Si algo le debo a mí tío Alfredo, es el poder tener hoy día un trabajo estable que me paga las facturas y del que nunca me faltará, porque todo el mundo, en algún momento, necesita de alguien que le pinte las paredes de sus casas, o de sus establecimientos. Este era el caso: una mujer apunto de abrir una frutería necesitaba de unos pintores que le pusieran el interior bien guapo y elegante para el momento de la apertura. Y, como no podía con todo yo solo, le pedí ayuda a mi mentor, y es quién estáis pensando: mi tío Alfredo.

Ya llevábamos un par de semanas en el tema y, la verdad es que era muy divertido poder trabajar de nuevo, codo con codo, con Alfredo. Él era un hombre de chistes fáciles y divertidos y siempre nos sacaba, a todo el mundo, una gran carcajada con todo su repertorio. Incluso los malos sonaban mejor si te los contaba Alfredo. Hasta la mujer frutera reía a mandíbula batiente cada vez que mi tío abría la boca. Por si fuera poco, se lo comía con la mirada y se notaba que la tipa se excitaba, no solo conmigo, sino, sobre todo con mi tío.

Y no me extrañaba nada, era un hombre cincuentón de muy buen ver, atractivo y con clase. A ambos nos quedaba el peto de trabajo como anillo al dedo, así he logrado mis escarceos sexuales. Nos ven darle al rodillo, manchados de pintura y, hala, todos cachondos perdidos.

Como cachondos estábamos mi tío y yo ante la belleza de la frutera. Una mujer de unos treinta años, teñida de rubio, buenas tetas y culo respingón. ¿Qué hombre no se excitaría ante tal mujer?

Al comienzo de la tercera semana fue cuando pasó. Estábamos los tres, ella viendo a los hombres trabajar. Y se le notaba como quería nuestras pollas, sobre todo la de Alfredo; parecía que le gustaban mayores. Yo era también mayor que ella, pero claro, tampoco mucho más. Aún así, la frutera también me comía con los ojos deseando nuestro sexo. Y, teniendo la experiencia que tenía ante estos temas, aproveché cuando mi tío salió a buscar más pintura para embaucar a la jovencita.

—Si quieres me quito la ropa y ya me tienes desnudo de verdad, sin hacer falta tu imaginación, preciosa.

La frutera no sabía donde meterse de la vergüenza.

Le sonreí con lujuria y ella hizo otro tanto, algo nerviosa.

—Venga, nene, quieres que te follemos.

Y le di una palmada en su trasero.

—Quitate la parte de arriba —susurró.

Le hice caso y se deleitó acariciando mi torso, relamiéndose y mordiéndose el labio. Le quité la blusa y no opuso resistencia alguna cuando también me llevé a mi boca sus pezones grandes. Los pellizcaba, los mordía, los lamía, los succionaba. Ella estaba en la gloria y me tocaba la polla dura después de tirarme el peto al suelo y de sacarla de los calzoncillos. Sus manos eran suaves y me gustaba su tacto en mí sexo.

Paramos cuando sentimos un estrepitoso ruido, y es que Alfredo nos había visto y había dejado caer las latas de pintura que llevaba en las manos. Aunque sorprendió y horrorizado a la vez, se le comenzó a notar la erección en sus pantalones.

—Ven —le dije.

Le costó pero, al final, comenzó a venir hacia nosotros, que no cenamos nuestros tocamientos.

—Pero qué coño... —soltó sin poder creer lo que veía.

—Tío... —le recriminé para que entendiera.

Y es que Alfredo me había explicado sus escarceos sexuales en su trabajo. Así que ahora no podía venir a recriminarme nada a mí por hacer lo mismo.

—¿Pero y tu chica? —quiso saber.

—¿Y tu mujer? —le reproché.

Ante aquello no pudo hacer más que callar.

La frutera lo cogió por una muñeca, tiró de él hacia nosotros y, cuando lo tuvo a tiro, lo besó. Un beso apasionado, lujurioso, sexual. Aquello acabó con los nervios del hombre y también se descamisó.

