Esa misma noche volvieron a casa.
Mi padre ya se había acostado. La casa estaba en silencio cuando abrí la puerta trasera y los dejé entrar. Subimos directo a mi cuarto. Apenas cerré la puerta con llave, las manos grandes me empujaron contra la pared. Me desvistieron con violencia controlada: el top salió de un tirón, los jeans bajaron hasta los tobillos y me los quité a patadas. Quedé desnuda entre los tres cuerpos negros y musculosos.
—Hoy no hay besitos —dijo el más alto, la voz grave—. Hoy te vamos a romper.
Me levantaron y me tiraron sobre la cama. El colchón crujió bajo el peso. Uno se subió primero, se acomodó entre mis piernas y sin más preámbulos empujó su verga de 38 centímetros hasta el fondo. El grueso tronco me abrió de golpe. Grité. Él no esperó a que me acostumbrara. Empezó a embestirme con fuerza, profunda, brutal. Cada embestida hacía que la cama golpeara contra la pared.
Los otros dos no se quedaron mirando. Uno se arrodilló junto a mi cabeza y me llenó la boca. El tercero me tomó una mano y me la puso sobre su verga, obligándome a masturbarlo mientras me follaban. El ritmo era salvaje. El que estaba dentro de mí me agarraba las caderas con fuerza, levantándome para penetrarme todavía más profundo. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto. La cama crujía cada vez más fuerte.
Me giraron. Me pusieron a cuatro patas. El mismo hombre me penetró desde atrás, más duro todavía. Sus manos me apretaban el culo, abriéndome las nalgas para ver cómo su verga negra desaparecía dentro de mí. El segundo se puso delante y me folló la boca al mismo tiempo. El tercero se quedó a un lado, esperando su turno, acariciándose.
Las embestidas se volvieron más violentas. El hombre de atrás gruñía, sudaba, y cada empujón hacía que el marco de la cama chirriara. De pronto un crujido seco se escuchó bajo nosotros. Una de las tablas del somier se había resquebrajado. Él no se detuvo. Al contrario: aumentó la fuerza. Otra embestida. Otro crujido. La cama empezó a inclinarse de un lado.
—Se está rompiendo —jadeé alrededor de la verga que me llenaba la boca.
—Que se rompa —contestó él, y me dio un nalgazo seco mientras seguía follándome sin piedad.
MIENTRAS GRITABA
Me cambiaron otra vez. Me pusieron de espaldas, con las piernas abiertas hacia el techo. El segundo hombre entró en mí. Su verga era igual de gruesa y larga. Empezó a martillarme con embestidas cortas y potentes que hacían rebotar todo mi cuerpo. El primero se puso a un lado y me metió los dedos en la boca para que los chupara. El tercero se arrodilló y me frotó la verga contra la cara, dejándome el pre-semen brillante en los labios.
El marco de la cama ya no aguantaba. Cada embestida producía un sonido de madera que se partía. De repente, con un estruendo seco, una de las tablas centrales se quebró por completo. La cama se hundió en el medio. Ellos ni se inmutaron. Me follaron sobre los restos del somier, el colchón ahora irregular bajo mi espalda. El hombre que me penetraba se apoyó con las manos a ambos lados de mi cabeza y me embistió con toda su fuerza, haciendo que mi cuerpo se moviera hacia arriba con cada golpe.
Me levantaron. Me pusieron de pie al borde de la cama rota. Uno se sentó en el borde hundido y me bajó sobre su verga. Me empalé hasta el fondo. El segundo se puso detrás y, sin esperar, empujó la cabeza de su verga contra mi culo. Estaba tan mojada y abierta por la follada anterior que, con saliva y semen, logró entrar. Los dos dentro de mí al mismo tiempo. El tercero me tomó la cabeza y me llenó la boca otra vez.
Me follaron así: una verga en el coño, otra en el culo, la tercera en la boca. El ritmo era despiadado. Me empujaban desde todas direcciones. Mi cuerpo era solo un instrumento que ellos usaban. La cama seguía crujiendo y rompiéndose bajo el peso de los tres. Otra tabla saltó. El marco se inclinó peligrosamente. Ellos ni se detuvieron. Me follaron hasta que el somier quedó completamente destruido, tablas rotas esparcidas bajo el colchón.
El primero se corrió dentro de mi coño con un gruñido animal, llenándome a chorros. El segundo se vació en mi culo segundos después. El tercero me sacó de la boca, se masturbó rápido frente a mi cara y se corrió sobre mis labios, mis pechos y el cuello. Quedé temblando, cubierta de semen, el cuerpo marcado por las manos y los nalgazos, arrodillada sobre los restos de mi propia cama.
Ellos se quedaron de pie, respirando pesado, mirando el desastre que habían dejado: la cama hecha trizas y yo, 18 años, destruida en el centro de todo.
Uno de ellos se inclinó, me tomó del mentón y me obligó a mirarlo.
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