Hola amigos, nuevamente me complace relatarles una excitante y sorpresiva vivencia que sucedió ya hace algunos años en un reencuentro con mi cuñada consentida. Como les comenté en el prólogo, esto sucedió en un viaje que hice a la Ciudad de México por motivos laborales.
Quisiera, antes de entrar en contexto, explicar que Keila vivió desde muy joven en nuestra casa por la cercanía a su escuela y después a la universidad. Durante ese tiempo viví el desarrollo y transformación de esa jovencita a una mujer hermosa. Fui su cómplice en las salidas al antro, pues más de una vez me tuve que ir a la casa de alguna de sus amigas a recogerla de madrugada cuando se pasaban de copas, teniendo que abrazarla contra mi cuerpo para que pudiera entrar a la casa sin que mi esposa se diera cuenta de su estado y no ser regañada. Así me di cuenta de que Keila cada vez era más mujer, pues se transformó en una hermosa trigueña de cabello largo y cuerpo firme y sensual, de bellas formas sin rayar en lo exagerado, siendo su hermoso trasero lo que más llamaba la atención. Al concluir sus estudios universitarios ella decidió tomar un posgrado en la Ciudad de México, por lo que cambió su residencia a ese lugar.
Un poco menos de dos años después, por motivos de mi trabajo, tuve que hacer un viaje corto a la Ciudad de México. La estancia era de tres días, gastos pagados por la institución para la que trabajaba. El día de conclusión del curso mi esposa me encargó unas cosas que debía de recoger con su hermana Keila, por lo que me comuniqué con ella y estuvimos charlando buen rato. Nos pusimos de acuerdo para vernos e ir a comer. Ella me preguntó si podía invitar a una amiga, a lo que yo no tuve objeción. Nos reunimos más tarde en el restaurante del mismo hotel en donde yo estaba hospedado y comimos charlando alegremente. De inmediato me di cuenta del cambio en mi cuñada: como dije antes, era una verdadera hembra, trigueña, su cabello más largo casi a la cintura, pero lo que más llamó mi atención fue el desenvolvimiento en su charla y comportamiento. Se notaba que el tiempo vivido en la gran ciudad había hecho en ella una mujer más abierta y directa.
Después de la comida se nos antojó unos tragos. Ellas dos tomaron unos tequilas y yo preferí tomar las cosas con más calma, previendo la forma de tomar de ellas, así que era mejor que alguno de los tres estuviera más centrado y consciente, por lo que decidí solo tomar una copa de vino. Al cabo de unas horas después de la comida la amiga decidió retirarse y nos quedamos nosotros. Keila comenzó a recordar viejos tiempos que compartimos y en un momento determinado tocó el tema de sus borracheras anteriores y de cómo fui su cómplice salvándola de fuertes regaños. Entre risas y carcajadas nuestra charla subió de tono hasta que ella, medio en broma, me dijo que esos apretones que le daba yo cuando la abrazaba al entrar a casa los recordaba mucho, y noté cierto rubor en su rostro cuando me lo dijo. Yo hice como que no me había dado cuenta. En eso ella me pregunta si podría ir a mi habitación a usar el sanitario. Yo le contesté que sí, sin problema. Saqué la llave electrónica y se la di en la mano, pero ella me dijo que si la acompañaba, pues se sentía un poquito mareada. Yo me puse de pie y le dije: «Vamos».
Ya en el elevador ella me dijo riendo que si no la iba a abrazar como cuando llegábamos a casa. Yo me reí y le dije que en el cuarto no estaría su hermana; sin embargo, Keila se arrimó a mi cuerpo y no me quedó más que completar el abrazo. No necesito decirles lo rico que se sentía ese delicioso cuerpo pegado al mío. Yo por instinto la abracé con más fuerza y sentí que ella no ponía resistencia; todo lo contrario, pasó su brazo por mi espalda y se pegó más a mi pecho sin decir nada, solo sentir nuestros cuerpos estrechados y calientes. Para eso ya mi verga comenzaba a reaccionar recordando viejas sensaciones.
