Esa misma noche, después de que se fueran, bajé al salón.

Mi padre estaba sentado en el sillón, viendo la televisión con el volumen bajo. La luz azul le iluminaba la cara. Respiré hondo. El semen de los tres todavía me resbalaba un poco entre los muslos; me había limpiado a medias, pero el olor a sexo seguía en mi piel. Me planté frente a él.

—Papá… tengo que decirte algo.

Apagó el televisor con el control y me miró. Esa mirada seria, evaluadora.

—Dime.

Tragué saliva.

—Estoy embarazada.

El silencio se hizo denso. Él se pasó una mano por la cara, soltó un suspiro largo y preguntó lo inevitable:

—¿De quién?

Lo miré a los ojos.

—De ellos. De los tres. De mis amigos negros.

La expresión de mi padre cambió de golpe. Primero fue la sorpresa, después algo más oscuro: esa mezcla de rabia y decepción que yo conocía. Él siempre había sido “medio racista”, como decía mi madre antes de irse. Comentarios bajos sobre “esa gente”, miradas largas cuando veía parejas mixtas en la calle, el modo en que apretó la mandíbula el día que los presenté.

—¿Qué…? —su voz salió ronca—. ¿Te dejaste preñar por esos tres negros?

Asentí.

—Sí. Me follaron. Me llenaron. Y ahora estoy embarazada de ellos.

Se levantó de golpe. Caminó de un lado a otro del salón, las manos en la cintura, respirando agitado.

—¿Tienes idea de lo que estás diciendo? ¿Un nieto… negro? ¿De tres tipos que ni siquiera son…?

—Sí —lo interrumpí, la voz más firme de lo que esperaba—. Y no me arrepiento. Me gustó. Me gusta cómo me follan. Cómo me agarran. Cómo me llenan.

Él se detuvo. Me miró como si no me reconociera. La rabia le temblaba en la mandíbula, pero debajo de ella había algo más: una derrota amarga.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a tenerlo? ¿Vas a criar un hijo de esos…?

—Voy a tenerlo —dije—. Y ellos van a seguir viniendo. Van a seguir follándome. Embarazada o no.

Mi padre se pasó las manos por el pelo. Soltó una risa corta, sin humor.

—Entonces ya no eres mi hija de la misma forma. Eres… la puta de tres negros. Y vas a parirles un hijo.

Las palabras dolieron, pero también me calentaron de una forma enferma. Asentí otra vez.

—Sí. Eso soy.

Se quedó callado un largo rato. Finalmente se dejó caer otra vez en el sillón, la mirada perdida en la pared.

—Haz lo que quieras —murmuró—. Pero no esperes que yo… acepte esto con una sonrisa.

Subí a mi cuarto. El corazón me latía desbocado. Apenas cerré la puerta, mandé el mensaje a los tres:

«Se lo conté. Está furioso. Vengan.»

Media hora después estaban otra vez en mi habitación. Entraron en silencio, pero sus cuerpos ya estaban tensos, alertas. Les conté todo: las palabras de mi padre, el desprecio, el modo en que me había llamado “la puta de tres negros”.

El más alto soltó una risa baja y oscura.

—Entonces ya sabe de quién es el nieto.

Me empujaron hacia la cama nueva. Me desvistieron con prisa. Mis pechos, ya un poco más sensibles, reaccionaron al aire frío y a sus manos. Uno se inclinó y chupó un pezón con fuerza; el otro me abrió las piernas y metió la lengua directo en mi coño. Estaba empapada. El tercero se bajó los pantalones y me frotó su verga de 38 centímetros por la cara.

—Tu padre racista sabe que te preñamos —gruñó el que me lamió—. Y ahora te vamos a follar todavía más duro para que se entere otra vez.

Me montaron. El primero entró de un solo golpe, hasta el fondo. Grité. Empezó a embestirme con violencia, profunda, haciendo que la cama golpeara la pared. Los otros dos me llenaron la boca y las manos. Cada embestida era un mensaje. Cada gruñido, una afirmación.

—Dile a tu padre… —jadeó el que me follaba— …que su hija está siendo rota por tres vergas negras… mientras lleva a su nieto adentro.

Me cambiaron de posición una y otra vez. Me follaron de rodillas, de lado, con las piernas abiertas hacia el techo. Me llenaron el coño, el culo y la boca. El semen les corría por el tronco y me lo untaban en el vientre todavía plano, como marcándome. Cada vez que uno se acercaba al orgasmo, empujaba más profundo, como queriendo llegar hasta donde ya estaba creciendo algo de ellos.

Cuando por fin se corrieron —uno dentro, otro en mi boca, el tercero sobre mis pechos y el abdomen—, me dejaron temblando en el centro de la cama, cubierta, marcada, con el olor a sexo llenando el cuarto.

Abajo, en el salón, mi padre seguramente había oído los golpes contra la pared, los gemidos, las risas bajas. Sabía exactamente lo que estaba pasando arriba.

Uno de ellos se inclinó sobre mí, me tomó del mentón y me obligó a mirarlo.

—Mañana volvemos —dijo—. Y cada vez que tu padre te mire con asco… acuérdate de esto. De cómo te preñamos. De cómo te seguimos follando.

Me besó la frente, casi con cariño, mientras su mano seguía apretándome el culo con posesión.

Yo, de 18 años, embarazada de los tres, con el semen todavía caliente dentro de mí, solo asentí.

Ya no había vuelta atrás.