**Relato 2 – Unión libre**
Esta es la segunda parte de nuestra historia.
Todo lo que van a leer pasó de verdad. No hay inventos, solo la forma en que las cosas se fueron dando entre Luz y yo durante la unión libre.
Algunos momentos todavía me calientan recordarlo… otros me hacen darme cuenta de hasta dónde estaba dispuesto a empujar.
Luz era una morena de piel canela suave, cabello negro largo y brillante que le caía sobre los hombros, ojos grandes y labios carnosos. Tenía pechos firmes y redondos, cintura estrecha, caderas anchas y unas nalgas grandes, redondas y respingonas que cualquier ropa le marcaba. En esa época todavía usaba vestidos ajustados, algunos blancos con un listón rosa en la cintura, y faldas cortas. Yo era más delgado, bigote fino, cabello oscuro. Mi verga era normalita: entre trece y dieciséis centímetros, apenas pasadita de una pulgada de grosor. Nada especial.
Una de las mejores cosas de vivir juntos fue dejar de depender de los horarios de sus padres. Podíamos salir y regresar cuando quisiéramos. La mayoría de los fines de semana seguíamos visitándolos y esos días ella se quedaba conmigo en el cuarto de visita de mi abuela.
Desde los primeros meses empecé a cambiar su forma de vestir. Primero las tangas de hilo. Ella hizo cara rara, dijo que se veía demasiado, pero terminó poniéndoselas. Después los cacheteros de media nalga. Luego los brasieres de media copa; le dejé solo tres y el resto del tiempo le pedí que no usara nada debajo. Se sonrojaba cuando se le marcaban los pezones, pero no se negaba. Con el tiempo llegaron los vestidos más cortos y ajustados y un par de babydolls. Cada cambio era una pequeña pelea suave. Ella resistía un poco… y terminaba aceptando.
Por esas fechas seguíamos saliendo con Juan y Ricardo. Una noche compramos cervezas y ellos llevaron cristal. Fuimos al río. Juan insistió. Luz aceptó “un poco”. Él le acercó el foco y le dio fuego más tiempo del necesario. En segundos sus ojos brillaron y sonrió de una forma distinta.
—No mames… me siento bien despierta. Como con más energía.
Yo también probé. Desde el primer jalón sentí la misma energía… y una excitación clara, casi agresiva. La verga se me puso dura de inmediato. Cada vez que ella decía que necesitaba orinar yo la acompañaba. La primera vez, bajo la luna llena, ella se puso en cuclillas y yo le acerqué la verga a la cara. Sin decir nada la tomó en la boca. Fue una mamada más profunda y urgente de lo normal. El cristal multiplicaba todo. Pude quedarme así largo rato. El resto de la noche se repitió lo mismo detrás del carro. Nunca terminé. El deseo solo se acumulaba.
Cuando llegamos al cuarto nos amaneció cogiendo. Ella se vino tres veces. Yo aguanté hasta casi las nueve de la mañana.
Esa noche cambió algo.
Poco después empezamos a comprar el cristal nosotros mismos. Las noches en el cuarto se volvieron una rutina distinta. Fumábamos, nos acostábamos cada uno con su celular y tarde o temprano yo terminaba pidiéndole que me la chupara. Al principio se resistía.
—Ahorita ando en el Face…
Yo le pasaba el brazo por detrás de la cabeza y la guiaba hacia abajo. Ella se quejaba bajito, pero terminaba acomodándose sobre mi estómago. Le decía que no necesitaba mover la cabeza, que solo jugara con la boca mientras seguía viendo el celular. Así empezaron las sesiones largas. A veces se quedaba ahí más de una hora, a veces casi dos, dándome mamadas lentas y suaves mientras contestaba mensajes. Yo leía relatos de cornudos o veía videos del mismo tema y la sentía ahí, cálida, obediente, concentrada en la pantalla. Se volvió lo primero que le pedía cada vez que nos acostábamos. Ella se acostumbró. La posición era cómoda y podía seguir en su celular.
Una de esas noches estaba hablando por Messenger con Jaime, un conocido del rancho. No salíamos con él, pero nos lo topábamos en el fut. Ella lo conocía de más tiempo. Las pláticas eran triviales. A mí me empezó a calentar la idea de meterle otro tono. Se lo dije en voz baja mientras ella me tenía en la boca. Primero negó. Insistí con calma durante varias noches. Poco a poco dejó de esconder el celular.
Un día se nos terminó el cristal y no teníamos dinero. Se me salió decirle que le pidiera prestado a Jaime. Ella lo hizo. Él le transfirió doscientos pesos casi de inmediato. Cuando regresé con la bolsa, los vi de nuevo en el chat. Jaime había preguntado para qué ocupaba el dinero. Yo le dije que le contara la verdad.
Ella escribió:
**Luz:** Para cristal
**Jaime:** Jaja neta?
**Luz:** Sí
**Jaime:** Y eso desde cuándo?
**Luz:** Hace rato empezamos
Yo leía por encima de su hombro. Jaime empezó con preguntas sobre mí, como si solo quisiera saber del esposo. Era tramposo. Primero se centraba en mí para meterse en la conversación y después iba girando hacia ella.
**Jaime:** Y a tu marido cómo lo pone?
**Luz:** Bien despierto también
**Jaime:** Se pone más caliente o qué?
**Luz:** Sí
**Jaime:** Cómo de caliente? Se pone bien duro o qué?
Luz me miró. Yo le susurré:
—Dile que sí, que se me pone bien dura y que no se me baja fácil.