Al llegar a la habitación abrí, ella entró y se recostó en la cama cerrando los ojos. Ahí yo pude apreciar mejor lo hermoso de su cuerpo, sus ricas tetas que, sin ser grandes, sí eran de un buen tamaño, sus piernas a través de la falda que me permitía ver sus muslos casi en su totalidad. Ella se sorprendió de que la estaba analizando y entre risas me preguntó: «¿Qué tanto ves?». Yo corregí de inmediato la situación y le dije, para salir del apuro, que si no iba a entrar al baño. Ella me dijo que sí y se dirigió al sanitario. Al cabo de unos minutos escuché el ruido característico del agua de la regadera cayendo y también que la puerta del baño estaba medio abierta. Yo me arrimé a la puerta y dije en voz alta que la iba a cerrar, pues se había abierto. Keila me respondió que no, que así la había dejado, pues tenía calor y se había metido a la regadera. Yo no pude aguantar la tentación y empujé un poco más la puerta para poder ver ese cuerpo que me había parado la verga al abrazarla en el elevador y al verla en la cama.
Y ¡wow! Cuál no sería mi sorpresa: la puerta de la regadera estaba completamente abierta y a escaso metro y medio de mí ella viéndome de frente, completamente desnuda, con una sonrisa traviesa y tímida a la vez, unos pezones deliciosos coronando un par de tetas firmes y hermosas, unas piernas de campeonato y una puchita con un vello púbico recortado y bien cuidado. Yo no supe qué hacer; creo que comencé a babear, pero no me pude contener y avancé hasta ella aún vestido. Me metí en la regadera y fue Keila quien comenzó a desvestirme. Yo torpemente le ayudaba a quitarme lo que me estorbaba; quería sentir sobre mi piel ese hermoso manjar que tenía enfrente. Ambos permanecimos callados, abrazándonos. Yo comencé a acariciar todo ese hermoso cuerpo, su espalda, sus nalgas tan firmes. Bajé mi boca y comencé a saborear sus pezones y a acariciar a la vez su puchita, que se sentía caliente de placer. Ella comenzó a gemir suavemente mientras sentía mis caricias. Metí suavemente uno de mis dedos en su vagina y estaba ardiendo por dentro. Keila se convulsionó suavemente y gimió más fuerte, arqueando la espalda y abriendo más sus piernas. Yo recorría todo su cuerpo con mis manos, la abracé y, así como estábamos de mojados ya desnudos ambos, la llevé a la habitación.
Cuando la deposité en la cama ella se percató de la erección tremenda que tenía y quedó con la vista fija en mi verga. Lentamente la tocó y poco a poco la fue apretando con sus manitas suaves. Yo me moría por sentir su boca en mi verga y pareciera que ella comprendió, pues con suavidad pasó sus labios sobre la punta de mi glande como queriendo sentirla antes de probarla. Yo no aguanté y le dije: «Chúpamela». Ella volteó su mirada hacia mis ojos y lentamente comenzó a mamarme la cabeza primero y poco a poco la introdujo lo más que pudo en su hermosa boca. Yo estaba en la gloria; perdí la noción del tiempo que me estuvo mamando la verga y los huevos mientras yo masajeaba sus tetas y sus pezones. Saqué mi verga de su boca y decidí entrar en acción. La recosté suavemente, me acomodé entre sus piernas oliendo su aroma de hembra en celo y podía sentir su calentura en mis labios cuando aproximé mi boca a su puchita. Lentamente pasé mi lengua por toda su vagina saboreándola. Ella se contrajo y gimió de placer. Comencé a mamar su clítoris succionándolo y ella enterró sus dedos en mi cabello y gimió ronco diciendo: «Siiii papito… siii mi amor, no pares por favor…». Y comenzó un movimiento de vaivén con sus caderas de manera riquísima, hasta que sentí cómo se contrajo nuevamente y casi gritó: «Siiii papi, me vengo, me vengo». Yo me separé un poco de ella para deleitarme con el espectáculo de su puchita. Mi verga estaba durísima y no aguanté más. Abrí sus piernas, viendo el color rosado de sus labios y vulva. Ella también deseaba ya sentirme dentro de su cuerpo porque de inmediato se acomodó para facilitarme la penetración. Toqué su puchita con la punta de mi verga y ella gimió. Yo empujé un poco y ella gimió más fuerte cuando desapareció dentro de ella la mitad de mi verga. Yo me detuve saboreando el