La víspera de su boda, la mansión era un sepulcro de mármol blanco. Valeria estaba de pie frente al inmenso ventanal de la suite nupcial, envuelta en un camisón de seda que se adhería a su piel como una segunda capa de hielo. Afuera, la luna llena bañaba los jardines impecables. Adentro, el vestido de novia, un monstruo de encaje francés y pedrería, colgaba de un maniquí como una sentencia de muerte.

Habían pasado semanas desde aquella amarga despedida en el motel. Valeria había aceptado su destino con la frialdad de quien ya no tiene alma.

De pronto, un soplo de viento helado movió las pesadas cortinas. Valeria se giró lentamente. La sangre se le heló en las venas y, un segundo después, comenzó a arder con un