La relación con Sandra se me estaba arrancando de entre las manos y lo más desconcertante era que ella no se había dado por aludida en absoluto y en ningún momento mostraba señal alguna de darse cuenta de los efectos que estaba ocasionando en mi.
Se comportaba como una mujer absolutamente normal, muy alegre muy delicada y muy femenina con una naturalidad que no hacía sino provocar en mí una atracción que ya no sabía cómo controlar.
Me decía que se sentía estupenda con mi amistad y quería cuidarla, al mismo tiempo que me hacía depositaria de las intimidades femeninas que todas las mujeres compartimos.
Me mostraba sus cosméticos, sus trajes y su ropa íntima lo que a mí me descolocaba absolutamente.
Una tarde me llamó para decirme que tenía que salir, pero dejaría la puerta de su departamento sin llave porque vendrían a reparar unas cortinas y que por favor yo supervigilara ese trabajo.
Fue la oportunidad que yo estaba esperando para estar sola en su departamento.
Apenas unos minutos habían transcurrido de su salida cuando yo estaba en su cuarto embriagada por el perfume de Sandra que empapaba todos los rincones.
Caminaba con mucho cuidado, como un ladrón en busca de escondidos tesoros.
Todo estaba en orden perfecto.
Pasé mi mano abierta sobre el lecho impecablemente ordenado y la suavidad del cobertor azul me ocasionó un leve temblor en el pecho.
Varias noches no había podido entrar en el sueño pensando cómo podría yo tener a Sandra en ese lecho y mi mente afiebrada había construido mil fantasías quemantes.
Con mucho cuidado abrí la puerta de su closet y extendí la mano entre sus vestidos perfectamente ordenados, y acaricié su talle y metí mis manos bajo sus faldones como si imaginariamente recorriera sus muslos que nunca había tocado.
Abrí los cajones para sumergirme en la suavidad de su ropa íntima acariciándola con mis manos que estaban temblorosas por el deseo que estallaba en mi.
Entonces la idea apareció en mi mente quemante con una claridad que era imperativa.
Volví hasta la puerta de entrada del pequeño departamento, le puse doble llave y cerré completamente las cortinas que esperaban para ser reparadas.
Una luz algo difusa le dio al cuarto un extraño ambiente que aumentó mi inquietante excitación.
Entonces con mucha lentitud, disfrutando cada paso comencé a desnudarme.
Frente al gran espejo del dormitorio de Sandra me despojé de mi vestido verde que dejé caer con ceremonia sobre la alfombra contemple mi figura impúdica cubierta por los pequeños calzones y mi sostén ceñido.
Estaba más delgada, había bajado de peso, yo lo sabía porque desde la llegada de Sandra mi apetito había disminuido notablemente.
Debía reconocer que estaba más hermosa.
Me desnudé completamente.
Al deslizar mis calzones por los muslos mi olor de mujer en celo se apoderó de mi olfato completando el cúmulo de estímulos eróticos cuyo único referente real era la figura perturbadora de Sandra en mi mente.
Así desnuda, caminé por la habitación, moviéndome voluptuosamente, ofreciéndole mi cuerpo, todas mis formas a esa mujer ausente cuya presencia embriagadora me envolvía en mis evocaciones.
Frente al espejo vi mi imagen desnuda como la más deseable de las mujeres y me imaginé que era Sandra quien me miraba desde allí.
Comencé por acariciarme los pechos, endurecidos por el deseo, redondeados por la pasión y aprisioné mis pezones entre mis dedos humedecidos por mi saliva, con tal violencia que se tornaron aún más duros y más largos.
Apretaba con fuerza, porque de alguna manera deseaba producirme dolor, quizás el dolor de la consumación imposible de la posesión de Sandra.
Me acaricie entonces los muslos, metí mis manos entre ellos y apreté las piernas con fuerza, como retendría sus muslos si ella algún día me los brindara.
Mi cuerpo entero ardía en un deseo que yo estaba llevando al paroxismo. Sentí correr mis humedeces entre mis piernas cuando mis muslos se rozaron al caminar hasta el sillón sobre el cual descansaba su fino camisón de noche.
Lo tomé en mis manos, absorbió su aroma y lentamente lo vestí sintiendo el contacto de la tela fina como si fuera su piel deseada.
Me sentí abrazada por Sandra y acariciada por su contacto.
Me tendí suavemente sobre su lecho acariciándome el cuerpo entero por sobre esa prenda excitante y mis pechos mis muslos y mis nalgas supieron de esas caricias con ese camisón cómplice suave y tierno.
