Esta historia es ficción.
El temblor del chico bajo ella era una deliciosa vibración que recorría el cuerpo de Elena. Su propio orgasmo se había desvanecido como una ola, dejando en su lugar una calma húmeda y poderosa, pero no saciedad. Era una calma que gritaba por más. Se levantó lentamente, sus rodillas crujiendo sobre el suelo de madera. El chico la miraba con los ojos desorbitados, un cóctel de terror, asombro y gratitud primaria borbotando en su rostro pálido. Sus pantalones seguían enredados en sus tobillos, una prueba tangible de lo que acababa de suceder. Elena se arregló la falda con un movimiento brusco, sin la menor delicadeza. El control se le había devuelto, y ahora lo vestía como una armadura.
—Vámonos —dijo, su voz un susurro cortante que no admitía discusión—. Vístete y sal de aquí.
Él obedeció con torpeza, sus manos temblorosas luchando con la cremallera. No dijo una palabra. Elena lo observó, una arquitecta viendo su creación terminar de construirse. Cuando por fin se marchó, desapareciendo entre los estantes como un fantasma avergonzado, el espacio se sintió vacío. El aire olía a sexo, a polvo y a su propia satisfacción. Y en ese silencio, el deseo no se apagó. Al contrario, creció, una bestia insaciable que acababa de probar sangre y ahora tenía hambre. Necesitaba más, y la necesitaba ahora.
Los días siguientes fueron una tortura de excitación contenida. Los encuentros casuales, el riesgo de ser vista, ya no le bastaban. Necesitaba algo que ella pudiera controlar, dirigir. Recordó los cajones del sótano, los que solo ella como ayudante tenía permiso de revisar.
Un día, mientras catalogaba donaciones antiguas, encontró una pequeña caja de madera cerrada con un candado oxidado. Usando un clip enderezado, la forzó. Dentro, sobre un lecho de terciopelo descolorido, yacían varios juguetes sexuales de una época pasada: un consolador de marfil liso y pesado, un par de bolas chinas unidas por una cuerda de seda, y un anillo de metal frío. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Eran un tesoro.
Esa misma noche, durante su turno de cierre, se llevó la caja al rincón más remoto de la sección de mapas antiguos. El silencio era absoluto, solo roto por el zumbido de las luces de emergencia. Se sentó en el suelo, frío y duro, y deslizó el consolador de marfil entre sus dedos. Era liso, pesado, y se adaptaba a la temperatura de su piel. Con la otra mano, se alzó la falda y deslizó los dedos por la rendija de su coño, ya húmedo por la simple audacia del acto. El marfil frío entró en ella con una lentitud deliberada, y Elena apoyó la cabeza contra el estante, mordiendo su labio para no emitir sonido. Se frotó con una urgencia feroz, imaginando ojos sobre ella en la oscuridad, el riesgo de que alguien la descubriera en ese acto de pura, egoísta lujuria. El orgasmo que la sacudió fue intenso, pero cuando pasó, el vacío seguía ahí. El hambre seguía ahí.
Estaba tan perdida en su propio mundo que no oyó el crujido de una tabla en el suelo detrás de ella.
—Interesante colección.
La voz era masculina, calmada y no hostil. Elena se sobresaltó, el consolador todavía dentro de ella, y se giró de golpe. Era Javier, el empleado de mantenimiento, un hombre de unos cuarenta y tantos, con el cabello canoso y una mirada perpetuamente cansada. La observaba con una expresión indescifrable, ni de juicio ni de sorpresa, sino de… reconocimiento.
—Javier, yo… —empezó a decir, su mente corría para inventar una excusa, cualquier cosa.
Él levantó una mano, silenciándola.
—No digas nada. Cuando tenía veinte años y era estudiante aquí, yo también veía cosas en los pasillos. Cosas que pasaban en los rincones que las cámaras no alcanzan. —Se acercó un paso más, su voz bajando a un murmullo conspirativo—. Y he oído rumores. De que alguien ha estado follando en la biblioteca. De que hay chicas que se masturban entre los libros.
Elena se quedó quieta, el corazón martilleándole en el pecho. El miedo se estaba desvaneciendo, reemplazado por una curiosidad ardiente.
—Si vas a seguir con esto —continuó Javier, pasando su mirada por el consolador de marfil—, ya sea para follar o para esto, te recomiendo un sitio. El pasillo de la sección de geografía de exploradores, el G-9. Allí nunca hay nadie. Las estanterías son de metal macizo y no hay cámaras. Pero ten cuidado. No todo el mundo es como yo.
Se dio la vuelta y se fue, dejando a Elena sola, con el juguete todavía dentro de ella y una idea brillante y peligrosa prendiéndose en su cerebro. Javier no era un obstáculo. Era un cómplice.
La idea se convirtió en un plan. Como ayudante de la biblioteca, tenía acceso a todos los libros. Empezó a dejar notas pequeñas, escritas a mano en papel de estraza. Las metía en las páginas de libros populares pero con un toque de transgresión: *El amante de Lady Chatterley*, *Rebelión en la granja*, *El nombre de la rosa*. Las notas eran crípticas pero claras para quienes buscaban lo mismo que ella.
«Para una lectura más profunda y silenciosa, visite la sección G-9. La intimidad está garantizada».
Nadie sospechaba de ella. Era Elena, la tranquila ayudante de la biblioteca, la chica de las gafas y la sonrisa tímida. Nadie imaginaba que era la arquitecta de un punto de encuentro clandestino. Y lo mejor de todo es que ella participaba. A veces, esperaba en la sección G-9, escondida en las sombras, hasta que veía a una pareja o a una persona solitaria llegar, siguiendo sus instrucciones. Los observaba, una voyeurista consumada, mientras sus cuerpos se entrelazaban en el suelo frío, sus susurros de placer llenando el silencio polvoriento. Otras veces, si la persona estaba sola y le parecía interesante, se unía a ella. Se convertía en la nota hecha carne, la promesa de un placer secreto cumplido. Y siempre, con un cuidado extremo, asegurándose de que nadie pudiera conectar a la tímida Elena con la perversa anfitriona de los secretos mejor guardados de la biblioteca.
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