Como sabréis, vivo en un camping porque mi ex, con mentiras, forzó que el juez preventivamente me hiciera salir de la casa. Mi abogado me dijo: «Calma, no hagas nada, recoge y sal».

He estado dos años hasta que al final el juez me devolvió mi propiedad. No dio más plazos y le comunicó al abogado que debía depositar todas las llaves en 24 h en el juzgado, y tenía orden de alejamiento de la casa y de mí. Me citaron, me dieron las llaves y fui a mi casa.

Entré en casa, me fui a la ducha y saltó la alarma. Salí rápido: era mi ex dentro de casa.

—¿Qué haces aquí? No puedes entrar, lo tienes prohibido.

—Tengo que recoger mis cosas.

—No puedes llevarte nada de aquí.

La empujé en dirección a la puerta, negándose a salir, y me asaltó una idea perversa. La llevé a la cama, le abrí la blusa, rota, le quité el sostén, le quité la falda y le rompí las bragas.

—No te atreverás.

La tiré en la cama, la puse de lado, le levanté una pierna hasta apoyarla en mi brazo y le clavé mi polla. La empotré, con rabia, sin amor, solo fuerza. Ella gritó:

—¡Eres un animal!

—Como un animal te voy a tratar.

La até a la cama de pies y manos, le metí la polla en el coño y me meé dentro de ella. La saqué, le tapé la nariz y, al abrir la boca, le puse el grande en sus labios y me volví a mear. Ella tragando. Paré y la meé toda: su cara y sus tetas. Se la metí en el coño y la llené de leche. Llamé a mi abogado:

—Dime.

—Ha entrado mi ex a casa. La tengo dentro y grabada. El lunes pondremos una denuncia, con la grabación. Irá a la cárcel.

Ella escuchando.

—Adiós —y colgué.

La miré.

—No lo harás.

—Ya lo creo.

La desaté.

—Y ahora chúpame y fóllame.

Me lamió la polla, los huevos, se puso encima de mí y comenzó a cabalgar como una posesa. Me corrí.

—Llama a tu madre y a tu hermana y explícales lo que has hecho: entrar en mi casa y que vas a ir a la cárcel.

—Pásamelo —dijo la madre—. ¿Qué podemos hacer?

—Venir a mi casa. Su hermana está fuera.

—Voy yo.

Una hora después llegó la madre.

—Pasa.

Miró a la hija y no dijo nada. La besé y le metí la mano en las bragas, apretando su coño.

—Entiendo. El precio no es dinero, es ser tu puta. ¿Cuánto tiempo?

—Un mes. Tú, mi ex y su hermana. Las tres. Sí, sin tabúes. No quiero un no.

—De acuerdo.

La madre, una mujer altiva. La desnudé, le comí la boca, me puse en sus tetas, le mordí el pezón, lo lamí y lo succioné. Al rato le subió su leche, bebiéndola. Seguí con el otro. Al rato empezó a gemir y se corrió. Lo noté. Ella callada. La abrí de piernas y la empotré. Gritó:

—¡Bestia!

La metí más adentro. Gemía. Volvió a correrse. Yo seguía metiendo mi polla dentro de su coño y miraba a mi ex, que no decía nada, solo miraba.

Yo con ganas de llenarla de leche y que su coño chorreara mi leche. Le di la vuelta y se la clavé en el coño, mi dedo en su culo. Ella gritando y gimiendo:

—¡Basta, animal, no puedo más!

Me fui a por mi ex, le puse la polla en la boca.

—Lámela.

La madre mirándola. Le bajé la polla y se la metí de golpe. Gritó. Mi polla estaba a punto de correrse. Empujé fuerte y me corrí en el coño de mi ex. Aguanté, me fui para la madre, le abrí de piernas y terminé de correrme en su coño.

—Podéis iros —dirigiéndome a la madre—. Que me llame tu hija cuando vuelva.

Dos días después me llama su madre: que la hermana no pensaba ir a mi casa.

—Voy yo por ella o las dos.

—Ven tú. En una hora voy.

Llegó, picó a la puerta. Abrí, fue cerrar la puerta y la besé pegándome a ella. Le abrí la camisa y salieron sus tetas sin sujetador. Empecé a besarlos. Me la llevé a la cama, la desnudé y seguí comiéndole el pecho. Lo mordí y lamí hasta que sentí su leche.

Ella había bajado la mano y había cogido mi polla. Yo volví a besarla y noté sus labios abiertos y su lengua. La mordí suave y me deslicé hasta el otro pecho, mordiéndolo y sintiendo de nuevo su leche.

Ella no decía nada, solo me miraba. Bajé hasta su coño, le metí la lengua, después besé sus labios vaginales, se los mordí. Ella se contenía en sus gritos, pero sus gemidos delataban su placer. Subí hasta su boca, se la lamí y le dije:

—Ponla dentro de tu coño.

Noté su calor en mi glande. Empujé y la metí dentro. Cuando la sintió dentro empezaron sus gritos y gemidos.

Empecé a meterla y sacarla con golpes de cadera fuertes para que sintiera mi polla entrar dentro de ella. Aumentaron sus gritos y gemidos y solo dijo:

—Me corro.

Yo seguí empujando, metiendo y sacando rápido para darle más placer.

—Me corro, me voy a mear.

—Hazlo.

