Dos semanas después de que destrozaran la cama, los volví a llamar.

Los tres llegaron al atardecer. Esta vez no hubo presentaciones ni rodeos. Subieron directo a mi cuarto —la cama nueva, más resistente, ya estaba armada— y cerraron la puerta. Me miraron con esa mezcla de hambre y posesión que ya conocía. Uno de ellos se pasó la lengua por el labio inferior.

—¿Para qué nos llamaste, putita?

Me quedé de pie frente a ellos, con una camiseta holgada y shorts cortos. El corazón me latía tan fuerte que pensé que lo iban a oír. Respiré hondo y lo solté:

—Estoy embarazada.

El silencio fue absoluto durante tres segundos. Luego el más alto, el de los tatuajes en el brazo, soltó una risa baja y oscura.

—¿De cuál de nosotros?

—No lo sé —respondí, la voz temblando un poco—. Podría ser de cualquiera… o de los tres.

Los tres se miraron entre ellos. No había enojo. Había algo peor: una satisfacción profunda, casi animal. El del medio se acercó, me tomó de la cintura y me atrajo contra su cuerpo.

—Así que te llenamos tanto que te dejamos preñada… —murmuró contra mi oído—. Buena niña.

Sus manos bajaron hasta mi culo y lo apretaron con fuerza. Los otros dos se acercaron. En segundos me tenían rodeada. Me quitaron la camiseta. Mis pechos ya se sentían un poco más pesados, más sensibles. Uno de ellos se inclinó y chupó un pezón con fuerza; el otro hizo lo mismo con el segundo. Grité. El tercero me bajó los shorts y metió dos dedos gruesos dentro de mí sin aviso.

—Mírala… ya está mojada solo de contárnoslo —dijo el que me penetraba con los dedos—. Le excita que seamos los padres.

Me empujaron hacia la cama nueva. Me tiraron de espaldas. El primero se bajó los pantalones y sacó su verga de 38 centímetros, ya dura y pesada. Se acomodó entre mis piernas y empujó de un solo golpe hasta el fondo. El grueso tronco me abrió otra vez. Grité, pero él no se detuvo. Empezó a follarme con embestidas profundas y lentas, como si quisiera sentir cada centímetro dentro de mí.

—Vas a tener un hijo negro… o tres —gruñó mientras me embestía—. Y te vamos a seguir follando mientras se te hincha la panza.

Los otros dos se arrodillaron a ambos lados de mi cabeza. Me llenaron la boca y las manos con sus vergas. Chupaba una, masturbaba la otra, mientras el de abajo me martillaba el coño con fuerza creciente. El ritmo se volvió más duro. La cama nueva crujía, pero aguantaba. Cada embestida hacía que mis pechos rebotaran; ellos los apretaban, los chupaban, los mordían con cuidado pero con hambre.

Me giraron. Me pusieron a cuatro patas. El segundo entró en mí desde atrás, más salvaje todavía. Me agarraba las caderas con fuerza y me empujaba hacia atrás para encontrarse con cada embestida. El tercero se puso delante y me folló la boca. El primero se quedó a un lado, esperando, acariciándose mientras nos miraba.

—Decíselo otra vez —ordenó el que me penetraba—. Decíselo mientras te follo.

—Estoy… embarazada… —jadeé alrededor de la verga—. De ustedes…

Eso los enloqueció. El ritmo se volvió brutal. Me follaron sin piedad, cambiándome de posición una y otra vez. Me montaron, me abrieron las piernas hasta que dolía, me llenaron la boca hasta que la saliva y el pre-semen me corrían por la barbilla. Cada vez que uno se acercaba al borde, se salía y me lo corrían sobre el vientre, untándome el semen espeso en la piel todavía plana.

—Ahí va a crecer —dijo uno, pasando la mano por mi abdomen—. Y te vamos a seguir llenando hasta que no puedas más.

El primero se corrió dentro de mí con un gruñido largo, empujando hasta el fondo para dejar cada gota. El segundo me sacó de la boca, me puso de rodillas y se vació sobre mi cara y mis pechos. El tercero me hizo abrir la boca otra vez y se vino directo en la garganta. Tragué. Quedé temblando, cubierta, con el semen resbalando por mis muslos y el vientre.

Ellos se quedaron mirándome, respirando pesado, todavía semi-duros.

Uno se inclinó, me tomó del mentón y me obligó a alzar la vista.

—Desde ahora eres nuestra —dijo con voz grave—. Embarazada o no, te vamos a follar cuando queramos. Y cuando se te note la panza… te vamos a follar todavía más duro.

Me besó la frente, casi con ternura, mientras su mano seguía apretándome el culo.

La noche apenas empezaba. Y yo, de 18 años, con el semen de los tres todavía caliente dentro de mí, ya sabía que no había vuelta atrás.