Daniel permanecía sentado en el confesionario con la respiración todavía agitada. La propuesta de la mujer del escote seguía resonando en su cabeza como un eco cálido y peligroso. “Podría servirle… como Dios manda.” Cada vez que cerraba los ojos veía aquel trasero pesado y bamboleante alejarse entre los bancos, la falda moviéndose con un ritmo hipnótico. Tuvo que apretar los muslos con fuerza para que la erección no volviera a levantarse del todo. Se obligó a salir, a barrer de nuevo el polvo inexistente del altar, a rezar un rosario completo de rodillas sobre la piedra fría. Nada servía. La oferta seguía clavada en el pecho como una espina dulce.
Había pasado un buen rato cuando la puerta de la iglesia chirrió otra vez.
Entró un hombre de mediana edad, de complexión robusta, ropa sencilla de campesino y rostro serio. Daniel sintió un alivio inmediato. Un hombre. Al menos con un feligrés masculino no tendría que luchar contra las mismas tentaciones carnales. Sonrió con sinceridad cuando el visitante se acercó, le estrecho la mano y lo felicitó por su primera misa.
—Es una alegría tener un sacerdote tan joven y cercano para la comunidad, padre —dijo el hombre con voz grave.
—Gracias, hijo. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Desea un momento de oración o prefiere que le deje espacio?
El hombre bajó la mirada un instante, incómodo.
—En realidad… quisiera confesarme. Si no está muy ocupado.
—Adelante. Puedo escucharlo sin problemas.
Daniel entró en el confesionario. El hombre se arrodilló al otro lado, se santiguó y comenzó con las palabras de costumbre.
—Ave María Purísima…
—Sin pecado concebida. Habla, hijo. Sin miedo.
El hombre suspiró profundamente.
—Señor… siento que he obrado mal. O que he carecido de mano dura con una de mis hijas. Desde niña la consentí porque era buena: obediente, aplicada en la escuela, respetuosa. Nunca nos dio problemas. Pero ahora que es mayor de edad… ha crecido muy bien. Demasiado bien. Y ese es el problema. Lo he visto con mis propios ojos.
Daniel frunció el ceño ligeramente.
—¿A qué se refiere exactamente? Cuénteme con claridad.
—Mi hija… aunque sigue siendo obediente, desde que se juntó con ciertas amigas se ha alejado del camino de la fe. Ahora se baña al aire libre sin ningún pudor, junto al pozo, completamente desnuda. Duerme sin sábanas, abierta sobre la cama. Y dentro de casa anda como Dios la trajo al mundo. Varias veces la he reprendido, pero su madre está de su lado. Dicen que creen en la libertad del cuerpo y del alma. Al parecer fue mi hija quien le metió esas ideas a su madre. Las dos andan desnudas por la casa casi todo el día. Yo… le doy amor a mi esposa donde ella quiera: en el comedor, en la sala, contra la mesa de la cocina… y mi hija lo ve todo. No dice nada. Solo mira. Algunas veces ha preguntado si puede unírsenos. Yo le he dicho que no, de forma drástica. Pero entonces mi esposa me regaña. Me dice que si la muchacha no aprende a complacer a un hombre, jamás podrá casarse bien. Padre… es un secreto que he cargado solo. Ahora se lo confío a usted. Ayúdeme.
Daniel sintió cómo la sangre abandonaba su rostro y se concentraba de golpe entre las piernas. La imagen se formó con una nitidez brutal: la hija adulta, desnuda, de piel suave y curvas ya formadas, caminando por la casa; la madre igualmente desnuda; el padre embistiendo a la esposa sobre la mesa mientras la joven observaba en silencio… y después la pregunta de ella, suave, casi inocente, de si podía unirse.
La voz de Daniel salió más baja de lo normal.
—Necesito… entender mejor la situación para poder orientarlo. ¿Cómo es… exactamente? Cuando usted y su esposa están juntos delante de ella… ¿qué ocurre? ¿Qué ve su hija? ¿Cómo reacciona?
El hombre, creyendo que el sacerdote pedía detalles por rigor pastoral, empezó a hablar con más soltura.
—Pues… mi esposa se sienta a horcajadas sobre mí en la silla del comedor, o se agacha sobre la mesa y yo la tomo por detrás. Ella gime sin contenerse. A veces le agarro los pechos con fuerza mientras le doy. Mi hija se queda de pie, a unos metros, mirando. No se tapa. No se va. Solo observa cómo entro y salgo, cómo se le marcan las nalgas a su madre cuando la azoto un poco, cómo el semen a veces se derrama y le escurre por los muslos. La otra noche mi esposa estaba de rodillas chupándome cuando mi hija pasó hacia la cocina. Se detuvo. Nos miró. Yo iba a parar, pero mi esposa me agarró de las caderas y siguió hasta que me corrí en su boca. Mi hija vio todo. Después solo dijo “buen provecho” y se fue a su cuarto, todavía desnuda…
Mientras el hombre hablaba, Daniel había deslizado una mano bajo la sotana sin apenas darse cuenta. Sus dedos rodearon el miembro grueso y caliente a través de la ropa interior. Apretó con suavidad, subiendo y bajando la piel con movimientos mínimos, casi imperceptibles, mientras escuchaba. Cada detalle hacía que el pene latiera con más fuerza en su puño. El líquido previo ya empezaba a humedecer la tela.
Cuando el relato terminó, Daniel retiró la mano con esfuerzo y forzó la voz para que sonara serena.
—Hijo… lo que describes es delicado. Sin embargo, la Escritura nos habla de la autoridad del padre sobre su casa y también de no juzgar con demasiada dureza lo que ocurre dentro del matrimonio. En Génesis se nos recuerda que hombre y mujer fueron creados desnudos y no se avergonzaban. Quizá… en la intimidad del hogar… esa desnudez no sea tan grave como parece. Y en cuanto a tu hija, ya es mayor de edad. Su cuerpo es su responsabilidad delante de Dios. No puedes forzarla a vestirse si ella y su madre han decidido vivir así. Lo que sí puedes hacer es vigilar que no se cruce la línea del pecado de la carne entre sangre.
Hizo una pausa, el corazón todavía desbocado.
—Como penitencia, rezarás el salmo 51 durante siete noches pidiendo un corazón limpio. Y… traerás a tu hija mañana a primera hora. Que se confiese. Yo hablaré con ella. Veré qué se puede hacer para orientarla sin romper la paz de tu hogar. A veces la misericordia consiste en tolerar ciertas debilidades para evitar males mayores. Dios ve el corazón, no solo las apariencias.
El hombre soltó un suspiro de alivio.
—Sí, padre. Mañana temprano la enviaré. Gracias. Me quita usted un peso enorme.
Se levantó, se santiguó y salió del confesionario con el paso más ligero. Daniel esperó a oír la puerta principal cerrarse. Esperó todavía unos segundos más, temblando, con el miembro dolorosamente duro y la mano aún olía ligeramente a su propio deseo.
Después se levantó de un salto, cruzó la iglesia a grandes zancadas, cerró las dos hojas de la puerta con el pestillo y el cerrojo, y se dirigió casi corriendo hacia sus aposentos. Necesitaba llegar al pequeño baño. Ya no podía aguantar ni un minuto más.
La sotana se levantaba con cada paso. El pene golpeaba pesado contra su muslo. Las imágenes del relato —la hija desnuda mirando, la esposa siendo tomada sobre la mesa, el semen escurriendo— se arremolinaban en su cabeza mientras empujaba la puerta del baño y se cerraba por dentro.
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