momento y su calor vaginal. La abracé y le dejé ir el resto de mi verga hasta que mis huevos tocaron sus nalgas. Así nos quedamos abrazados sin movernos. Yo levanté mi cara y quedé frente a su rostro y la besé. Poco a poco metí mi lengua en su boca y ella la aceptó besándome jugosamente al tiempo que comencé a bombearle mi verga hasta el fondo. Sentí la fuerza de su abrazo y cómo ella también movía su cadera tratando de sentir más profundo mis estocadas. Yo me sentía en la gloria al estar embistiendo ese cuerpo joven y vigoroso que se me entregaba completamente. Ella gemía diciendo: «Cógeme, cabroncito, méteme tu verga hasta el fondo, rómpeme mi puchita, soy tuya… cógeme, cógeme…». Esas palabras obscenas en mis oídos hacían que yo redoblara mi empuje, penetrándola con fuerza, con dominación, pues así lo pedía su cuerpo. Estábamos los dos empapados, no sé si de sudor o del agua de la regadera, pero la sensación era delirante. Ella no paraba de gemir y pedir más verga: «No pares, no pares… cógeme, cabrón… rómpeme con tu verga», mientras yo estaba concentrado en la delicia de esa vagina ardiendo que me daba tanto placer y envolvía mi miembro con ese fuego ardiente. Seguí cogiéndola con frenesí, besando su boca, su cuello y diciéndole lo hermosa y putita que era, tratando de penetrarla más. Levanté sus piernas hasta mis hombros sin sacar mi pito de su panocha y en esa pose mis embestidas fueron más profundas. Ella gritaba diciendo: «Siiii cabrón, siii… así la siento hasta la garganta, dame más…». Yo comencé a sentir mi leche que estaba a punto de eyacular y le dije: «Te voy a dar toda mi leche, mi vida…». Ella alcanzó a reaccionar y me dijo: «No, adentro no… la quiero en mi cara, en mi boca quiero saborearte, papi…». Esas palabras hicieron una explosión de morbosidad en mi cabeza y, sin muchas ganas, me salí de esa cuevita caliente que tanto placer me estaba dando y me puse de pie frente a ella con mi verga hinchada a punto de disparar toda mi leche. Yo vi su expresión al tener mi pito en sus manos recorriendo toda su extensión y pidiendo la leche. Puso sus labios alrededor de la cabeza y apretó con su mano el tronco de mi verga, que lanzó el primer disparo sobre su rostro. Ella suspiró de gusto y yo berreaba de placer. Vino un segundo disparo el cual cayó sobre sus hermosas tetas y finalmente la metió en su boca saboreando el último estertor de mi eyaculación y, como si fuera una pequeña corderita, mamó deliciosamente mi verga y mis huevos hasta dejarlos limpios.
Yo ya casi sin fuerza en mis piernas me dejé caer en la cama a un lado de ella. Nos abrazamos sin decir una palabra, solo nos veíamos cruzando nuestras miradas. Poco a poco fue cediendo la calentura del momento y regresaba la cordura. Yo honestamente no sabía qué decir; sentí que había ido más allá de lo debido. Ella acarició mi cabello y con voz tranquila me dijo: «¿Sabes qué?… Yo sabía que algún día esto iba a suceder, desde hace mucho tiempo lo imaginé y ahora será nuestro secreto». Me dio un beso con ternura y se volteó dándome la espalda pidiendo que la abrazara. Me quedé pensativo reflexionando en sus palabras sin saber qué responder. Al poco rato escuché su respiración pausada indicándome que dormía. Yo solamente observé su hermoso rostro que aún conserva esos rasgos de niña inocente, viniendo a mi memoria esa jovencita que vi crecer, llorar, reír y que ahora me había demostrado que era una hermosa mujer en toda la extensión de la palabra… y que por supuesto lo ocurrido sería nuestro gran secreto. Y sonreí al pensar que ahora nuevamente éramos cómplices. Con ternura le di un beso en su mejilla susurrando a su oído diciéndole: «Duerme, pequeña». Ella asintió moviendo su cabeza y más se pegó a mi cuerpo.
Como en mis otros relatos les manifiesto que todo es verdad, son sucesos reales, no es fantasía. «Keila» continuó y terminó su preparación profesional y regresó a nuestra ciudad donde vive actualmente. Tuvimos un nuevo encuentro años después, pero eso será una continuación de este relato…
Espero este sea de su agrado y pronto seguiremos.
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