No estaba completamente dormido cuando escuché la llave en la puerta.
Habíamos terminado de coger hacía menos de una hora. Dariana se había quedado un rato conmigo, abrazada, todavía con el vestido blanco arrugado y los tacones puestos. Ella acaricio y besó mi pecho como si estuviese profundamente enamorada y yo deleité mis manos con su cintura, su hermoso culo y su pierna que insistía en ponerme dura la verga por estar encima de mi cuerpo. Después se levantó, me dio un beso largo y se fue a su recámara. Yo me quedé acostado un rato más, con el cuerpo todavía caliente y el olor a sexo todavía en el aire.
Me dormí a medias. Hasta que escuché que la puerta principal se abría.
María llegó como siempre, en silencio. La escuché dejar las llaves, quitarse los zapatos y caminar descalza por el pasillo. La puerta de nuestra recámara se abrió despacio. Entró, cerró detrás de ella y se quedó parada un momento en la oscuridad.
Yo fingí que seguía dormido. Tenía la espalda vuelta hacia ella.
La escuché quitarse la ropa. El sonido de la blusa y la falda cayendo al suelo. Luego sentí cómo se metía a la cama, despacio, con cuidado de no despertarme.
En cuanto se acostó, noté el cambio.
Se quedó completamente quieta. Demasiado quieta.
Pasaron varios segundos. Luego la sentí moverse un poco. Escuché cómo olía las sábanas, cerca de donde yo estaba. Un movimiento sutil, como si estuviera buscando algo. Después volvió a oler, más cerca de la almohada.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
“Se dio cuenta”, pensé.
María se quedó callada otro rato. Luego la sentí girarse hacia mí. Noté cómo se acercaba un poco más y volvía a oler las sábanas, esta vez más cerca de mi cintura. El movimiento fue lento, casi disimulado. Yo estaba tan nervioso que por momentos sentí que flotaba. Mi corazón latía tan fuerte que estaba casi seguro que Maria lo estaba escuchando.
Yo seguía completamente inmóvil. Respirando como si estuviera dormido.
Ella se recostó de nuevo. Escuché su respiración. Estaba más agitada de lo normal. No decía nada, pero podía sentir la tensión en su cuerpo, aunque no nos estuviéramos tocando.
Pasaron varios minutos así. En silencio.
En un momento, extendió la mano y me tocó la espalda. Fue un toque suave, casi inseguro. Se quedó así un rato, con la mano sobre mí, como si estuviera pensando.
Yo seguía con los ojos cerrados, pero por dentro estaba completamente alerta.
“¿Se habrá dado cuenta de verdad?”, me preguntaba. “¿O solo le parece raro el olor?”
María retiró la mano. Volvió a moverse un poco en la cama. Escuché cómo olía de nuevo las sábanas, esta vez más abajo, cerca de donde habíamos estado. El movimiento fue más evidente esta vez.
Mi estómago se apretó.
Sabía que el olor estaba ahí. El de Dariana y el mío. El de sudor, de piel, de semen, de su delicioso y delirante sexo. No era un olor sutil y María lo había encontrado.
Se quedó callada otro largo rato. Podía sentir que no se había dormido. Su respiración no era la de alguien que está relajado.
En un momento, volvió a tocarme la espalda. Esta vez su mano se quedó ahí más tiempo. No era un caricia normal. Era… distinta. Como si estuviera tratando de confirmar algo.
Yo no me moví. No abrí los ojos. Solo respiré lento, como si estuviera profundamente dormido.
María se quedó así varios minutos más. En un momento retiró la mano y se dio la vuelta, dándome la espalda. Pero noté que no se acomodó del todo. Seguía inquieta.
Escuché cómo suspiraba bajito. Un suspiro largo, pesado.
Me quedé quieto, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho. Sabía que ella había notado algo. No sabía cuánto, pero algo había sentido. El olor estaba demasiado fresco, demasiado presente.
Dariana estaba en su recámara. Probablemente tampoco dormía. Seguramente también estaba pensando en lo que acababa de pasar.
