Tenía una amiga trans de dieciocho años que era una verdadera joya. Medía apenas un metro cincuenta y cinco, delgada, de caderas suaves y una cintura estrecha que hacía que cualquier ropa le quedara como hecha a medida. Su cara era de princesa de cuento: ojos grandes, labios carnosos y una piel tan clara y tersa que parecía porcelana.
El cabello le caía hasta la mitad de la espalda, siempre impecable. Y aunque intentaba disimularlo con ropa holgada, yo sabía perfectamente que debajo llevaba un brasier. Se le marcaba un poco cuando se inclinaba o cuando el viento pegaba la tela contra su pecho.
Yo tenía treinta y seis. Un metro noventa y nueve de altura, cuerpo musculoso de años de gimnasio, hombros anchos y un peinado moderno que contrastaba con la diferencia de edad. Cada vez que estábamos juntos se notaba el contraste: yo enorme a su lado, ella pequeña, delicada, casi frágil… y al mismo tiempo provocadora sin ni siquiera intentarlo.
Esa tarde estábamos en mi departamento. Ella se había sentado en el sofá con las piernas recogidas, la camiseta un poco subida, dejando ver un trozo de piel del vientre y, sobre todo, el contorno del brasier bajo la tela fina.
Ese día tenía una falda corta. Entonces le dije que si me alcanzaba el control remoto y se fue a recogerlo. Siempre fue un poco provocadora, ya que no disimulaba para mostrar ese culo, y al agacharse pude verla inclinada y esa falda se movía mientras podía ver ese culo delicioso.
Entonces nos pusimos a hablar como siempre y pasaron como un poco más de dos horas.
Me acerqué, me agaché un poco para quedar a su altura y le hablé bajito, casi contra su oído:
—Oye… ¿me dejarás tocarte las tetas?
Ella se quedó quieta un segundo. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave. No se ofendió. Tampoco se rio. Solo me miró con esos ojos grandes y, después de un momento que se me hizo eterno, solo comenzó a reírse y me dijo que si era en serio.
Y solo respondí que sí, que podía, que me daba algo de curiosidad.
Entonces comenzó a juguetear un rato y me preguntó por qué.
Yo solo respondí que a veces podía ver el brasier que usaba y solo le daba curiosidad de ello.
Ella solo rio un rato, pero también era algo provocadora. Entonces solo se subió la blusa y pude ver ese brasier rosado, mientras esas tetas redondas se podían ver.
Hablamos un rato y yo estaba como loco. Eso se podía ver, y no solo en mi cara, sino que también tenía el cuerpo ya tenso mientras podía ver su provocación.
Pasados como veinte minutos me dije que solo podía tocarla por un segundo.
Le levanté la camiseta despacio. El brasier era rosa, sencillo, de algodón, el típico que usa una chica que aún no se acostumbra del todo a tener pechos. Las copas no eran grandes, pero estaban llenas, redondas, firmes. Deslicé los dedos por encima de la tela primero, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Ella contuvo la respiración.
Cuando le bajé un poco las tiras y saqué un pecho, la tetilla se endureció al contacto con el aire. La acaricié con el pulgar, despacio, rodeándola, apretándola con suavidad. Era suave, caliente, y respondía a cada roce. Ella soltó un suspiro pequeño, casi vergonzoso, y apretó los labios.
—Así… —murmuré—. Tan bonitas.
La otra también salió del brasier. Las dos quedaron expuestas, pequeñas pero perfectas en mis manos grandes. Las amasé con cuidado, sintiendo el peso ligero, la elasticidad de la piel, la forma redondeada que cabía casi entera en mis palmas. Cada vez que pasaba el pulgar por las tetillas, ella se estremecía y su respiración se volvía más irregular.
Me agaché un poco más y le lamí una. Ella soltó un gemido bajo, agudo, y sus dedos se aferraron a mi antebrazo. Seguí lamiendo, chupando con suavidad, mientras la otra mano seguía apretando y amasando el otro pecho. El contraste era adictivo: mi cuerpo grande y musculoso inclinándose sobre ella, tan pequeña, tan delicada, con esas tetas recién liberadas del brasier temblando bajo mi boca y mis manos.
Cuando levanté la vista, ella me miraba con las mejillas ardiendo y los labios entreabiertos.
Entonces me dijo que ya era suficiente y se volvió a vestir.
Yo solo le dije que eso fue genial.
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