Entre la basura I

Me llamo Lila, he llegado a las 18 primaveras sobre este mundo. Dicen que soy bella, aunque cuesta creerlo cuando el polvo se me pega a la piel desde que amanece y el hollín se me mete en el pelo antes de que me dé tiempo de peinarlo. Tengo el cabello largo y oscuro, como la noche sin estrellas, que se me enreda con facilidad y que suelo recoger con trozos de cuerda o tiras de tela vieja para que no me estorbe; cuando me lo lavo, rara vez, se ven brillar hebras que parecen de cobre bajo el sol. Mis ojos son grandes y de color café profundo, como la tierra mojada, y mis pómulos se marcan mucho —no por belleza, sino porque a veces pasa más tiempo del que debiera entre una comida y otra. Tengo la piel morena, tostada por un sol que quema sin piedad, llena de pequeños rasguños, manchas de grasa y polvo que cuesta mucho quitar, y en las manos, las uñas siempre rotas y sucias, endurecidas por jalar, cargar y rebuscar día tras día.

Soy esbelta, de estatura mediana, y mis ropas son siempre retazos remendados, tan gastadas que apenas se distingue su color original; llevo sandalias atadas con alambre, o a veces camino descalza sobre la tierra y los escombros.

Vivimos aquí, en medio del tiradero más grande que alcanza la vista, donde el humo nunca se aleja del todo y el aire huele a cosas podridas, plástico quemado y lluvia sucia. Somos cuatro: yo, mi madre, que aún siendo joven parece haber envejecido de golpe por el cansancio y la pena, y mis abuelos, ya ancianos, cuyas manos tiemblan y apenas pueden caminar, pero que me miran siempre con ojos llenos de ternura y tristeza. Mi madre trabaja desde que sale el sol hasta que se oculta, cargando lo que yo no puedo, y por las noches tose sin parar, con el pecho lleno de ese humo que no se va.

Mis abuelos nos dieron lo poco que tienen: su presencia, sus historias de cuando el mundo no olía así, y su amor, que es lo único que aquí no nos falta. Vivimos todos juntos, apretados, en una casucha que armamos con nuestras propias manos: paredes de láminas de cartón y hojalata reciclada, que crujen cuando sopla el viento; el techo es de lonas viejas y trozos de plástico que se filtran cuando llueve, dejando que el agua empape todo el piso, que no es más que tierra apisonada. En una esquina hay un lecho de cartones y trapos viejos donde dormimos todos juntos para darnos calor; en otra, tres ladrillos forman nuestra cocina, donde a veces logramos calentar agua o cocinar algo con lo que encuentro. No hay puerta, solo una cortina de tela rota que nos separa un poco de todo lo demás, y cuando hay viento fuerte, todo se llena de polvo y basura.

Afuera, el tiradero se extiende hasta donde alcanzan los ojos: montañas de bolsas rotas, latas oxidadas, botellas rotas, restos de muebles viejos, juguetes sin piezas, ropa desgarrada y cosas que nadie quiso. Por todas partes se ven gaviotas y perros flacos que nos disputan lo que sirve, y a lo lejos, columnas de humo gris que se elevan lentamente. El sol brilla sobre todo eso y hace que el aire se vuelva pesado, denso, y cuando llueve, todo se convierte en un lodo espeso que se nos pega a los pies y que cuesta mucho arrancar.

Yo me levanto antes de que salga el sol, cuando todavía hace frío y todo está en silencio, y salgo con mi costal sobre la espalda y un palo en la mano. Camino entre los montones, apartando lo que no sirve, cuidándome de los vidrios rotos y las cosas cortantes, buscando lo que todavía tiene algún valor: latas que luego vendemos por peso, trozos de metal o de alambre, cartón limpio, botellas que se pueden lavar y volver a vender, juguetes que se pueden arreglar, libros que alguien tiró y que yo leo una y otra vez, hojas en blanco, ropa que aún puede remendarse. Cada cosa que encuentro la guardo con cuidado, como si fuera un tesoro, porque lo es: con eso compramos unas cuantas monedas, con eso compramos un poco de maíz, frijol o leche, con eso mantenemos a mi madre y a mis abuelos. A veces encuentro algo hermoso —un collar roto, una caja bonita, una tarjeta con una flor dibujada— y lo guardo para mí, para olvidar un momento dónde estoy, para imaginar que algún día las cosas serán distintas.