Con lo que empujé todavía más fuerte. Le llegó el squirt tan fuerte que gritó al tiempo que le resbalaron lágrimas por su mejilla.

No dijo nada. Me puse en la cama boca arriba, la miré.

—Fóllame.

Se puso encima de mí, cogió la polla y se la metió en el coño, moviéndose para que entrara. Empezó a cabalgar, sus manos en mi pecho. La atraje hacia mí y la besé, le metí la lengua. Ella solo abrió la boca. Tal como estaba la empotré fuerte, notando sus gritos contenidos y sus gemidos.

Sentía su coño caliente, sus jugos encima de mi polla, que los sentía porque mi polla entraba mejor aunque le llenaba las paredes de su vagina. La notaba mojada. Incrementé mis empujes. Ella empezó a contraerse, aumentando sus gritos y gemidos.

—Me corro, me vuelvo a correr.

La puse de medio lado, levanté su pierna y se la metí de nuevo fuerte, empotrándola. Dobló la almohada y se la puso en la boca. Acto seguido un grito de placer incontrolable. Mi dedo se lo metí en el culo, le empecé a masturbar su culo.

Su boca ahogaba sus gritos, su cuerpo no paraba de temblar.

—Me corro.

No paré. Seguí empotrándola aumentando el ritmo. Se estaba corriendo. Poco después le llegó el squirt. Notaba en mi polla su coño muy caliente. Le dije:

—Me corro.

Y mi polla empezó a escupir leche dentro de su coño.

La saqué llena de sus flujos y de mi leche. Fue sacarla y salió la leche. Me puse delante de su coño para verle salir mi leche, y volví a empotrarla, sin dejar de mirar su cara.

En eso sonó su móvil. La otra hija:

—¿Vas a venir?

—No lo sé —dijo—. Estoy pagando la deuda.

La hija sentí que me decía:

—Puedes dejarlo ya.

—Lo dejaré cuando tú vengas.

—No lo haré —y colgó.

Me levanté. Fuimos a la ducha, nos duchamos. No la follé, solo le dije:

—No es necesario que vengáis más. Doy por terminada la deuda.

No dijo nada. Se vistió y se fue.

Me daba lástima, pero dejé el camping. Terminé de poner en orden mi casa. Sonó el timbre. Abrí la puerta y estaba la hermana.

—¿Puedo pasar?

—No —le dije.

Pero se coló dentro. La veía seria, cabreada, de mal humor. Malo, pensé. Puse a grabar las cámaras.

—Tú dirás.

—He venido a decirte lo cabrón que eres. Que hicieras pagar a tu ex su comportamiento lo puedo entender, pero te has follado sin miramiento a mi madre, que nada tenía que ver. ¿Sabes por qué? Por como me ha mirado por encima del hombro desde que me vio. Y yo, menos mal que no vine. Ya está acabado, puedes irte, y no volváis por aquí. Y para esto, con una llamada evitamos que ahora te presentes. He dejado tiempo porque seguro que si hubiera venido antes me hubieras follado.

—¿Y qué te dice que no lo voy a hacer?

Me acerqué a ella.

—Ni lo intentes.

La atraje hacia mí y la besé con pasión. Le metí la mano debajo de la camiseta buscando su pecho y apretando su pezón.

—Sabes que te voy a follar.

Le quité la falda, las bragas y la camiseta.

—Desnúdame.

Cuando me quitó el pantalón se quedó mirando la polla. La besé, le mordí el pezón y lo lamí, succionándolo. Deseaba sentir y tragar su leche. Al poco noté la leche en mi lengua. Succioné más para subirle toda la leche.

—Me corro.

La besé y me fui a por el otro. Pero antes le metí el dedo en el coño, sacándolo mojado, y le unté el pezón. No paré hasta que sentí su leche.

—No pares, que me corro de nuevo. Ya me viene.

Mientras terminaba su corrida, le lamí su canal y llegué a su coño. Le abrí los labios y le metí la lengua, mi mano en su pezón dándole apretones. Gemía de placer.

—Fóllame ya.

Le puse la polla en la entrada del coño y empecé a empujar. La cabeza de mi polla abriendo paso. La empotré con un fuerte golpe, que ella respondió con un grito y más gemidos. Seguí dándole fuerte, mirando sus ojos lagrimosos. La empotré de nuevo, con fuerza, entrando y saliendo hasta que dijo:

—Me corro, Dios, me corro.

Incrementé la velocidad porque sabía que estaba al borde de su squirt. Llegó de golpe. Gritó de nuevo:

—Me muero, me meo.

Y siguió gritando:

—No puedo más, no puedo respirar.

Le dejé espacio para que se recuperara.

—No pienses que ya he terminado.

La puse de lado, levantando su pierna, y se la clavé, fuerte, duro. Gritó. Empecé a moverme con rapidez, sacando y metiendo, sin parar.

—No aguanto.

Le vino otro squirt. Sus meados me llenaron. Me miró. Solo eso.

Me acerqué a ella, la besé. Bajé a sus pechos, se los acaricié, lamiéndolos muy suave. Le metí la polla despacio y empecé a follarla con pasión. Me abrazó y me besó. Unas lágrimas resbalaron por su mejilla. Se las lamí. La volví a besar y le dije:

—Me voy a correr.

—Hazlo.

—¿Estás bien?

Se levantó, se vistió y salió por la puerta.