Cris ha tardado menos que su hermana Valeria en encontrarse a sí misma.
Carmen me guiña el ojo. Mi hija Aura está durmiendo sobre su brazo, en la cama de matrimonio. Pegada a ellas, en la cuna, Raúl también durmiendo plácidamente.
Le devuelvo el guiño y salgo. Llevo ya el móvil en la mano, agarrado al soporte y con la grabación encendida, para que el movimiento sea sencillo, y espero que mi cuñada esté suficientemente nerviosa (o a estas alturas más cachonda, quién sabe) como para no notarlo. Desde la mesilla, la inclinación del soporte debería permitir que todo se grabe correctamente.
Es prácticamente verano, así que imagino que no le habrá costado mucho trabajo obedecerme y dormir desnuda. Camino por el pasillo, descalzo, con el mármol frío bajo los pies.
Mi polla ya tira contra el bóxer, dura y lista. Anoche también fui a la habitación de Cris. Y hace tres noches. Pero hoy voy a probar sus límites. Espero aguantar y meterle una follada de boca bien extrema.
Empujo la puerta de su habitación con cuidado, despacio, para que la madera no cruja.
Y ahí está, obediente. Desnuda, dándome la mejor vista que puede. La luz de la luna se cuela por las rendijas entre las cortinas, un resplandor tenue que ilumina la cama y el cuerpo desnudo de Cristina. Está de lado, en el borde, con la cabeza descansando en la almohada y el brazo, su melena clara desparramada. Sus tetas, grandes y pesadas, se aplastan una contra la otra, y su rodilla izquierda sobresale un poco