María, a mi lado, seguía sin dormirse. Podía sentir su tensión. Podía sentir cómo de vez en cuando movía las sábanas, como si siguiera oliendo.
No dijo nada. No me despertó. No preguntó.
Pero yo sabía que algo había cambiado.
Y lo que más me preocupaba… era no saber si lo que ella había sentido le había parecido solo raro… o si estaba segura de haberme descubierto.
Al día siguiente, el ambiente en la casa se sintió diferente.
María se levantó más temprano de lo normal. No dijo mucho durante el desayuno. Estaba callada, distraída. De vez en cuando la veía mirando hacia ningún lado, como si estuviera pensando en algo. No era grosera ni enojada, pero se notaba que algo le daba vueltas en la cabeza.
Yo estaba nervioso. Muy nervioso. Cada vez que me miraba, sentía que me iba a preguntar algo. Pero no lo hacía. Solo bebía su café en silencio.
Dariana, en cambio, estaba radiante.
Se veía feliz. De verdad feliz. Hacía mucho tiempo que no la veía así de animada. Incluso se levantó más temprano de lo normal, se bañó, se puso un short corto y una blusa ajustada, y durante el desayuno estuvo platicando más de lo usual. Le preguntó a María cómo le había ido en el trabajo, le sirvió más café, y hasta le dio un abrazo antes de que se fuera.
Ese detalle me sorprendió. Dariana no era muy cariñosa con su mamá últimamente. Verla así de atenta me dió una extraña tranquilidad. Si María sospechaba algo, al menos no lo estaba notando en la actitud de su hija.
Cuando María se fue a trabajar (tenía turno de tarde-noche), cerré la puerta y me quedé un segundo apoyado en ella, respirando hondo. El nerviosismo todavía me apretaba el estómago.
Dariana apareció detrás de mí. Me abrazó por la espalda, pegando su cuerpo al mío.
—Se fue… —susurró cerca de mi oído.
Su voz ya tenía otro tono.
Me di la vuelta y la miré. Tenía los ojos brillantes, una sonrisa traviesa y las mejillas ligeramente sonrojadas.
—Te ves nervioso —dijo, pasando los brazos por mi cuello.
—Un poco —admití—. Ayer tu mamá olió las sábanas. Creo que se dio cuenta de algo.
Dariana se mordió el labio inferior, pero no se veía preocupada. Al contrario.
—Pues… que se entere —dijo bajito, acercándose más—. Porque hoy no pienso contenerme.
Me besó. Fue un beso diferente al de ayer. Más seguro. Más hambriento. Sus manos bajaron directo a mi verga por encima del pantalón y la apretó.
—Quiero verte —dijo contra mis labios—. Quiero tocarte y comerte completito.
Me tomó de la mano y me llevó a su recámara. Esta vez ni siquiera cerró la puerta del todo. Parecía que le excitaba la idea del riesgo.
Nos paramos al lado de la cama. Dariana me miró a los ojos mientras me desabrochaba el pantalón. Lo bajó junto con el bóxer y mi verga saltó dura frente a ella.
Se quedó callada un momento, mirándola.
—Es… más grande de lo que recordaba —dijo con voz baja—. Y la cabeza está bien gruesa.
Pasó los dedos por encima, explorando. La tocó con curiosidad, como si la estuviera estudiando. Subió y bajó la mano lentamente, sintiendo el grosor.
—Solo he estado con una persona antes —confesó sin dejar de mirarla—. Un exnovio. Duramos poco y la verdad… no era muy bueno. Era rápido, no duraba nada y nunca me hacía sentir lo que sentí contigo.
Me miró a los ojos.
—Contigo es diferente. Me gusta cómo se siente. Me gusta que no te vengas rápido. Me gusta que me cojas sin pensar en nada más que darme placer.
Su franqueza me prendió todavía más.
Dariana se arrodilló frente a mí. Me miró desde abajo, con una mezcla de nervios y excitación.
