Después de clases, el sol de la tarde aún calentaba la calle cuando decidí invitar a mis tres amigos a casa. Los conocía de hace tiempo: hombres grandes, de 37 años, negros, musculados, con dreadlocks que caían sobre hombros anchos y pechos marcados.

Yo tenía 18 años; los cumplí una semana antes. Subimos juntos en el coche de uno de ellos; el ambiente ya era denso, risas bajas, miradas que se quedaban demasiado tiempo en mis pechos y en el modo en que mis jeans se pegaban a las caderas.

Me llevaron a mi casa, pero antes de bajarnos dudé un poco y les dije que mi padre estaba en casa. En eso ellos solo rieron y dijeron que no importaba, que sabían cómo manejarlo. Dudé por unos momentos, pero accedí. En esos momentos ellos rieron y todos nos bajamos con calma.

Cuando llegamos, mi padre estaba en el salón. Abrí la puerta y los presenté sin rodeos.

—Papá, estos son mis amigos.

Los tres se inclinaron ligeramente, educados, pero sus cuerpos ocupaban demasiado espacio.

Mi padre les dio la mano, notó la fuerza de esos apretones y asintió con esa sonrisa tensa que usa cuando no está del todo cómodo. Yo ya sentía el calor subiendo por mi cuello. Les dije que subiríamos a mi cuarto.

Pero mi papá los miraba de arriba abajo, ya que medían como uno noventa y yo apenas medía como uno sesenta y seis; la diferencia era notable en cómo nos mirábamos.

Mi papá intentó detenernos preguntándonos qué íbamos a hacer, pero yo solo respondí con evasivas, ya que, al igual que ellos, estábamos super calientes y solo queríamos follar.

Mientras cruzábamos el pasillo hacia la escalera, una de las manos grandes se posó en la parte baja de mi espalda. Otra se deslizó más abajo, apretando mi culo con firmeza a través de los jeans. No fue un toque casual. Fue una posesión clara, un apretón que hizo que mi cuerpo se tensara y que un gemido corto se me escapara.

Mi padre estaba de pie en el umbral del salón. Nos vio. Vi cómo sus ojos se clavaron en la mano negra que se cerraba sobre mi trasero, cómo mi cuerpo se inclinaba ligeramente hacia ese contacto. No dijo nada. Solo nos observó subir, paso a paso, mientras la mano no se retiraba. El silencio se hizo espeso.

En cuanto cerré la puerta de mi cuarto, el aire cambió. Los tres me rodearon. Eran altos, anchos, olían a piel caliente y a algo más crudo. Uno de ellos —el de la izquierda, con tatuajes en el brazo—.

Me empujaron suavemente hacia la cama. Me senté en el borde. Ellos se quedaron de pie, imponentes. Uno a uno fueron bajándose los shorts grises y azul oscuro. Lo que apareció me dejó sin aire.

Tres vergas negras, gruesas, pesadas, de casi 38 centímetros cada una. El glande oscuro y brillante, las venas marcadas a lo largo del tronco, el peso visible incluso sin estar completamente duros todavía. Crecieron rápido ante mis ojos. El olor a hombre, a sexo contenido, llenó la habitación.

Cada uno cogía esa verga desde el tronco y solo se movían de arriba a abajo, y claro, yo solo movía la cabeza de arriba a abajo intentando seguirlos con la mirada mientras ellos reían.

Entonces dijeron:

—Dale un beso —dijo el del centro, tomándome del mentón con dos dedos—. Solo un beso. Para empezar.

En ese momento solo respondí «no lo sé» mientras miraba hacia arriba, mientras acercaba sus vergas a mi cara.

Me incliné. La primera estaba tan cerca que el calor me golpeó la mejilla. Abrí los labios y deposité un beso húmedo justo en la punta, e hice ese sonido de cuando uno le da un beso a alguien, y le di un poco más de tres.

El sabor es salado, intenso. La verga se movió contra mi boca. Besé otra vez, más lento, dejando que la lengua rozara el glande. Él gruñó y dijo «ohhhh síii» en voz fuerte; no le importaba si alguien lo escuchaba.

Los otros dos se acercaron. Besé la segunda, luego la tercera, pasando de una a otra, labios abiertos, dejando saliva brillante sobre cada cabeza oscura.

En ese momento sacaron un cel y comenzaron a grabar mientras decían cosas, pero claro, sus tonos de voz no eran suaves, sino todo lo contrario.

Entonces uno de ellos puso su verga al lado de mi cara y casi eran igual de grandes, y me preguntaban:

—¿Te gusta?

Y yo solo respondía entre risas que sí, mientras miraba a ese flash grabando. Entonces uno de ellos dice:

—¿Te gusta la verga negra?

Y yo respondí:

—Sí, me gusta la verga.

Y mientras les daba besos en la punta del glande, ellos decían cosas sobre el novio mientras reían.

