Esa noche estaba solo en la casa, aburrido y sin saber qué hacer. Una idea rondaba por mi cabeza, pero el miedo y la incertidumbre no me dejaban dar el paso adelante. Esa noche lo cambió todo. Entré en esa aplicación de citas para hombres. El corazón latía con fuerza; no sé si era por miedo o excitación. Creé mi perfil y en segundos me hablaron. Era un hombre algo mayor que yo. En aquel entonces yo tenía 35 años. Él me invitó a ir a su casa y yo accedí a ir. De camino a su casa mi mente iba a mil por hora y mi corazón latía intensamente.
El taxi olía a pino de esos que cuelgan del espejo. Yo iba en la parte de atrás, con el celular apretado en la mano, leyendo una y otra vez el chat. Su nombre era Héctor. Cuarenta y ocho. Foto de un hombre moreno, barba recortada, mirada calma. Me había escrito: Si quieres venir, no hay prisa. Si te arrepientes en la puerta, también está bien.
Esa frase me había hecho aceptar.
Yo no era un chico. Tenía treinta y cinco. Piel morena, cabello negro, ojos oscuros. Un cuerpo de hombre que se había tocado mil noches pensando en otros hombres y que nunca, nunca, había cruzado la puerta de uno. Había habido besos a medias, un bar demasiado ruidoso, una mano en un baño que no llegó a nada. Y después, la casa vacía. El silencio. La idea dando vueltas como un insecto contra el foco.
El edificio era de los de siempre: portón negro, un perro ladrando lejos, la luz del pasillo con un tubo parpadeando. Subí. El corazón se me iba a salir. Me detuve en el descanso, respiré, me miré en el vidrio de una ventana: la camisa un poco arrugada, los ojos brillosos. Pensé en darme la vuelta. En bajar. En pedirle al taxista que me esperara.
Toqué.
Héctor abrió a los dos segundos, como si hubiera estado detrás de la puerta. Más alto que yo. Más ancho. La camisa clara arremangada. Una sonrisa chica, sin hambre de tragar. Me miró y, por un instante, yo fui solo un hombre de treinta y cinco con las manos sudadas.
—Camilo —dijo, y mi nombre en su boca me aflojó algo en el pecho—. Pasa. Si quieres agua, hay. Si quieres irte, la puerta queda abierta.
Entré.
El departamento olía a café y a jabón. Una lámpara baja. Un sofá oscuro. Música suave, casi nada. No había velas ridículas ni copas preparadas como trampa. Había una mesa con dos vasos y una botella de vino que ni siquiera estaba abierta.
—¿Primera vez que vienes a la casa de alguien de la app? —preguntó, sin burla.
Asentí. Se me quebró la voz al decir que sí.
—Está bien —dijo—. Entonces vamos despacio.
Nos sentamos. Me sirvió agua primero, después vino. Hablamos de tonterías: el tráfico, el calor, un equipo de fútbol. Yo lo miraba la boca cuando él no me miraba. Él tenía una risa baja, de hombre que ya no necesita demostrar nada. A los veinte minutos yo todavía tenía el corazón en la garganta, pero ya no era solo miedo. Era esa otra cosa. Esa que me había hecho crear el perfil.
—¿Por qué esta noche? —preguntó.
Me encogí de hombros. Me salió la verdad, rara, sin maquillaje.
—Porque estaba solo. Y porque si no lo hacía hoy, iba a seguir aplazándolo hasta los cuarenta. Hasta los cincuenta. Hasta que se me pasara la vida.
Héctor asintió, lento, como si conociera esa frase por dentro.
—Yo también tardé —dijo—. Por eso no te voy a apurar.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso. Yo dejé el vaso. Él dejó el suyo. Nuestras rodillas se tocaron. Un roce. Yo no retiré la mía. Él tampoco.
—¿Puedo? —preguntó, y se inclinó.
Lo dejé.
El primer beso fue lento. Labios secos al principio, después húmedos, después hambre contenida. Me tomó la cara con una mano grande, el pulgar en la mejilla, y yo cerré los ojos. Me temblaba todo. Me temblaba la boca. Me temblaba el muslo. Cuando su lengua me buscó, se me escapó un sonido que me dio vergüenza y me excitó al mismo tiempo.
—Estás temblando —susurró contra mis labios.
—Lo sé.
—¿Quieres que pare?
—No. Por favor, no.
Me besó más. Me recostó en el sofá con una calma que me desarmaba. Su barba me raspó la mandíbula, el cuello. Yo le agarré la camisa, lo traje encima, y sentí su peso: un hombre, de verdad, caliente, sólido, con el pecho amplio contra el mío. Se me paró de inmediato, doloroso, apretado en el pantalón. Él lo notó. No se rió. Me pasó la palma por encima de la tela, despacio, y yo arqueé la cadera, buscando más, como si el cuerpo hubiera estado esperando esa mano desde siempre.
—Lindo —dijo, bajito—. Morenito. Los ojos así de oscuros… te vi en la foto y supe que si venías, iba a quererte cuidar.
Esa palabra —cuidar— me destrozó un poco. Me besó otra vez, más hondo. Me desabotonó la camisa. Recorrió mi pecho con la boca, el vello, el abdomen. Yo le enterré los dedos en el cabello, ya canoso en las sienes, y me dejé. Por primera vez en treinta y cinco años, me dejé.
