Mi mujer y yo bajamos por las escaleras de "Oye Chico", nos encaminamos hacia la salida donde nos esperaban Sergio y Mauricio. Seguimos por la avenida los cuatro, bajamos por una callejuela y ahí estaba el auto de ambos. Sergio me para y me dice: "¿Podés manejar vos? Nosotros vamos atrás con tu mujercita", mientras sonreía perversamente.

Entra Mauricio primero, se corre hacia la ventana opuesta, entra mi mujer, se corre al medio dejando su vestido bastante subido, donde hasta se le podía ver su tanga verde agua. Sergio fue el último en subir.

Arranqué, viajé luego de poner el GPS del celular de Sergio y atrás empezaba el show.

Mientras manejaba, mi atención se desviaba constantemente hacia los movimientos en el asiento trasero. Sergio fue el primero en agarrar de la nuca a mi mujer suavemente, la atrajo hacia él y empezaron a besarse apasionadamente. Mauricio aprovechó esto para abrir sus piernas y empezar suavemente su roce sobre la vulva de Alejandra, que abría más las piernas y cada tanto se dejaba de besar a Sergio solo para largar un gemido. Sergio bajó hasta su cuello, ella se hizo hacia atrás para que él pudiera hacerlo mejor, sus manos empezaron a acariciar sus senos.

Yo manejaba como podía tratando de no perderme ningún detalle. Algunos pocos autos nos pasaban, pero ya a nadie le importaba si se daban cuenta de lo que sucedía ahí adentro.

La respiración de mi esposa se aceleró. Mauricio corrió su tanga, que ya a esta altura estaba empapada entera, ya que los jugos vaginales de Alejandra habían traspasado su fina tela. Deslizó un dedo bajo su tanga, sintiendo la viscosidad de ese néctar. Con facilidad entró un dedo, luego dos, moviéndolos mientras ella gemía. Sus caderas iban al ritmo de sus dedos. Sergio, de pronto, dejó sus pechos en paz y también fue hacia su almeja, que ya a esta altura perfumaba todo el auto.

Ambos metieron sus dedos en la conchita de mi mujer, que lentamente se abría a los antojos de sus vaivenes.

La penetraban con sus manos mientras se turnaban para comerle la boca cada tanto.

Al fin llegamos a la cabaña. Entré por un pasillo angosto lleno de arbustos y al final se encontraba la cochera al lado de una cabaña de dos aguas con vista al Lago San Roque.

Bajamos todos. Mi mujer se emprolijó como pudo, con su vestido subido, sus pechos afuera y su tanga corrida totalmente.

Mauricio puso música como si estuviera todo orquestado. Sergio la agarró de la cintura, la llevó al medio del living y se pusieron a bailar una bachata.

Él estaba enloquecido comiéndole la boca, agarrándola de la cintura, haciéndole sentir su gruesa verga.

Al llegar a la cabaña, la atmósfera era pesada con mucho deseo. Sergio, con una sonrisa pícara, comenzó a bailar bachata con mi esposa. La música sensual llenaba el aire mientras sus cuerpos se movían al ritmo. Sergio, con una mano en su cintura, la atrajo hacia él, sus caderas chocaban mientras la otra mano se deslizaba por su muslo y, levantando su vestido, revelaba su tanga perdida entre sus nalgas. Con un movimiento lento le fue sacando la tanga, se la pasó por su nariz, le dijo algo al oído y ella se sonrió. Luego me la tiró a mí y me dijo: "Esto sí es olor a mujer, ¡va! ¡Qué mujer, qué hembra!".

Olí desesperado su tanga. Estaba viscosa y con ese olor que tanto me volvía loco.

Observaba, fascinado y excitado, cómo Sergio y mi esposa continuaban bailando, sus cuerpos pegados mientras él la besaba profundamente, su lengua invadiendo su boca. Las manos de Sergio no podían mantenerse quietas, explorando cada centímetro de su cuerpo mientras ella gemía suavemente y sus líquidos corrían por sus piernas.

Mauricio, incapaz de resistirse, se unió a ellos. Juntos, la despojaron de su vestido, dejándola totalmente expuesta y vulnerable. Ellos también se despojaron de sus ropas. Mi mujer no evitó relojear para ver lo grande y gruesa que tenía la verga Sergio. Le agarraron ambas manos para que ella tocara las vergas de ambos y se la llevaron a la habitación. Yo, desde el comedor, podía escuchar sus gemidos, sus besos húmedos y cada sonido de carne golpeando contra carne.

Me asomé y lo que vi me dejó sin aliento. Uno de ellos, Sergio, tenía su cabeza enterrada entre sus piernas, su lengua lamiendo y chupando su concha, mientras el otro, Mauricio, besaba sus tetas, succionando y mordiendo sus pezones. Mi esposa, con los ojos cerrados y la boca abierta, se entregaba por completo a su placer, sus gemidos cada vez más fuertes.

Decidí unirme también, sentándome en un sillón de la habitación. Los observé mientras Sergio se preparaba para ser el primero en poseerla. La abrió de piernas y le clavó su enorme pija rápidamente y empezó a darle un ritmo frenético. Mauricio solo atinaba a pajearse y ver el espectáculo, lo mismo que yo. Después de un rato así, le dijo: "Vení, sentate vos que quiero que vea tu marido cómo te la clavás toda".

Yo sabía perfectamente que esa era su posición favorita y que desde el primer día en que la vi fantaseé con verla así. Ella enloquecida subía y bajaba por todo el tronco de la verga de Sergio, los líquidos chorreaban y hacían un ruido delicioso hasta correr y perderse por los huevos de Sergio. Ella soltó un gemido y luego Sergio otro, gritando: "¡Mirá cómo se acaba tu mujer, qué hermosa puta que tenés!".

Luego fue el turno de Mauricio. La colocó en cuatro y se la cogió así mientras le mandaba uno, dos y hasta tres dedos por la cola, diciéndole: "Ya te voy a ir preparando". Una vez listo Mauricio, Sergio volvió a sentarse. Mauricio la agarró de los pelos, la sentó arriba de él y ella volvió a cabalgarle, mientras Mauricio se posicionaba atrás y le introducía toda su verga por el culo. Mi sueño era una realidad: verla a mi mujer gozando de dos vergas, de las cuales una era descomunal. Ambos entraban y salían de ella, sus movimientos sincronizados, mientras ella gritaba de placer, su voz un eco en la habitación.

Primero acabó Sergio cuando mi mujer le acabó a él y le apretó su pija. Él no aguantó más, quedó un rato quieto mientras Mauricio le daba fuerte por el orto hasta que en un gemido le soltó toda su leche. Quedaron un instante en silencio y quietos. Cuando se salieron, sus vergas emanaban chorros de leche del interior de mi esposa. Ella quedó exhausta, tirada en la cama, su cuerpo cubierto de sudor y leche que brotaba a borbotones de sus agujeros, llenando las sábanas de esa mezcla de fluidos de los tres.

Sergio y Mauricio se unieron a mí, y yo, excitado más allá de lo imaginable, decidí tomar mi turno. La agarré por la concha, aún llena de la leche de ellos, y la penetré con fuerza, dándole toda mi leche en cada embestida.

Ella quedó dormida, y nosotros nos fuimos a tomar, dejando atrás una escena que nunca olvidaré. Ellos me miraron, con una sonrisa pícara en sus rostros, y me dijeron: "Espero que entiendas que ahora tu mujer va a ser nuestra puta". El clima era tenso. Yo sabía que esto solo era el comienzo de una tercera parte aún más intensa.

Caronte...