Lupita, despedida de soltero
El aire en el pequeño y sórdido cuarto de hotel era denso, cargado con el olor a alcohol barato, sudor masculino y la anticipación de una noche que prometía ser "inolvidable".
Relatos eróticos sobre adulterio
El aire en el pequeño y sórdido cuarto de hotel era denso, cargado con el olor a alcohol barato, sudor masculino y la anticipación de una noche que prometía ser "inolvidable".
Ángela Aguilar, la joven diva de la Música Ranchera, caminaba por la alfombra roja, su vestido plateado brillando con cada flash de las cámaras. Sus piernas, tonificadas por horas de baile y cuidado meticuloso, se movían con gracia, atrayendo las miradas de todos los presentes.
El tiempo, ese implacable cincel, había esculpido a Lupita. Ya no era la niña frágil que dominé en el sótano de Colima. A sus 33 años, poseía una madurez que irradiaba sensualidad, una belleza curvada por la vida que palpitaba con una fuerza propia.
Paz es una mujer morena y curvilínea con enormes tetas, era la esposa de Luis Manuel. También era la madre de dos jóvenes jugadores de fútbol americano, Isaac y Joseph. El equipo estaba perdiendo el torneo nacional juvenil y Paz decidió tomar medidas drásticas para motivar a los jugadores.
Lupita y su jefe Hugo habían estado trabajando juntos en un proyecto importante para el centro de investigación científica donde trabajaban.
Lupita, 32 años y casada con el buen David, un tipo buena onda pero un poco soso, estaba hasta la coronilla de su vida monótona.
Hoy es ese día especial de la semana, después de días por fin Lupita y David se dan su tiempo para verse, llevan siendo novios varios meses, y aunque sus trabajos no les permiten una convivencia diaria.
Por fin llegó el día, unas vacaciones familiares son el remedio perfecto para el agobio y la rutina del trabajo en el hospital. Y que mejor para esros días de calor, que pasar el rato en un balneario natural, el rio es una zona muy con urrida últimamente.
La tarde caía sobre Colima, un calor sofocante que se pegaba a la piel como una segunda capa. Lupita, la novia de David, miraba el reloj, la impaciencia carcomiéndole por dentro.
El cansancio se había convertido en el uniforme invisible de Lulu. Auxiliar administrativa del Hospital Puerta de Fierro, su vida era un ciclo incesante de papeleo, llamadas telefónicas y la eterna lucha contra la pila de expedientes que parecía crecer exponencialmente.
El tiempo parecía detenerse para Memo, atrapado en una rutina monótona que lo abrumaba. La comodidad de su matrimonio con Betty, una mujer dulce e inocente, se había transformado en una prisión silenciosa, un vacío que sólo la imagen de Laura, su media hermana, lograba llenar.
Lupita, una bella mujer de 32 años, piel morena, cabello oscuro, largo y lacio, con unos mechones morados, su cuerpo curvilíneo, piernas bien torneadas, trasero redondo y firme.
La Casa de la Cultura de Teocaltiche palpitaba al ritmo frenético de la música folclórica. Isela, una chica delgada pero con un cuerpo de impacto –chichis turgentes y un culo que prometía – bailaba con una gracia que te dejaba sin aliento.
Memo era un niño inquieto de 5 años, lleno de vida y con una imaginación desbordante que le hacía ver aventuras en cada esquina de su hogar. Su mamá, Isela, era una hermosa mujer que se reía a carcajadas con la sencillez de un niño, y su papá, Guillermo, un gran aficionado al fútbol...
Memo, un niño de tan solo 5 años, se encontraba jugando tranquilamente en su cuarto, sumido en un mar de bloques multicolores. Había construido una torre impresionante y anhelaba compartir su logro con su mamá, Isela.
El pequeño Memo duerme tranquilo de saberse amado por sus padres, aún que Guillermo, su padre estaba de viaje por trabajo, el sabía que era algo rutinario, su papá salía de viaje con mucha frecuencia, se iba por 2 o 3 días y regresaba con regalos para el.
¿Por qué todos te miran así, si eres un ser humano al fin y al cabo?- Isela murmuró a media mañana, parada delante de la ventana, observando al vagabundo que dormía en la acera de enfrente.
Una noche, después de que Memo se quedara dormido frente al televisor, Betty se encontró sola en la casa. Recordó que Duque, el enorme perro guardián, estaba afuera en su jaula. Una idea traviesa cruzó por su mente.
El ardiente sol calentaba las aceras. Los pájaros cantaban en el cielo despejado, y la vida parecía transcurrir con la rutina de la mañana.
Héctor era un gigante de un hombre, su piel tostada por el sol y un bigote que le daba un aire de brusca masculinidad.