, el hombre que era dueño absoluto de Xibalbá, impecable en su camisa de seda blanca, cortaba un bocado perfecto de la carne del crustáceo, el cuchillo chirriando suavemente contra la porcelana de Limoges. Su mirada, sin embargo, no estaba en el plato, sino en las páginas que ella había garabateado durante doce horas seguidas, que él tenía apoyadas junto a la copa de cristal de baccarat llena de vino blanco. Más allá del círculo de luz cálida que caía sobre la mesa de caoba procedente de la araña de cristal del techo, la escena se sumergía en penumbras teatrales.

Beatriz “Bea” Lujan, su invitada, no estaba sentada a la mesa. Estaba montada en una estructura de acero pulido y cuero negro, fría y mecánica, que se erguía como un insecto obsceno a tres metros de la mesa de Damian. Sostenía a Beatriz en una posición forzada pero no dolorosa.

Ella estaba ligeramente inclinada hacia delante, de pie, con las piernas abiertas, con sus muñecas ancladas por encima de su cabeza, los brazos y tobillos sujetos por correas acolchadas de cuero que no dejaban marcas visibles. Estaba completamente desnuda, expuesta ante el. A sus treinta y seis años, despojada de las fajas y el encaje, su cuerpo era el mapa de su vida. Sus senos, pesados y vencidos por tres lactancias, cuyos pezones oscuros y amplios apuntaban hacia el suelo de basalto, buscando un apoyo que la estructura le negaba, se mecían con un ritmo agónico, chocando entre sí con un sonido húmedo, un aplauso de piel contra piel que se perdía en la inmensidad del comedor mientras goteaban sudor en el surco del esternón , un fluido pegajoso que bajaba deslizándose por su piel morena hasta su vientre blando y tembloroso. Entre sus pechos, bailaba rítmicamente una medalla de plata de Santa Rita, al compás de cada jadeo y cada espasmo de su torso, la efigie con su hábito negro y la mancha roja de la herida en la frente se despegaba por un instante de su piel solo para volver a golpear contra su pecho con un tic metálico tenue.

El vello de sus axilas, ahora un matorral oscuro y espeso, estaba empapado. Beatriz era consciente del olor de su propio sudor, un aroma agrio que surgía de axilas sin depilar y el tufo salobre y almizclado de su coño peludo intensificado por su miedo. Damián le había prohibido el acero de las cuchillas hacía más de seis semanas, y antes de eso había perdido el acceso al jabón de baño.

Cerró los ojos y, por un segundo, regresó a su casa en Miami. Recordó a Luis, su esposo, el hombre que no podía tocarla si ella no había pasado media hora bajo el agua hirviendo y se había untado loción de neroli. Luis, que apartaba la cara si ella sudaba un poco en la noche. Luis, que pagaba sus sesiones de depilación láser para que su piel fuera un desierto de plástico. Luis, que retrocedía si ella sudaba después del sexo y que exigía perfumes de vainilla.

"Perdón, Bea, es que el olor natural me marea",le decía él, antes de tener un sexo mecánico y aséptico. El crujido eléctrico del aparato rompió sus recuerdos. No era Luis quien la penetraba ahora. Abrió los ojos.

En el centro del artefacto, un brazo mecánico ajustable, hidráulico, terminaba en un consolador de silicona del color de la piel pálida. Estaba programado, fríamente, para un ritmo y una presión calculados. No para el placer, sino para la estimulación. El juguete de polímero , grueso y estriado, se hundía en su nido de vello púbico enmarañado con un sonido obsceno, rítmico, un chapoteo espeso, de algo hundiéndose en lodo caliente, con una cadencia húmeda que llenaba los silencios entre las masticaciones de Damián.

Aquellos sonidos eran algo que ella nunca había usado en sus novelas. Algo que no sabía que existía. Algo que ni siquiera imaginaba que su cuerpo pudiera emitir.

Ella intentaba contenerlo. Mordía su labio inferior hasta hacerlo sangrar, mientras un hilo carmesí se deslizaba por su barbilla y goteaba sobre el metal. Sus músculos abdominales y los muslos vibraban en un esfuerzo titánico, desesperado, por contrarrestar las contracciones involuntarias que la máquina le arrancaba. Un gemido ahogado se le escapaba de la garganta con cada empuje preciso. Las lágrimas de sus ojos no caían de una en una, sino como un río silencioso y continuo que le lavaba las mejillas, salándose los labios. Cada jadeo suyo era un latigazo en la habitación, un contrapunto vergonzoso al sonido civilizado de la cena de Damian.

