De repente, un impacto brutal me cruzó la cara.
Fue como recibir un golpe con un tubo grueso y caliente de carne. Sentí toda su longitud pesada y palpitante deslizarse con fuerza contra mi mejilla derecha, dejando un rastro caliente, pegajoso y viscoso que me quemaba la piel. El sonido fue seco y carnoso: ¡Plaf! Mi cabeza giró violentamente hacia un lado, el ardor se extendió como fuego líquido bajo mi piel, palpitando con intensidad. La mejilla me ardía, hinchándo
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