Mi sexo latía desesperado mientras yo me revolvía en el lecho de Sandra abrazada por el deseo incontenible de poseerla y traté de calmarlo, de sujetar el torrente de palpitaciones que emergían desde mi interior.
Mi mano se posó con fuerza tratando de sentir el calor de ese volcán pronto a estallar.
La fina tela se interponía entre mis dedos y la entrada de mi tubo vaginal quemante y entonces meditadamente hice presión, toda la presión que emergía desde el recuerdo invasor de la figura de Sandra.
Mi mano me penetró una vez, dos veces, muchas veces, con dos, con tres o cuatro dedos dentro de mi , dentro de Sandra y la tela de su camisón se fue empapando de mi líquido denso y suave y viscoso en entré y salí y me recorrí y me conocí como nunca me había conocido porque la tenia en mi.
A Sandra, estaba identificada con ella y tenía su amor en medio de mi gran abertura, que ahora generaba una contracción que se apoderaba de mi cuerpo entero que se revolvía sobre el lecho de Sandra mientras mi mano terminaba de describir la inmensidad interna de mi sexo feliz.
Instantes después estaba de pie junto al lecho en que había poseído su recuerdo y extendí con mucho cuidado sobre la cama su camisón adorado que lucía en su centro una gran mancha líquida desde la cual emanaba ese olor perturbador que aun ahora dos días después me sigue acompañando porque no quiero evitarlo. Después de la tarde en que la pasión me invadió en el cuarto de Sandra , lejos de calmarse, mi inquietud logró alcanzar niveles casi paranoicos. Me apostaba tras las cortinas de mi habitación para verla llegar, me excitaba a niveles molestos al verla caminar, mi frecuencia cardiaca aumentaba al hablar con ella y en las noches no podía conciliar el sueño si no me masturbaba con su recuerdo. Una tarde fui hasta su cuarto para convencerla que me dejase hacerle un peinado, que yo estaba convencida, que le haría lucir aún más hermosa de lo que yo la veía. Eso fue para mi un verdadero encuentro sensual. Ella había lavado su cabellera y con el pelo suelto y seco, y el cuerpo cubierto únicamente por una fina camisa , tomo asiento en la silla que yo le ofreciera frente al gran espejo de su dormitorio. Yo me situé tras ella con la satisfacción que me embargaba de saber que, al menos durante una hora la tendría para mí. Ella estaba muy alegre y yo ardiendo y nerviosa. Por un momento miramos una revista en la cual una hermosa mujer lucía el peinado que yo pretendía reconstruir en el cabello de Sandra. Sus muestras de entusiasmo, demostrado por leves caricias alentadoras en mis mejillas , me estremecieron y me dieron ánimo para presionarla suavemente acomodándola en la silla, tomándola por la cintura y por primera vez tuve mis manos en contacto con la curva de sus caderas, redondeadas y firmes pudiendo incluso tocar el borde superior del diminuto calzón, que era lo único, que vestía bajo la tenue camisa. Sandra se quedó tranquila y se dispuso a entregarse a mi pericia de peinadora , cosa de la cual yo había logrado convencerla. Su cabellera era extremadamente suave, y el deslizarla entre mis dedos me ocasionaba un placer superficial que se transmitía a todo el resto de mi piel que me recordaba el roce cautivante de su camisa de noche allí en su cama. Mientras trataba de dar una forma nueva al cabello de Sandra varias veces debí tomar su rostro para acomodarlo a las necesidades del diseño. Nunca había tocado su cara y esta sensación me embriagaba a tal punto que sentía palpitar fuertemente mi corazón y mis magníficos pechos se agitaban bajo mi blusa tenue muy cerca de su cuello. Se había apoderado de mí una agitación creciente, porque nunca la había tenido tan cerca como ahora y ella parecía entregarse pasivamente a mis maniobras, mis piernas temblaban suavemente y mis rodillas tendían a doblarse. De vez en cuando le decía algunas palabras relativas a sus preferencias sobre peinados y cosméticos, pero casi no escuchaba lo que me respondía pues mi mente completa estaba invadida de un deseo de aproximación a ese cuerpo que me había hechizado y no sabia como contenerme. Yo interpretaba su pasividad como una muestra de aceptación.. Desde mi posición podía ver sus pechos exuberantes y ese canal central que destacaba sus formas, atraía mi vista con tal fuerza que no lo podía evitar.. En un momento le pregunte si no estaba cansada de mantener su cabeza erguida durante tanto tiempo y sin esperar su respuesta, quise aplicarle un suave masaje en sus hombros desnudos. Ella no me hablo pero suspiro con suavidad cuando inicie el masaje y su rostro reflejado en el espejo me indicaba que de alguna manera estaba sintiendo placer. Seguramente era un placer suave y diáfano, nada