Y claro, sabía que eso los volvía locos, y yo solo respondía «lo siento, mi amor», como si fuera mi novio el que viera lo que estaba haciendo en ese momento.

Mis manos temblaban. Ellos me acariciaban el pelo, el cuello, bajaban por mi espalda hasta apretarme de nuevo el culo.

—Más —ordenó uno.

Abrí más la boca y tomé la primera cabeza entre los labios. Chupé solo la punta, sintiendo cómo se hinchaba. Luego la solté y pasé a la siguiente. Tres vergas enormes, una tras otra, recibiendo mis besos y mis chupadas cortas. El cuarto se llenó de sonidos húmedos y de respiraciones pesadas. Uno de ellos se arrodilló detrás de mí, me levantó el top blanco y liberó mis pechos. Los apretó con fuerza mientras yo seguía besando y lamiendo. Otro me bajó el cierre de los jeans y metió la mano por dentro, rozando mi coño ya empapado.

—Mírala —dijo el que tenía la verga en mi boca—. Tan joven y ya con la boca llena de nosotros.

Me empujaron suavemente hacia atrás sobre la cama. Me quitaron los jeans y el top por completo. Quedé desnuda entre ellos. Las tres vergas me rodeaban, rozándome la cara, los pechos, el vientre. Una se deslizó entre mis senos; otra me rozó los labios otra vez. Abrí la boca y la tomé más profundo esta vez, sintiendo cómo el glande empujaba hacia mi garganta. Tosí un poco, lágrimas en los ojos, pero no me aparté. Las manos grandes me sujetaban la cabeza, controlando el ritmo.

El que estaba detrás me separó las piernas y pasó la lengua por mi coño con una lentitud deliberada. Lamió, chupó, metió dos dedos gruesos mientras yo seguía chupando. El tercero se inclinó y me besó el cuello, mordisqueando, dejando marcas. Cada vez que mi padre cruzaba por mi mente —la imagen de su mirada al vernos en la escalera— un escalofrío me recorría y me hacía mojar más.

Me hicieron girar. Me pusieron a cuatro patas. Una verga se presentó frente a mi cara; otra se acomodó entre mis nalgas. El de atrás me abrió con los pulgares y empujó la cabeza gruesa contra mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome de una forma que me robó el aliento. 38 centímetros no cabían de golpe. Me detuve, temblando, sintiendo cada vena, cada pulso. Cuando por fin estuvo dentro del todo, se quedó quieto un segundo, dejándome sentir el peso y el calor.

—Tan apretada… —murmuró contra mi espalda.

Mientras gritaban «HAAAAAAAAAA», «HAAAAAAAAAAAAAA». Así realmente lo estaban diciendo fuerte, sin ningún tipo de prudencia.

Empezó a moverse. Empujes profundos, largos, que me sacudían el cuerpo entero. Mientras tanto, la verga de delante me llenaba la boca otra vez. El tercero se arrodilló a un lado y me guió la mano para que lo masturbara, grueso y caliente entre mis dedos. El ritmo se volvió más duro. El de atrás me agarraba las caderas con fuerza, empujando hasta el fondo cada vez, haciendo que mi coño se cerrara alrededor de él con un sonido húmedo y obsceno. Yo gemía alrededor de la verga que me follaba la boca, baba cayendo por mi mentón, pechos balanceándose.

Me cambiaron de posición varias veces. Me sentaron a horcajadas sobre uno de ellos; la verga enorme subió dentro de mí mientras yo bajaba, sintiendo cómo me abría por completo. Los otros dos se pusieron a los lados. Chupé uno, luego el otro, alternando, dejando marcas de labial y saliva por todas partes. Me follaron de lado, luego con las piernas abiertas hacia el techo, luego de rodillas otra vez. Cada vez que uno se corría cerca de mi cara o sobre mis pechos, el siguiente tomaba su lugar. El semen era espeso, caliente, y me lo untaban por la piel con los dedos, obligándome a lamerlo.

En un momento, uno de ellos se acercó a mi oído mientras me embestía con fuerza:

—Tu padre está abajo. Sabe que estás aquí con nosotros. ¿Qué crees que esté pensando?

Esa frase me hizo correr. El orgasmo me sacudió tan fuerte que grité «ME VENGO HAAAAAAAAAA HAAAAAAAAAAAA» contra el pecho del hombre que me sujetaba. Mi coño se contrajo alrededor de la verga negra, exprimiéndola. Él gruñó y se corrió dentro, llenándome con chorros calientes y abundantes. Los otros dos no tardaron. Uno se corrió en mi boca; el otro sobre mis pechos y el vientre. Quedé cubierta, temblando, con el semen resbalando por mis muslos y mi cara brillante.

Después nos quedamos un rato en silencio, solo respirando. Ellos me acariciaban con lentitud, todavía duros, todavía interesados.

Y salieron de la casa como si nada.