Daniel permaneció sentado en el confesionario con la espalda rígida y las manos apretadas sobre los muslos. La sotana seguía levantada de forma vergonzosa; su miembro, grueso y completamente erecto, latía con fuerza contra la tela negra. Cada latido le recordaba la confesión anterior, el relato de la joven de ojos verdes, los dedos resbalando entre sus piernas. Intentó respirar despacio, recitar mentalmente un salmo, cualquier cosa que devolviera la sangre a su cabeza. No lo logró del todo. Solo consiguió que la erección bajara lo suficiente para no resultar obscena a simple vista.

La mujer del otro lado de la rejilla no esperó mucho. Se santiguó con gesto seguro, casi perezoso, y habló con una voz grave, cálida, sin el temblor de la muchacha anterior.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida —respondió Daniel, forzando la voz para que sonara estable—. Adelante, hija. Puedes confesarte.

Ella soltó una risa baja, casi íntima.

—Padre… he sido una pecadora. Y quiero confesar mis actos. Todos.

—Cuéntame todo —dijo él. Las palabras le salieron más roncas de lo que pretendía.

Hubo un pequeño silencio. Después ella empezó a hablar con una naturalidad que lo desarmó.

—Ayer por la noche, después de que mi esposo terminara de darme su amor… de metérmelo entero y correrme alrededor de su verga… le pedí que me diera de comer. Él se quedó mirándome como si no entendiera. Entonces me arrodillé entre sus piernas, todavía abiertas, con el miembro de él brillante de mis propios jugos, y le expliqué. Le dije que quería tomarlo en la boca. Que quería chuparlo hasta que me llenara la garganta. Que así también podría alimentarme cuando él quisiera.

Daniel cerró los ojos. La imagen se formó con demasiada claridad.

—Él sonrió —continuó ella—. Me agarró del cabello con una mano y con la otra guió su pene hasta mis labios. Estaba caliente, grueso, todavía a medio endurecer. Lo abrí despacio. Primero solo la cabeza. La chupé, la rodeé con la lengua, sentí el sabor salado y el olor a sexo que todavía teníamos encima. Después lo fui tragando centímetro a centímetro. Se me llenó la boca. La saliva me corría por la comisura y me bajaba hasta el pecho. Él empezó a empujar. Suave al principio… después más profundo. Yo abría la garganta lo más que podía y dejaba que me follara la boca. Me gustaba el sonido que hacía. Ese ruido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo entre mis labios. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no paré. Al contrario: chupaba con más ganas, le apretaba los muslos, le miraba la cara mientras me usaba.

La mujer hizo una pausa, como saboreando el recuerdo.

—Solo pasaron unos minutos. Él se tensó, me agarró más fuerte del pelo y se corrió. Un chorro espeso, caliente, directo en la lengua y en la garganta. Yo me lo tragué todo. No dejé que se me escapara ni una gota. Después saqué la lengua y se la mostré limpia, brillante de saliva. Él se rio, contento, y me acarició la mejilla. Yo también estaba contenta, padre. Muy contenta. ¿Está mal hacer estos actos que dan tanta felicidad?

Daniel tragó saliva. La sotana volvía a tensarse peligrosamente. Su propio miembro había recuperado toda su dureza solo con escucharla.

Forzó la voz otra vez.

—En el matrimonio… el cuerpo de la esposa pertenece al esposo, y el del esposo a la esposa. San Pablo lo dice en la Primera Carta a los Corintios. El lecho matrimonial es puro. Los actos de amor entre esposos, cuando se hacen con mutuo consentimiento y sin cerrar el camino a la vida, no son pecado en sí mismos. Pero… —dudó, porque las palabras se le enredaban— hay quienes interpretan que ciertas prácticas… el uso de la boca… se acercan más a la lujuria que al amor procreativo. La Escritura no lo prohíbe de forma explícita entre esposos… pero tampoco lo celebra. Hay una línea delgada entre el don y el exceso.

Ella no pareció preocupada. Al contrario, siguió hablando con la misma naturalidad.

—También soy su lienzo, padre. Cuando tiene ganas y no quiere entrar en mí, me pone sobre la cama, me abre las piernas o me pone de rodillas, y se corre encima. Me embadurna los pechos. Me llena el escote de semen caliente y después me lo esparce con la mano, como si estuviera pintando. Otras veces me la pone entre las nalgas y se corre ahí, dejándome todo el culo brillante y resbaladizo. A veces en la cara, en el vientre, en los muslos… donde él quiera. Y yo me siento agradecida. Me gusta verlo tan satisfecho. Me gusta olerlo después, sentirme marcada.

Daniel tenía la respiración agitada. Cada detalle se le clavaba detrás de los ojos: la verga del marido deslizándose entre aquellos pechos generosos, el semen espeso corriendo por la curva de las tetas, resbalando hacia los pezones, después las nalgas abiertas y blancas recibiendo otro chorro. Su propio pene dolía de lo duro que estaba.

Reunió las fuerzas que le quedaban.

—Hija… lo que describes sigue perteneciendo al ámbito del matrimonio. No es fornicación ni adulterio. Pero debes vigilar que el placer no se convierta en ídolo. Que no olvides la oración ni la modestia fuera del lecho. Como penitencia… rezarás un rosario completo esta noche, meditando sobre la pureza del cuerpo como templo del Espíritu Santo. Y durante tres días evitarás buscar el placer solo por el placer. Que cada acto con tu esposo sea también acción de gracias. ¿Lo aceptas?

—Sí, padre —respondió ella con voz suave—. Lo acepto.

Hubo un silencio. Daniel estaba a punto de pronunciar la fórmula de la absolución cuando ella habló de nuevo, más bajo, más cerca de la rejilla.

—Padre… la Escritura también dice que debemos servirnos unos a otros. Que el que tenga dos túnicas comparta con el que no tiene. Que el cuerpo se da para el bien del hermano. Usted carga con los pecados de todos nosotros. Carga con el peso de nuestras almas. ¿No merece también descanso? ¿No merece que alguien le alivie el cuerpo y la mente? Yo podría… servirle. Como Dios manda que nos sirvamos. Podría arrodillarme delante de usted. Podría tomar entre mis labios lo que la sotana esconde. Podría tragar su simiente igual que tragué la de mi esposo. Podría dejar que me usara como lienzo si eso le diera paz. Solo dígame cuándo.

El corazón de Daniel golpeaba con tanta fuerza que estaba seguro de que ella podía oírlo. La imagen de aquella mujer de pechos pesados arrodillada frente a él, abriendo la boca, tragándose sus veinte centímetros gruesos hasta el fondo, lo dejó sin aire.

Tardó varios segundos en responder. La voz le salió ronca, casi quebrada.

—…Lo pensaré.

Se escuchó una sonrisa del otro lado de la rejilla.

—Estaré disponible, padre. Cuando usted quiera.

Después el roce de la falda, los pasos alejándose, y el chirrido de la puerta al cerrarse.

Daniel se quedó solo en el confesionario. La sotana formaba una tienda de campaña imposible de disimular. Su miembro latía, pesado, urgente, empapando ya un poco la tela interior con el líquido previo. Apoyó la frente contra la madera y cerró los ojos.

Las palabras de ella seguían resonando:

Podría servirle… como Dios manda.

Y por primera vez desde que había pronunciado los votos, Daniel no estaba seguro de querer rechazar la oferta.