Fue justo la semana que cumplí los 18 cuando toda mi vida cambió.
Yo era una adolescente tímida, que solía recibir elogios por mis ojos azules y mi cabello rubio. Muchos me decían que era muy guapa, pero yo veía que no crecía a la velocidad de mis amigas, y seguía viéndome una cara aniñada e inocente. No me gustaba tener aspecto de “muñequita”.
Por aquel entonces mi madre insistía en que tuviera mucho cuidado cuando saliera de noche, me protegía mucho y me daba largas charlas sobre cómo funciona el mundo de la noche y los ligues. Yo estaba enfrascada en la selectividad y no prestaba mucha atención a sus consejos. Ella se daba cuenta.
Un día mientras mi madre cocinaba me preguntó, con total tranquilidad:
-Cariño, ¿tú aún eres virgen, verdad?
Contuve la respiración. Yo estaba preparando mi mochila y de repente no sabía ni qué estaba haciendo. No entendí a la primera esa pregunta. Me sorprendió muchísimo.
-Sí.
Contesté eso casi sin pensar. ¡Por supuesto que lo era! Aunque en el fondo entendí muy bien su pregunta y su preocupación. Yo sabía que todas mis amigas ya habían tenido sexo.
Pasaron los días, y mi madre me propuso que me pusiera “guapa” para el viernes. Quería celebrar mi cumpleaños saliendo ambas de noche. Obviamente no me hacía ninguna ilusión salir con mi madre de fiesta, pero la vi tan ilusionada que acepté sin más. El día antes del viernes me regaló un vestido, creo que era el más bonito y femenino que me había puesto nunca. Negro, ajustado, con un escote que no me permitiría ponerme sujetado y bastante cortito.
Llegó el viernes, mi madre salió de su habitación con un conjunto de falda y top de cuero que realzaba su figura, ella me tuvo muy joven y, realmente, se conservaba increíble.
Salimos de casa y un taxi esperaba delante del portal. Cenamos, fuimos a un pub cercano a tomar una copa (odié ese sabor, no me gusta el alcohol!) y un rato después salimos.
Me sorprendí porque al salir no vi a mi madre esperar a que viniera un taxi. Simplemente se puso a caminar como si supiera a dónde iba, y nuestra casa estaba considerablemente lejos.
De repente, se paró, pocos metros después, yo iba tras de ella porque me había puesto unos tacones.
-Es aquí.
Dijo sonriendo.
-¿El qué? ¿Viene el taxi ahora?
Pregunte dando por supuesto que la respuesta sería sí
-No, aquí es nuestra siguiente parada para esta noche tan especial.
Miré hacia la derecha y ahí estaba. El Gran Hotel Continental de la ciudad. Pensé que mi madre habría cogido algún pack de spa y aprovecharíamos para dormir en una cama enorme. Me hizo mucha ilusión.
Al entrar, mi madre no pasó por recepción. No le di mucha importancia ya que di por supuesto que ya habría hecho el check in durante el día. Subimos en ascensor y se notaba que mi madre sabía exactamente a la habitación que íbamos.
Entramos en la 1805 de la octava planta. Era una suite familiar.La luz era tenue y agradable, la temperatura perfecta, y la cama estaba impoluta.
Me quité los tacones. Y justo antes de dejarme caer en el sillón, alguien llamó a la puerta
“Toc, toc”
Mi madre salió del lavabo como si esperara que alguien más llegara, abrió la puerta y entró un chico. No parecía servicio de habitaciones, aunque iba perfectamente peinado y arreglado.
-Hija, este es David.
Yo no entendía nada. Mi madre siguió.
-David es un compañero de trabajo. Es muy guapo como puedes ver, y mamá se ha estado viendo con él. Quería que lo conocieras.
-Ah, encantada. Sonreí forzadamente.
-Había pensado, que… tal vez, podría enseñarte junto a él cosas que vas a necesitar saber en la vida.
-Queremos hablarte de sexo.
Espeto David con la clara intención de abreviar tan incómoda conversación.
