Al día siguiente, apenas terminaron las clases, el mensaje llegó a mi teléfono.
«Estamos afuera. Sube.»
Salí del edificio con el corazón golpeándome las costillas. El auto negro estaba estacionado al fondo del estacionamiento, lejos de las cámaras y de las miradas. Las ventanas tintadas no dejaban ver nada desde afuera. Abrí la puerta trasera y me metí.

Los tres ya estaban adentro. El olor a hombre, a piel caliente y a algo más crudo me golpeó de inmediato. Dos de ellos ocupaban el asiento trasero; el tercero estaba al volante, pero giró el cuerpo para mirarme con esa sonrisa lenta y peligrosa.
—Cierra la puerta —ordenó el del medio.
Lo hice. El clic del seguro sonó demasiado fuerte. En segundos las manos grandes me estaban jalando hacia el centro. Me sentaron entre ellos. El espacio era estrecho; sus cuerpos musculosos me rodeaban por completo. Uno me tomó del mentón y me obligó a mirarlo.
—Ayer te llenamos. Hoy solo queremos esa boquita.

Sin más preámbulos, se bajaron los shorts. Las tres vergas negras aparecieron otra vez: gruesas, pesadas, de 38 centímetros, ya semiduras y creciendo rápido ante mis ojos. El glande oscuro brillaba. El olor me subió a la cabeza.

Me empujaron suavemente hacia abajo. Me arrodillé lo mejor que pude en el piso del auto, entre las piernas abiertas de los dos de atrás. La primera verga se presentó frente a mi cara. Abrí la boca y la tomé. El sabor salado, intenso, familiar. Chupé solo la cabeza primero, lamiendo en círculos, sintiendo cómo se hinchaba contra mi lengua. Él gruñó bajo y puso una mano en mi nuca, guiándome.
—Más profundo.
Empujé la cabeza hacia adelante. La verga entró más, centímetro a centímetro, hasta que el glande rozó mi garganta. Tosí un poco, lágrimas formándose en los ojos, pero no me aparté. Empecé a mover la cabeza, chupando con fuerza, babando alrededor del tronco grueso. El sonido húmedo llenó el auto.

El de al lado no esperó su turno. Tomó mi mano y la puso sobre su propia verga, obligándome a masturbarlo mientras chupaba al primero. Estaba caliente, pesada, latía entre mis dedos. El del volante se inclinó hacia atrás y me ofreció la suya también. Ahora tenía una en la boca y las otras dos en las manos, moviéndolas con ritmo, sintiendo las venas bajo la piel oscura.

Me cambiaron de posición. Me subieron al asiento trasero, de rodillas, con el culo en el aire y la cara hacia el lado. Uno se sentó frente a mí y me llenó la boca otra vez. El segundo se arrodilló a un lado y me empujó la verga contra la mejilla, frotándola, dejando rastros de presemen. El tercero se quedó detrás, pero no me penetró; solo me abrió los jeans, metió la mano y me frotó el coño empapado mientras yo chupaba.
—Mírala… tan puta en el asiento trasero —murmuró uno—. Ayer con tu padre abajo… hoy aquí, tragándonos.

Esa frase me hizo gemir alrededor de la verga. Aumenté la velocidad. Chupaba con fuerza, dejando que la saliva corriera por el tronco y cayera sobre mis pechos. Cada vez que la sacaba, un hilo brillante unía mis labios al glande. Luego volvía a tomar, más profundo, hasta que mi nariz tocaba el vientre. El hombre me sujetaba el pelo con ambas manos y empezó a follarme la boca con embestidas cortas y controladas. El sonido de mi garganta siendo usada llenaba el auto.

Me pasaron de una a otra. Chupé la segunda verga hasta el fondo, sintiendo cómo se contraía. Luego la tercera. Mis labios estaban hinchados, brillantes, mi mandíbula dolía, pero no paraba. Ellos gruñían, se tocaban entre sí, se empujaban para que yo les diera más atención. Uno se corrió primero: me sujetó la cabeza y se vació directo en mi garganta. Tragué lo que pude; el resto se me escapó por la comisura de la boca y bajó por mi cuello. El segundo no tardó. Me sacó de la boca, se masturbó rápido frente a mi cara y se corrió sobre mis labios, mi lengua y mi mentón. El semen espeso me cubrió. El tercero me hizo abrir la boca otra vez, empujó hasta el fondo y se vino con un gruñido profundo, llenándome.

Quedé arrodillada en el asiento trasero, respirando agitadamente, la cara cubierta de saliva y semen, los labios rojos e hinchados. Ellos me miraban desde arriba, todavía semiduros, satisfechos.

Uno me limpió la boca con el pulgar y me lo metió para que lo chupara.