El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios lejanos, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas que se filtraban suavemente por las cortinas entreabiertas. El aire entraba fresco y tranquilo, trayendo consigo esa calma que solo llega cuando el día se va apagando poco a poco. La casa estaba en silencio, un silencio que parecía esperar algo, como si el mismo aire supiera que algo estaba a punto de cambiar para siempre.
Estaba completamente solo en la casa, o al menos eso creí yo cuando me levanté. Me desperté con algo de resequedad en la boca, pues había tomado muy poca agua por la noche antes de dormir, tras una noche pesada que habíamos tenido, principalmente por una discusión que tuvieron mi papá y mi mamá. Y por unos segundos me quedé pensativo mirando fijamente al techo de mi habitación, pensando… ¿Por qué mi papá no valoraba como se debe a mi madre? Si yo tuviera una mujer como mi madre en mi vida, sería el hombre más feliz del mundo… Pensé…
Y ella, en su propia habitación, tampoco podía dormir. Daba vueltas en la cama, sintiendo aún el peso de las palabras dichas con enojo, la indiferencia que siempre la había acompañado al lado de aquel hombre que, compartiendo su misma edad, sus mismos años, sus mismas canas y su mismo desgaste de vida, parecía haber olvidado por completo cómo mirarla, cómo cuidarla, cómo amarla.
Tu papá… pensaba ella… él y yo nacimos casi al mismo tiempo, vivimos casi lo mismo, y sin embargo él me ve cada día como si yo fuera algo que ya no brilla, algo que ya no merece ser admirado. Él se ha vuelto pesado, rutinario, me ha tratado como si yo fuera parte de los muebles de esta casa, sin notar que por dentro sigo viva, sigo sintiendo, sigo esperando… esperando algo que él ya no sabe darme. Y entonces me vengo a ti, a mi hijo, con esa juventud que él ya perdió, con esa mirada que él ya no tiene, con ese fuego que él apagó hace años sin siquiera notarlo. Tú eres joven, lleno de vida, lleno de fuerza… y el hecho de que me mires a mí, a esta mujer que ya tiene sus años, que ya ha vivido tanto… que me desees con esa intensidad que solo tienes tú… me hace sentir, por primera vez en décadas, viva. Me hace sentir hermosa, deseada, importante. Tu papá me ha tratado tanto tiempo como si yo fuera algo viejo y gastado… y tú,
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