-Mamá, ¿para eso me traes aquí? ¿Justo el día de mi cumpleaños?
David me acercó su mano a mi barbilla, rozó con su dedo mis labios. Me gustó.
Después besó a mi madre. Nos dio la manos a las dos y nos acompañó a la cama más grande. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón. Nos miró y bajó lentamente sus boxers. Tenía el pene completamente erecto y apuntando hacia arriba.
Mi madre me miró, sonrió brevemente y pasó su lengua por la punta. David dejó ir un “Mmm”.
Mi madre me miró, puso su mano sobre mi rodilla y me dijo:
-¿Quieres probar?
Yo no entendía nada y estaba muy nerviosa.
-No, no me atrevo.
Miré al suelo. El chico era guapo y mi madre estaba ahí para cuidarme, pero los nervios podían conmigo.
Entonces mi madre demostró una vez más cuánto me quería y lo bien que ella siempre sabía hacerlo todo:
-Cariño, confía en mamá y haz lo que yo te diga, ¿vale?
Con sus manos me ayudó a tumbarme en la cama y me colocó al centro. Acomodó dos almohadas para que estuviera cómoda.
Ella se puso a un lado y David a otro.
Mi madre miró a David y le hizo una señal, David acercó su mano a mis pechos, y la introdujo debajo del vestido tocando mi pecho. Acarició muy suavemente mi pezón y sacó su mano muy lentamente.
-¿Quieres que siga?
Me preguntó David mirándome a los ojos.
Respondí que sí con la cabeza sin dudarlo. Sonrieron los dos.
-Voy a tocarte abajo. No te va a doler. Solo pasaré mi dedo por una zona que te va a gustar y, si me dejas, puedo pasar también mi lengua. Solo si tú quieres.
-Ok.
Lo dije sin dudar.
Entre mi madre y David subieron mi vestido, llevaba unas braguitas que me quitó mi madre con mucho cuidado mientras me acariciaba las piernas.
David cambió de posición y se fue abajo, abrió mis piernas con mucha delicadeza, me miró a los ojos
-Voy a tocarlo un poquito. Avísame si quieres que pare.
Paso su dedo por mi rajita. Me estremecí.
Apartó su dedo y me miró.
-Más.
Dije cerrando los ojos por la vergüenza.
Entonces empezó a masajearme donde empieza la rajita, me hacía movimiento circulares muy lentos. Oí un chasquido, era mi madre introduciendo en su boca sus dedos. Los sacó mojados:
-Cariño, te puedo tocar yo también, si quieres.
-Sí, mamá.
Empezaron a tocarme los dos a la vez, notaba los dedos de David, moviéndose por mis labios vaginales como si supiera exactamente donde daba placer, y los dedos de mi madre, húmedos y calientes, apretando muy suavemente como quien toca un botón.
-¿Te gusta?
Preguntó David.
-Mucho.
-¿Puedo usar mi lengua?
Dije que sí con la cabeza, tenía vergüenza, pero estaba tan excitada que no podía decir que no.
Mi madre sacó sus dedos y me dio la mano.
David apartó con sus brazos más aún mis piernas, y comenzó a darme besos por el muslo. Lo miré, me miró, y sin apartar la vista pasó toda su lengua por la totalidad de mi coño cerrado.
-Eso es por fuera, ahora voy a hacerlo por dentro.
Apreté la mano de mi madre con fuerza, y ahí llegó. David pasó su lengua muy lentamente y haciendo ligeros movimientos desde la parte de mi vagina que estaba contra el colchón hasta el monte de Venus.
Me miró, sonrió y abrió con sus dedos mis labios vaginales, metió su lengua y la movió como quien saborea una fruta fresca, gemí.
Me podía la vergüenza, lo extraño de la situación, todo. Pero mi madre se había encargado de hacerlo todo tan tranquilo y agradable que yo no temblaba, estaba a gusto. Solo pensaba y me preocupaba una cosa: me daba miedo que me la metiera, y sabía que eso venía después.
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