Él masticaba lentamente, saboreando. Pasó una página. Su ceja se arqueó, con un movimiento mínimo. Leyó otro párrafo. Bebió un sorbo de vino, dejando que el líquido limpiara su paladar. Sus ojos, glaciales y atentos, se alzaron hacia ella.

Beatriz estaba al borde. Lo sabía él, lo sabía ella. Su cuerpo, traicionero y saturado de adrenalina y estimulación forzada, se tensaba como un arco. La respiración se le quebró en un hipo convulso. Los dedos de sus manos, atados, se cerraron, engarfiados, agarrando la nada. Un sonido más agudo, un quejido largo y tembloroso, anunció la inminencia de la descarga. Luchó contra la máquina. Apretó los muslos velludos, intentando detener el avance del pistón. En sus pies, los dedos, esos mismos dedos que en Miami se pintaban de rojo Chanel para galas, ahora fríos y pálidos, se retorcieron violentamente en un espasmo hacia abajo,hacia el mapa estelar plasmado en el suelo basalto, como si pudieran arañar sus constelaciones. Su cabeza cayó hacia delante, el pelo sudado pegándole al rostro. Su boca se abrió en un óvalo perfecto mientras sus ojos se fijaban en el vacío. Estaba a un segundo. A un latido.Su cuerpo estaba traicionando a su mente, escalando una montaña de tensión eléctrica que amenazaba con estallar.

—Por favor... —susurró ella, con la voz rota. Sus caderas se elevaron en un espasmo involuntario. Apretó las nalgas, intentando en vano detener el avance del pistón, sus dedos se crisparon en el aire.

El clímax estaba a segundos de distancia, una liberación que necesitaba para no volverse loca en esa estructura.

Él saboreó el vino, dejando que el silencio se prolongara hasta que el jadeo de Beatriz se convirtió en un grito ahogado de inminencia. La tensión subió por sus anchas caderas. Su vientre, marcado por las estrías que ahora brillaban como ríos de plata bajo la luz, se contrajo. Justo cuando el espasmo final comenzó a sacudir sus muslos, Damian alargó el brazo con una calma exasperante. No hacia ella, sino hacia un pequeño control remoto de aluminio que reposaba junto al salero. Su pulgar se posó sobre un botón.

Y lo pulsó.

El zumbido bajo de la máquina cesó de golpe. El brazo mecánico se detuvo, se retrajo con una succión brutal saliendo de su coño, y quedó inmóvil.

El silencio que siguió fue más violento que cualquier ruido. Beatriz se sacudió en espasmos de frustración pura, Sus músculos pélvicos, bajo las capas de grasa de su vientre, se contraían rítmicamente buscando un clímax que ya no llegaría. Los gemidos se convirtieron en sollozos de impotencia, sus piernas velludas temblaban incontrolablemente

Un grito seco, de angustia cruda, le desgarró la garganta. el fluido espeso y caliente saliendo de su entrepierna chorreaba por sus nalgas, goteando rítmicamente al suelo de mármol negro. Jadeaba, ahogándose, con la visión nublada por el dolor físico de la interrupción y la humillación vertiginosa.

El coño de Beatriz, dilatado y vacío, emitió un sonido húmedo y vergonzante, una exhalación húmeda y cavernosa de aire y fluidos atrapados que restalló como un latigazo sordo, un chasquido de carne desinflándose y expulsando el exceso de líquido que resonó en todo el comedor.

Beatriz cerro los ojos con fuerza intentando negar aquel ruido, sintió cómo el calor de la vergüenza le subía por el cuello, mientras notaba cómo un hilo de fluido,claro y denso, se deslizaba por la cara interna de su muslo, perdiéndose entre el vello crecido de su pierna hasta gotear en el suelo con una cadencia pesada que el Notario acompañó con un sorbo de vino.

Damian dejó el control, limpió suavemente las comisuras de su boca con la servilleta de lino y tomó la página que había estado leyendo. Se levantó, sin prisa, y caminó los pocos pasos que los separaban.

Bajo los pies de Damián, incrustado con precisión quirúrgica en el basalto negro del suelo, un mapa estelar de filigrana de plata, Era la constelación exacta, el patrón celeste congelado sobre Tulum en la noche del 21 de diciembre de 2012.

El taconeo de sus zapatos italianos sobre el mármol opaco el sonido del goteo de la cascada salobre que fluía de Beatriz sin darle ningún alivio.

Se detuvo frente a ella,ignorando el charco viscoso que se agrandaba a sus pies. Aspiró profundamente varias veces, mientras la veía, impúdica, estremeciéndose involuntariamente, jadeando, llorando y gimiendo sin poder articular coherentemente.