Así paso mis días: caminando, mirando, recogiendo, soñando entre montañas de desechos, mientras miro el cielo gris y espero que el viento sople lo suficiente para alejar el humo y dejarme ver, aunque sea un instante, las estrellas que mi abuela dice que hay arriba. Y aunque aquí todo parece acabado y olvidado, yo sigo buscando: no solo lo que sirve para vender, sino también algo que me diga que aún hay algo bueno en este lugar, algo que valga la pena guardar.

Si hay algo que hace que cada día valga la pena, algo que no me abandona ni cuando el aire se vuelve insoportable o cuando llueve sin parar, es él: mi único amigo, mi sombra fiel, un perro criollo de tamaño mediano, tan flaco que se le marcan todas las costillas, pero fuerte y resistente como pocos. Tiene el pelaje revuelto, de tonos mezclados de café y negro, manchado aquí y allá con blanco sucio, y los ojos vivos, brillantes, siempre atentos a mis pasos, siempre listos. No lleva nombre, o tal vez se lo olvidó quien lo tuvo antes; yo solo lo llamo compañero, y parece entenderlo perfectamente.

Va conmigo a todas partes, sin que yo tenga que llamarlo. Camina a mi lado, a veces adelantándose un poco, olfateando entre los montones de basura, vigilando que ningún perro más grande o extraño se me acerque demasiado; cuando aparto los desechos con mi palo, él me ayuda apartando con el hocico, cuidándome de vidrios rotos o cosas cortantes, y si encuentra algo que le parece que podría servirme, me ladra suavemente y me mira, como diciendo mira, aquí hay algo. Cuando me siento a descansar o a comer lo poco que llevo, se echa a mis pies, recostando la cabeza sobre mis rodillas, y me mira con una ternura que me llena el pecho, como si supiera cuánto necesito su compañía.

Pero nunca se queda con nosotros en la casucha. Al caer la tarde, cuando regreso a casa y me dispongo a entrar, él se detiene a unos pasos, mueve la cola una sola vez y me mira, como despidiéndose. Se aleja entonces, con paso tranquilo y seguro, hacia un lugar que él eligió: un hueco bajo unas láminas oxidadas y amontonadas, bastante lejos de nuestra vivienda, donde nadie lo molesta y donde se refugia del viento y la lluvia. Allí pasa las noches, solo, vigilando desde lejos. Y apenas empieza a clarear el día, cuando yo salgo con mi costal, ya lo encuentro esperándome justo donde nos separamos ayer, con la cola moviéndose y los ojos alegres, listo para acompañarme otra vez, sin que jamás falte ni se atrase.

Es extraño, pero así es: él elige su propio refugio, duerme lejos, y sin embargo es lo más cercano y constante que tengo en el mundo. No vive conmigo, pero vive para mí —y yo para él—, unidos por caminos que recorremos juntos, bajo este cielo gris, entre todo lo que el mundo tiró y nosotros recuperamos.

No tengo a nadie más de mi edad. Ninguna chica con quien compartir risas, ni cuentos, ni quien me enseñe o me diga qué se siente al crecer. Aquí todos son viejos, o cargan penas tan grandes que no les queda tiempo para ser jóvenes. Por eso, lo que siento por él es algo que va mucho más allá de ser su dueña o su amiga: es como si fuéramos dos mitades de lo mismo, como si hubiéramos nacido para caminar juntos, sin necesidad de palabras.

A veces me quedo mirándolo mientras olfatea entre los escombros o descansa a mis pies, y siento algo tan grande y tibio en el pecho que casi me cuesta respirar. No es solo cariño, ni gratitud por su compañía. Es algo más hondo, algo que no sé explicar bien, que no alcanzo a comprender del todo. Siento que él sabe lo que pienso sin que yo hable, que adivina mis tristezas antes de que se me llenen los ojos de lágrimas, que cuando me mira me está diciendo que no estoy sola en este mundo, que mientras él camine a mi lado, habrá al menos un lugar donde soy importante. Es como si su alma y la mía se entendieran sin necesidad de ruido. Cuando estoy triste, se echa a mi lado y apoya su cabeza en mi pierna, y no se mueve hasta que yo dejo de llorar. Cuando me alegro y canto bajito entre los montones de basura, mueve la cola y me mira alegre, como si también él disfrutara mi voz. Sé que no es persona, sé que es un perro, pero para mí es mucho más: es el único que no me juzga, el único que no me ve sucia ni pobre ni desamparada, el único que me mira como si yo fuera lo más valioso que existe en este tiradero, en este mundo entero.