comparable con el goce arrebatador que me estaba embargando como consecuencia de tener su piel en mis manos. Era como si en esa zona de contacto entre mis dedos y su piel se estuviese generando una forma de energía diabólica que me recorría entera y que me hacía superar todo tipo de temores e inhibiciones porque estaba segura que esta vez no la dejaría ir. Ya casi no tocaba su cabello y me había concentrado absolutamente en el masaje cuya extensión estaba prolongando más allá de lo necesario. Por otro lado mis manos avanzaban poco a poco por su espalda y también por su escote. En un par de oportunidades avancé osadamente hacia la parte superior de sus pechos y pude notar su consistencia. Sandra tenía unos pechos que eran la mezcla perfecta de consistencia y suavidad y esa sensación me traicionaba de tal manera que estaba a punto de perder el control. Por otro lado mis pechos inflamados de deseo ya no se contenían en mi estrecho sujetador de modo que sin que Sandra lo notara, realice con pericia los movimientos necesarios para desprendérmelo. Volví entonces al peinado. Aún no habían transcurrido diez minutos y ahora, como producto de mis maniobras de peinado toque con mis pechos varias veces la cabeza de Sandra. Mis pechos en cierta forma estaban ocultos por su cabeza de modo que no podía verme en el espejo. De esta forma pude crear varias formas de movimientos que aparecían como casuales pero que en realidad eran plenamente meditados por mí. Pasaba mis tetas alternativamente por su cabeza mientras le arreglaba el cabello, presionaba con una de ellas sobre una de sus orejas, o apretaba su cabeza con ambas manos entre mis masas cálidas y latientes. Ella se dejaba hacer y a veces entonaba suavemente la melodía de una canción de moda. En uno de eso instantes volví al masaje y ahora avancé con cuidado hacia sus pechos sin llegar a englobarlos completamente para volver luego al cabello como en una forma de avance meditado, observando siempre con cuidado sus reacciones. Tenía que ser a así porque nunca le hice a Sandra insinuación alguna acerca de lo que me estaba pasando con ella.. Su cuello me parecía delicioso y ensimismada por esa suavidad fue que daba mayor presión a mis masajes y fue en ese momento cuando Sandra levantó lentamente su mano derecha y yo me quedé quieta, porque presentí que ella detendría mi mano causante de ese masaje insolente, pero no fue así. La mano derecha de Sandra paso por sobre su hombro y comenzó a rozar con suavidad pero sin equívocos mi teta izquierda por sobre mi blusa. Ella me estaba acariciando francamente. Lo que sentí en ese momento es difícil de describir. Ella estaba respondiendo en forma espontánea a mis maniobras con una caricia franca, que si bien no tenía la audacia de mis masajes, era una señal inequívoca que deseaba un acercamiento físico conmigo, que había entrado en un terreno de comunicación erótica que era el mundo en que yo me había sumergido desde días , desde que había llegado. Me sentía desfallecer, pero al mismo tiempo quería controlarme porque no podía destruir por impulso la maravilla de su respuesta . Así continué con el masaje como le estaba haciendo, pero ahora abandone francamente su cabello y mis dos manos avanzaron hacia sus pechos. Ni toda mi imaginación afiebrada de mis noches de masturbación pensando en su cuerpo, igualaban a la sensación arrolladora de tener en mis manos esos pechos divinos. Sus pezones recibieron mis caricias con una presencia grande y dura que era una muestra fehaciente de una excitación en pleno desarrollo. Fui abriendo su blusa con pausa, ahora quería demorarme lo suficiente en cada movimiento, de modo que cuando abrí el último botón y esas maravillas quedaron libres para mi, la tensión en mi cuerpo estaba a punto de estallar. Sandra dejo de acariciar mi teta izquierda y tirando de mi brazo me hizo salir para llevarme frente a ella y con una diligencia que me pareció extraña desabrochó mi falda y me dejó con mis pequeños calzones y de pie. Entonces separe las piernas y me senté a horcajadas sobre sus muslos , me desprendí de la blusa y me abrace a Sandra que se movió lo preciso para que nuestras tetas buscarán su acomodo en medio de unas sensaciones táctiles que retumban con eco repetido en mi vientre. Por primera vez nos miramos a los ojos y ella debe haber visto en los míos la misma pasión incontenible que reflejaban los suyos. Busque su boca entreabierta y nos fundimos en nuestro primer beso, una hoguera llena de promesas, unas suavidades infinitas, unas lenguas locas, tan locas como nuestras manos que se buscaban por toda la superficie de nuestros cuerpos. Fue el inicio de una dicha arrolladora y diferente.