Aún me detengo un momento en sus muslos. Ese vestido me está estorbando, y ya no tengo por qué permitirlo.
Aún me detengo un momento en sus muslos. Ese vestido me está estorbando, y ya no tengo por qué permitirlo.
Me volteo, meto la cápsula, y casi al unísono empiezan a sonar la cafetera y el horno a mi espalda.
Enciendo un cigarrillo y la miro. Según Carmen, ese culo redondo y generoso guarda un ojete sin penetrar. Eso ha de cambiar. Le dejaré el camino a Enzo un poco más hecho.
Dejo el móvil con la pantalla en negro, pero la llamada abierta con Carmen, en la mesa del centro de la cocina, mientras me dirijo a Cristina. Ella se tensa al notar mis pasos y el sonido del móvil sobre la mesa, pero continúa mirando al horno.
Quizá sabe lo que viene.
— Quieta. — Digo, deteniéndome a menos de un metro.
Baja los hombros, y su cabeza se ladea, buscando verme en el refle