— Los hijos de Carmen tienen preferencia, Javier. Eso lo entiendes, ¿no?

— No tengo que “entenderlo”, Antonio, coño. Mi mujer es Carmen.

— Ya… pero luego la sangre te pega tirones, y ni siquiera haciendo esto bien vamos a cerrar todos los frentes. Quedan ellos dos todavía, que lo que les va a caer cuando tengan conocimiento es recio. Que por lo menos que tengan la famila tranquila. Tú intenta acordarte cuando te veas flojo con los demás.

Me quedé pensando, perdiendo la vista en las arrugas profundas de mi suegro mientras él, como de costumbre, pagaba los bocadillos y las cervezas sin mirar a la cartera, al billete en sí ni a la barra. Odio que piense que me tomó sus palabras a la ligera; además, a menudo me cuesta un tiempo entender la profundidad de sus frases, cortas y taxativas.

Hace treinta años me hubiese parecido un animal con ojos, un viejo imbécil que repite como un loro dogmas de fé heredados. Hace veinte, un simplón con suerte. Hace apenas diez años aún me hubiese resultado, probablemente, exagerado y poco sofisticado. Un abusón de la estadística. Pero eso era porque hace una década aún me faltaban un par de palos para empezar siquiera a entenderle.

Creo que fue, por primera vez, en la barra de ese bar, viendo esos movimientos automatizados y eficientes, cuando supe que iba a ser mi último mentor. Vién