—Que buenos estáis los dos —setenció la frutera.

—Tú también estás muy buena, princesa —correspondió mi tío.

—Ya te digo —argullé.

Ambos, mano a mano, le fuimos quitando lo que le quedaba de ropa (mi tío se guardó la braga después de olerla) y le hicimos una buena masturbación a su coño caliente, manchando nuestras manos de su líquido de trasurado. De igual forma, los dos nos limpiamos el líquido con nuestras bocas. Ella observaba como saboreabamos su sexo desde nuestras manos sin dejar de manosear nuestras pollas duras. Alfredo también se desnudó por completo, se arrodilló y le comió todo el chocho a la frutera. Para que tuviese donde apoyarse, me puse a su espalda y la tenía cogida jugando con sus pechos. Al cabo de un rato, se corrió y me tocó a mí darle placer con mi boca. Me arrodillé, amodorré mi mandíbula en su vagina y chupé, mordí, succioné, lamí, introduje mi lengua en su agujero caliente. Y la chica volvió a eyacular y yo tragué todo lo que me ofrecía.

Entonces nos tocó a los hombres disfrutar del placer. La frutera de puso de rodillas y comenzó por la Alfredo. La chupó de arriba a abajo un par de veces, y luego lo hizo conmigo. Dios, que boquita tan rica. Mi tío y yo nos miramos y sonreímos orgullosos de estar haciendo aquello con la frutera. Ella se deleitaba con nuestros miembros, primero uno, luego el otro, y lo disfrutamos.

Hasta que Alfredo se cansó y la obligó a ponerse sobre lo que sería el mostrador, echada bocabajo. Sus pies colgaban sin llegar a tocar el suelo y nos ofrecía una bonita estampa de su redondo y respingón culo. Ambos lo aporreamos hasta dejarlo rojo. Sabiendo quién era realmente el favorito de la frutera, di la vuelta al mostrador hasta ponerme frente a la chica. Alfredo volvió a pegar su mandíbula en la vagina y yo me deleité follando la boca de la joven, la cual profirió un ahogado gruñido sobre mi polla cuando Alfredo la penetró sin cariño alguno. Hasta comenzó a mover la pelvis de manera que, el mostrador sin montar, se iba a ir a pique en cualquier momento. Se la follaba a base de bien y la frutera estaba encantada con nuestras brochas.

Alfredo paró, pero no para darme paso a mí, sino para perforarle el ano con la misma poca delicadeza que antes. La frutera tuvo que escupir mi polla de su boca para poder quedarse agusto profiriendo un gran grito de dolor y placer. El cincuentón que le gustaba le estaba desgarrando el culo.

Llegó un momento en que mi tío se cansó y quiso cambiar. Cuando nos cruzamos, nos chocamos las manos y la frutera comenzó a reír por nuestra osadía. Tío y sobrino follándose a una clienta. Alfredo se puso frente a ella y la penetró con sus costumbres brutas por la boca. Hice otro tanto y le follé el coño con las mismas vibras. De alguna parte tendría que venirme el ser un gorila en la cama. La frutera gemía ahogadamente ante nuestras embestidas. No paré hasta que se corrió y cambié al ano que mi tío había dilatado bruscamente antes. Y también fui otro gorila brusco con la chica.

Alfredo fue el primero en llegar al clímax y, sin salir de su boca, eyaculó gruñendo con espasmos. Mientras yo seguía, la joven le daba besitos a la punta de la polla de mi tío, quién ya estaba volviendo a respirar de forma normal. Entonces no pude más, la saqué del ano y, ayudándome con mi mano, eché el chorro sobre las nalgas y la espalda de la mujer.

—Joder, el tiempo que hacía que no me lo pasaba tan bien en el trabajo.

—Pues es mi pan de cada día, tío Alfredo.

Y los tres comenzamos a reír ante la diversión que acababamos de disfrutar, yo todavía con la polla algo dura.