Los días siguientes Walter me trató muy bonito, con amor. Los besos y abrazos eran continuos a pesar del dolor que tenía, pues hasta ir al baño era doloroso. Las mamadas eran continuas. Le dije que el viernes en la noche lo haríamos; por eso me invitó a ir a la discoteca. Acepté y salimos bien cambiados. Esa noche se encontró con su amigo de infancia, Jamil, a quien me presentó. Mientras tomábamos y bailábamos, le confesó que era su pareja sexual, mirándome con otros ojos porque yo trataba de sacar culo para enamorarlo.

Walter me besaba a pesar de que había gente, y unos jóvenes de al lado se burlaron de nosotros. Walter tenía ganas de enfrentarlos, pero yo le pedía que no lo hiciera, pues podía pasar muchas cosas peligrosas. Todo era una confusión para mí, así que le pedí a Walter que fuéramos a otra discoteca. Le dije que iba al baño y luego iríamos. Estábamos ebrios los tres. Cuando regresé vi a la policía y a Walter y a otros que se los llevaban al patrullero. No sabía qué hacer. Jamil me dijo que iríamos a la policía. Nos dijeron que si no tenía antecedentes lo dejarían libre, pero que teníamos que ir a descansar. Tomamos un taxi y fuimos a casa.

Me desnudé, aún ebrio, y me duché. Jamil hizo lo mismo. Vi que su pinga era un poco más chica que la de Walter y me provocó. Le dije que quería cachar con él y le pedí que viniera a mi cama. Me siguió. Me abalancé sobre él mamándole la pinga con pasión, lo que le provocaba una gran excitación. Me dio la vuelta y me cachó tan rico esa noche que disfruté de su linda pinga; la sentí súper rica y adaptada a mi culo. Esa noche cachamos tanto que eyaculó varias veces dentro de mi culo, hasta el amanecer. Me acuerdo de que me enamoré de él y juramos que cacharíamos los dos, que sería nuestro secreto de amor, que lo haríamos a escondidas y que Walter no debía saber nada. Luego me dio la dirección de su casa para visitarlo, pues vivía solo.

Después nos bañamos y nos vestimos con la misma ropa de la fiesta para que Walter, cuando llegara, no sospechara. Él durmió en la sala y yo en mi cama, en el cuarto. Al final nos dormimos. No sentí la hora en que llegó Walter a casa; había sido liberado. Llegó muy arrecho a cacharme. Me desnudó, llenó de saliva mi ano y metió su pingasa dentro de mi culo, lo que me hizo gritar. Me tapaba la boca con sus manos gruesas y me presionaba contra la cama; sentí toda su gran pinga adentro y cómo sus grandes bolas tocaban mi culo adolorido. Me susurró al oído: «Aguanta, mi amor, que todo es tuyo; tú eres mi mujer». De mis ojos brotaban las lágrimas por el gran dolor que sentía. Empezó a moverse poco a poco y luego más fuerte, hasta que de un momento a otro eyaculó y sentí brotar su leche espesa dentro de mi culo. Estaba arrecho. Me dio la vuelta, levantó mis piernas y me lo metió de nuevo mientras me besaba los labios con pasión. Sentí que ya me había adaptado a su pinga; parte de la leche salía por entre mi ano. Hasta que eyaculó de nuevo y sentí su pinga flácida salir con fuerza. Se echó a un costado y me contó que estuvo arrecho porque un detenido era gay y cachó con el policía frente a él para que lo liberaran.

Luego subí sobre él, lo mamé de nuevo, metí su pinga dentro de mi culo y cabalgué sobre él hasta que eyaculó otra vez. Nos besamos y dormimos hasta más tarde. Su amigo avisó que se retiraba y se despidió. Me di cuenta, pero me hice el dormido.

Tenía el culo súper abierto, feliz pero adolorido; no me importó.