Ella escribió exactamente eso. Sentí cómo me latía dentro de su boca.
Las preguntas siguieron. Al principio seguían disfrazadas de curiosidad sobre mí, pero traían una humillación leve, casi jugando:
**Jaime:** Y aguanta mucho o se viene rápido?
**Jaime:** O sea que con eso se pone más tiempo encima de ti o qué?
**Jaime:** Y te gusta cómo se pone o a veces es demasiado?
Cada vez que Luz dudaba yo le decía qué contestar. Poco a poco las preguntas fueron cambiando de objetivo. Ya no preguntaba tanto por mí. Empezó a preguntar por ella.
**Jaime:** Y a ti cómo te pone?
**Luz:** También me despierta
**Jaime:** Te mojas más o qué?
**Luz:** Sí
**Jaime:** Bastante?
**Luz:** Sí…
Yo le apretaba suavemente la nuca para que no dejara de chuparme mientras contestaba. La conversación se alargó más de una hora. Jaime empezó a pedir detalles de cómo era ella en la cama. Usaba trampas pequeñas: preguntaba algo, ella contestaba, y después usaba esa respuesta para obligarla a decir más si no quería contradecirse.
**Jaime:** Entonces te gusta que te hablen rico o no?
**Luz:** A veces
**Jaime:** Y tu marido te habla rico?
**Luz:** Sí
**Jaime:** Qué te dice?
**Luz:** Cosas…
**Jaime:** Qué cosas? O no se puede decir?
Luz me miraba cada vez que la pregunta se ponía más pesada. Yo siempre le hacía un gesto de que sí, que contestara. Poco a poco le fue contando cómo me gustaba pedirle cosas, cómo le cambiaba la ropa, cómo le pedía que no usara brasier. Jaime se enganchó con el tema de la ropa.
**Jaime:** Entonces anda sin brasier ahorita?
**Luz:** Sí
**Jaime:** Y abajo?
**Luz:** Tanga
**Jaime:** De esas chiquitas?
**Luz:** Sí
Después le pidió fotos de las tangas puestas. Ella se negó varias veces. Él insistió con el truco:
**Jaime:** Entonces no me vas a mandar… está bien. ¿Quieres que te mande yo las mías?
Ella dudó. Yo le dije que aceptara. Minutos después llegaron las primeras fotos de Jaime: desde el abdomen hasta la mitad de los muslos, usando un boxer oscuro y pegado. El bulto se marcaba claro, grueso, largo. Se notaba que era bastante más grande que yo.
Esas fotos las usé durante varios días. Mientras la cogía le mostraba el celular y le hablaba al oído:
—Míralo… se nota que es casi el doble que la mía.
—La mía es normalita, trece, catorce centímetros… esa se ve de otro tamaño.
—¿Se te antoja tocarla? ¿Se te antoja sentirla?
Ella no contestaba con palabras, pero el cuerpo sí. Se venía más fuerte, más temblorosa, apretándome con las piernas. Los orgasmos de esos días fueron de los más intensos que le había visto hasta entonces.
Una noche, mientras me la chupaba otra vez y contestaba mensajes, la plática con Jaime se centró completamente en mi verga. Fue una conversación larga. Él preguntaba medidas, grosor, cómo se la metía, si le dolía al principio, si yo me creía mucho o no. Luz, ya más suelta, le fue contestando con sinceridad. Yo la escuchaba y me calentaba más. Al final de esa plática Jaime ofreció mandar otro pack.
Esta vez eran sin ropa. Abdomen, cadera, verga apuntando hacia arriba, gruesa, la cabeza hinchada y morada. En algunas se jalaba la piel hacia abajo para mostrar la cabeza completa. En otras la tomaba con los dedos y la sacudía un poco. Y un video de unos quince segundos donde se la jalaba despacio, de arriba abajo, con la mano entera.
Esas fotos y el video también los metí a nuestras noches. Se los mostraba mientras la penetraba y le hablaba al oído, comparando, preguntándole si se le antojaba, si quería sentir algo así de grueso. Ella cerraba los ojos, gemía más fuerte y se venía apretándome como si quisiera que me quedara adentro para siempre.
La plática con Jaime se volvió constante. Ya no solo pasaba cuando estábamos en la cama. A veces yo le pedía el celular solo para leer. Ella se molestaba, pero terminaba dándomelo. La resistencia seguía ahí… pero cada vez era más corta. Y yo, en lugar de frenar, solo quería seguir empujando.
Esa fue la época en la que todo empezó a torcerse de verdad, aunque en ese momento yo lo vivía como si solo estuviera jugando. Cada noche que Luz se acomodaba sobre mi estómago a chupármela mientras contestaba mensajes, yo sentía que ganaba un poco más de terreno. Cada foto que le mostraba de Jaime, cada comparación que le susurraba al oído, cada orgasmo más fuerte que ella tenía, me confirmaba que iba por buen camino.
Todavía no sabía hasta dónde iba a llegar.
Solo sabía que ya no quería frenar.
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Esa fue la época en la que todo empezó a torcerse de verdad.
Todavía no sabíamos lo que venía después… pero yo ya no quería frenar.
En el siguiente relato les cuento lo que pasó cuando las cosas se pusieron todavía más pesadas, ya cerca de la boda.
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