A veces me pregunto si esto que siento es normal, si alguien más querrá así a un animal, y no encuentro respuesta. Solo sé que su presencia llena cada rincón vacío de mi corazón, que su cercanía me da fuerzas para seguir cada mañana, y que cuando se aleja a dormir a su rincón bajo las láminas, siento como si se llevara una parte de mí con él. Y cuando regresa al amanecer, siempre fiel, siempre esperándome en el mismo lugar, siento que el corazón se me hincha de amor, de ese amor que no sé nombrar, que no logro entender del todo, pero que es lo más hermoso y lo más mío que tengo.

Un día, entre los montones más altos de desechos, escuchamos de pronto ladridos y alboroto, mucho ruido y carreras. Al levantar la vista, vi llegar una manada entera de perros, grandes y pequeños, todos corriendo tras una perrita que huía asustada, tratando de zafarse de ellos. Daba lástima verla: agotada, acorralada, rodeada por todos esos machos que la perseguían sin dejarla descansar, empujándose unos a otros por llegar primero, por quedarse con ella. Eran muchos, y ella era una sola; no tenía adónde ir, ni quién la ayudara.

Miré entonces a Compañero. Se había quedado quieto a mi lado, pero su cuerpo estaba tenso, rígido como una tabla, con las orejas erguidas y el pecho inflado. Lo sentí temblar junto a mí, no de frío, sino de algo mucho más fuerte: respiraba acelerado, con la mirada fija en la manada, y de vez en cuando soltaba un gemido grave, ahogado, que se le quedaba atorado en la garganta. Quería irse, lo vi claro: daba un paso adelante y luego se detenía, volvía a mirarme, y luego miraba a la perrita, y sus ojos se llenaban de algo que parecía dolor y rabia y anhelo todo junto.

Yo lo entendí. Lo comprendí de golpe, sin que nadie me lo dijera, como si su corazón hablara directamente al mío. Sabía lo que le pasaba: sentía esa fuerza que lo empujaba hacia ella, ese deseo que no sabía explicar pero que le quemaba las venas. Y a la vez, sabía que no podía acercarse. Vio cómo los perros más grandes y fuertes la rodeaban, cómo no dejaban que nadie más se les aproximara, cómo se adueñaban de ella como si fuera suya por derecho de fuerza. Y no solo de ella: vi en su mirada que entendía que así sería siempre. Había muy pocas hembras en todo el tiradero, y los más rudos las acaparaban todas, sin dejar oportunidad a nadie más, especialmente a uno tan delgado y sin la misma fiereza de aquellos.

Comprendí entonces su sufrimiento. No era solo que quisiera a aquella perrita en particular; era que sentía que algo en él se despertaba y le pedía compartir la vida, el calor, la compañía con alguien de su especie... y que le estaba vedado. Vio que jamás tendría oportunidad, que siempre habría otros más grandes, más fuertes, que se lo llevarían todo por delante. Se quedó allí, inmóvil, apretando los dientes y dejando escapar de vez en cuando ese quejido hondo, mientras sus ojos se llenaban de una tristeza tan profunda que dolía verla. Se acurrucó contra mi pierna, escondiendo el hocico entre sus patas, como si quisiera ocultar lo que sentía. Y yo acaricié su cabeza, su pelaje áspero, y sentí que nos entendíamos más que nunca: ambos sabíamos lo que era querer algo y no poder alcanzarlo, ver a los demás tomar lo que uno anhela, y quedarse quieto, sin poder hacer nada, esperando. Él no podía tener a esa perrita, ni a ninguna otra, porque el mundo de allá afuera, igual que el mío, estaba hecho de manera que los más fuertes se quedan con todo... y los demás, solo nos queda mirar y esperar.