Beatriz no podía levantar la cabeza del todo, pero veía sus zapatos pulidos, el doblez impecable de sus pantalones, mientras un hilillo de saliva goteaba de su boca. Un olor a colonia de cedro la envolvió.

—Este fragmento —dijo su voz, clara, didáctica, como un profesor señalando un error de ortografía—. El del encuentro en el ático de cristal. Está mal.

Ella intentó tragar, pero solo consiguió un ruido húmedo y penoso.

—Demasiado… literario. Demasiada prosa. «Él la tomó con la urgencia de una marea tormentosa, y sus cuerpos se fundieron en un suspiro de marfil». — dijo alzando la página a la altura de sus ojos. arrugó ligeramente la nariz, como si oliera algo desagradable—. Es cursi, Bea. Y falso. Lo que tú escribes es una postal. Yo te estoy pagando con la verdad.

Hizo una pausa, dejando que el peso de la palabra «pagando» resonara en el aire viciado

—Y tú me devuelves ficción barata. Yo no te traje a Xibalbá para que me escribas un cuento de hadas con látigos de seda. Quiero que escribas sobre la carne. Sobre cómo la piel se eriza por el frío y el miedo antes de que caiga el primer golpe. Sobre el olor a sudor real, a saliva y a fluidos que se quedan pegados en las sábanas. La vida no huele a limpio, Beatriz.

Con el mismo movimiento tranquilo, acercó la página a la cara de Beatriz, a su boca entreabierta, manchada de sangre y saliva.

—Borralo. — le dijo fríamente.

Beatriz intentó responder, pero de su garganta solo salieron sonidos guturales, un gruñido ininteligible de protesta que se ahogaba en la saliva que le recorría la barbilla.

Ella cerró los ojos, una oleada de lágrimas calientes brotaron de entre sus pestañas. Con un temblor incontrolable, inclinó la cabeza y, usando su propia saliva y el resto de sangre de su labio, emborronó las palabras que él había despreciado sobre el papel. La humedad deshizo la tinta, convirtiendo su prosa fracasada en una mancha azul y gris.

Damian observó el proceso con interés clínico. Cuando terminó, retiró la página ya ilegible.

—Mañana —dijo, su voz de nuevo suave, casi íntima— No quiero metáforas. Quiero la verdad, aunque te asfixie.Si no puedo oler la humedad de esa mujer en el papel, romperé la página. Y sabes perfectamente lo que le pasa en este club a quien no cumple con su parte del contrato. —Dejó caer la página manchada al suelo, donde aterrizó con un leve aleteo, junto al charco de sus propias lágrimas, sudor, fluidos y sangre—. Si lo logras, quizá… —Su mirada bajó, por un instante, al brazo mecánico inerte, y luego volvió a sus ojos— la máquina pueda terminar su ciclo. Es una simple cuestión de causa y efecto, mi musa. De estímulo y respuesta.

Él deslizó la palma de su mano por las canillas velludas de Beatriz, subiendo por sus pantorrillas y luego por sus muslos gruesos, cubiertos de pelo hirsuto, en los que la celulitis formaba hoyuelos que atrapaban la luz, hasta el matorral de sus axilas húmedas donde sus dedos largos se enredaron en el vello áspero y denso que las cubría, se detuvo allí un momento, olfateando su aroma, mientras ella jadeaba e hipaba . Luego bajó la mano hasta la entrepierna, hundiendo los dedos en el vello púbico empapado. Beatriz arqueó la espalda, en un espasmo traicionero, que no pudo controlar, empujando su entrepierna hacia los dedos de él, mientras un sollozo de vergüenza se ahogaba en su garganta. él sonrió al ver esto,no la había tocado con deseo, sino con la curiosidad de un naturalista que descubre una reacción inesperada.

Se dio la vuelta y regresó a su mesa, a su vino y su langosta que ya se enfriaba. La dejó a ella, atada, temblando, con el eco de un orgasmo negado retorciéndose en las entrañas y el sabor a sangre, sal y papel mojado en la boca.

Mientras el hilo de saliva se estiraba desde su barbilla hasta mezclarse con el charco de sus propios fluidos y tinta borrosa a sus pies, una náusea existencial la golpeó con fuerza. Beatriz Bea Luján,autora de Jardines de Sal, ganadora del Premio Azorín de Novela Romantica, se preguntó cómo su vida había culminado allí.

¿Cómo?

El mundo exterior seguía girando, pero para Bea, el tiempo se había detenido en ese goteo incesante.

Seis semanas atrás…