—Nunca le he hecho esto a nadie —dijo—. Pero quiero intentarlo contigo.
Abrió la boca y pasó la lengua por la cabeza de mi verga. Lo hizo despacio, probando. Después abrió más y metió la cabeza dentro. Era obvio que era su primera vez chupando. Lo hacía con cuidado, casi con torpeza, pero con entusiasmo. Iba bajando poco a poco, mojándola con su saliva.
Le puse una mano en la cabeza, guiándola suavemente.
—Así… despacio —le dije—. No te apresures.
Dariana siguió chupando. Cada vez lo hacía con más confianza. Usaba la lengua, la movía alrededor de la cabeza, y de vez en cuando bajaba más. Me la estaba follando por la boca y verla así, de rodillas, intentando darme placer con su saliva, con su lengua y su cara desencajada, me estaba volviendo loco.
Saqué mi verga de su boca y le dije:
—Quédate quieta.
Me masturbé frente a su cara, mientras ella abría su boca y sacaba la lengua con movimientos ansiosos por mi leche. Al ver qué tardaba chupaba mi tronco por la parte de abajo, cerca de mil huevos. Se deleitaba y me enloquecía, hasta que en un gesto mío, acompañado de un gemido supo que la leche ya venía. Dariana abrió la boca y cerró los ojos, esperando. Chorros calientes de mecos le cayeron en la cara, en los labios, en la lengua y un poco en el cabello. Fue su primer facial y se veía tan hermosa, tan puta...
Abrió los ojos y me miró. Tenía semen en la cara y una expresión de sorpresa y excitación al mismo tiempo.
—Se siente… caliente —dijo, pasándose un dedo por la mejilla y llevándoselo a la boca.
Me arrodillé frente a ella, la acosté en la cama y le bajé el short y el calzón. Su vagina ya estaba completamente mojada. Le abrí las piernas y empecé a lamerla. Esta vez con más hambre que ayer. Chupaba su clítoris, le metía la lengua, le chupaba los labios. Dariana se retorcía en la cama, agarrándome el cabello y de cuando en cuando seguía recolectando semen de su cara para saborearlo.
—Joder, Daniel… así… me encanta cómo me la chupas, así… Más...
La hice venir una vez con la boca. Después la volteé en cuatro y se la metí de un solo empujón. Esta vez no fui suave. La cogí fuerte, profundo, con ganas. Dariana gemía sin control, empujando su culo hacia atrás para recibir mi miembro grueso y palpitante.
En un momento la puse boca arriba, le levanté las piernas y seguí dándole. La miraba a la cara mientras la cogía. Ella me miraba también, con los ojos vidriosos, llenos de lujuria y algo más.
—Quiero que te vengas adentro otra vez —me dijo entre gemidos.
—No todavía —contesté, saliéndome.
La acosté de nuevo y volví a lamerle la vagina. Esta vez le metí dos dedos mientras chupaba su clítoris. Dariana se vino otra vez, más fuerte, con mi lengua enterrada en su concha, apretándome la cabeza con los muslos.
Cuando por fin la penetré de nuevo, ya estaba sensible y desesperada por sentir otra vez mi falo. La cogí más lento esta vez, mirándola a los ojos. En un momento se corrió otra vez, temblando debajo de mí. Pude sentir sus piernas temblar sin control. Lo estaba dando todo y era la gloria saber que la estaba haciendo gozar hasta acabarse.
Solo entonces me dejé ir. Me vine adentro, me vacíe completamente en su vagina que me apretaba el miembro como si quisiera exprimir cada gota de mi néctar blanco.
Nos quedamos abrazados, sudados, respirando agitados.
Dariana me besó el cuello y me susurró al oído:
—Quiero seguir haciendo esto… aunque sea a escondidas. Quiero seguir probando cosas nuevas contigo. Enséñame todo y seré tuya siempre.
Me miró y sonrió con picardía.
—Y quiero que un día… me cojas con la ropa de mi mamá.