—Ven —dijo.
El cuarto estaba en penumbra. La cama grande. Yo me quité los zapatos con torpeza de adolescente, y eso me hizo reír, nervioso. Él sonrió. Se quitó la camisa. El pecho ancho, moreno también, un poco de panza de hombre que come y vive, y a mí se me hizo agua la boca. Lo toqué. Le besé el pecho. Bajé. Me arrodillé porque el cuerpo me lo pidió, no porque nadie me lo ordenara.
Le abrí el pantalón. Lo saqué. Estaba duro, grueso, caliente en la palma. Lo olí. Lo besé por el palo. Me lo metí a la boca con hambre y con miedo, saliva, ganas, inexperiencia. Él jadeó y me acarició el cabello negro, sin empujar.
—Así, Camilo… despacio. No tienes que tragártela toda. Mírame.
Lo miré. Con la verga en la boca, los ojos oscuros llenos de agua, y él me miraba como si yo fuera algo valioso, no un perfil de tres fotos. Me chupé lo que pude. Me tocaba yo mismo por encima del pantalón, urgente. Él me levantó, me besó con sabor a él, y me recostó.
Me desnudó del todo. Me recorrió con la mirada: el pecho, la verga palpitándome contra el vientre, los muslos. Me dijo que estaba hermoso. Nadie me había mirado desnudo así, sin prisa, sin burla.
Me tomó en la boca. Caliente. Hondo. Lento. Yo me tapé la cara y me destapé, porque quería verlo. Un hombre mayor entre mis piernas, chupándome con ganas, una mano en mis huevos, la otra abriéndome un poco las nalgas. Se me escapaban gemidos que yo no sabía que tenía. Cuando un dedo, húmedo, me rozó atrás, se me cortó la respiración.
—¿Sí? —preguntó.
—Sí. Pero… despacio. Nunca…
—Nunca —repitió, y lo dijo con una ternura sucia—. Entonces te abro rico. Y si duele mal, paramos.
El lubricante frío. Un dedo. El ardor. La extrañeza. Después el placer, lejos, como una luz. Dos dedos. Yo me abría las piernas solo, ya sin tanto miedo, el corazón latiéndome igual de fuerte pero por otra cosa. Él me besaba la boca mientras me follaba con los dedos, y me decía cosas bajas, pegadas al oído:
—Qué rico te sientes por dentro. Qué apretado. Te he pensado desde que me hablaste. Venirte a mi cama, temblando, y dejarte.
—Héctor… —le pedí—. Métetela. Quiero… quiero saber.
Se puso el condón. Me puso un cojín debajo. Se colocó entre mis piernas y empujó, milímetro a milímetro. Ardió. Me llenó. Yo le clavé las uñas en los hombros y él se quedó quieto, besándome los ojos, esperándome. Cuando asentí, empezó a moverse. Lento. Hondo. Cada embestida me sacaba el aire y me lo devolvía. El cuarto se llenó de nosotros: piel, cama, mi nombre, el suyo.
—Más —dije, cuando el dolor se volvió otra cosa.
Entonces se puso un poco sucio, sin dejar de ser tierno. Me dobló las rodillas. Me folló más firme. Me escupió en la boca y me besó después. Me dijo que era su puto lindo de esa noche, su moreno, que me iba a coger hasta que se me olvidara el miedo. Yo le dije que no parara. Que me usara. Que me mirara. Que por favor no me soltara.
Me masturbaba al ritmo. El orgasmo me subió desde atrás, desde el fondo, y me recorrió el vientre moreno de un golpe. Me vine en silencio primero, y después con un gemido que me salió de años. Me apreté alrededor de él. Héctor maldijo, se aceleró, se quedó temblando hondo y se vino con un sonido ronco contra mi cuello, como un hombre que también había esperado.
No se salió de inmediato. Me pesaba encima, caliente, real. Me besó la sien. Me limpió el semen del abdomen con la mano, lento, y se la lamió sin asco, mirándome.
—¿Estás bien?
Reí, ronco, con los ojos llenos.
—Estoy… vivo. Creo que por primera vez.
Él se recostó a mi lado. Me atrajo de espaldas contra su pecho. Me cubrió con la sábana. Afuera, un perro. Un motor. La ciudad que no sabía que yo, Camilo, de treinta y cinco, acababa de dejar de ser el hombre que se quedaba en la casa, aburrido, con una idea que no se atrevía a tocar.
—Puedes dormirte —dijo—. O puedes irte. O puedes quedarte y en la mañana te hago café.
Me quedé.
No porque ya no tuviera miedo. El miedo seguía ahí, chiquito, en el fondo. Me quedé porque su brazo en mi cintura pesaba bien. Porque mi corazón, por fin, latía de algo que no era solo incertidumbre. Porque esa noche, de camino a su casa, yo iba a mil por hora… y ahora, en su cama, la cabeza se me había callado.
Antes de dormirme, le besé los dedos.
—Gracias por escribirme en segundos —susurré.
Héctor rió, bajito, contra mi cabello negro.
—Gracias a ti por tocar la puerta.
Apagué el celular. No miré la app. No hacía falta. Esa noche lo cambió todo, y yo, por primera vez, no quise deshacerlo.
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