Había un vestido en el placard de M que P se negaba a dejar ir.
Estaba gastado, sí, pero se amoldaba a su cuerpo de una manera que a P lo volvía loco, se transparentaba mucho y eso lo encendía. Ella quería tirarlo y él le pedía que lo usara cuantas veces pudiera. Ese día, a principios de año, el calor parecía justificar que ella se lo pusiera una vez más. Al verla, P no pudo contenerse; el deseo de capturar la sensualidad de su esposa fue más fuerte. Agarró el teléfono y empezó a sacarle fotos. Varias. Desde diferentes ángulos, buscando resaltar cómo la tela gastada se ceñía a sus curvas y revelaba la complicidad que compartían.
M, divertida y encendida por la sesión improvisada, decidió jugar fuerte. Agarró su propio teléfono, recibió las fotos que P le había mandado y, con una sonrisa desafiante en los labios, soltó la provocación:
—Las voy a subir a mi Instagram.
P sonrió, tomándolo como un bluff, una de esas fantasías que se dicen en voz alta para subir la temperatura del momento pero que quedan solo en dichos. Él no le creyó. Siguieron con lo suyo, disfrutando de la noche, dejando que la adrenalina del amago de exhibicionismo flotara en el aire.
Dos horas después, ya de regreso a la casa, P abrió la aplicación por curiosidad. Se le congeló la sangre y un escalofrío de pura excitación le recorrió la espalda: ahí estaba. M había subido un collage de las fotos. Y lo más impactante era que los «me gusta» ya se contaban por doquier. La pantalla se llenaba de notificaciones.
—Apa, la subiste en serio —le dijo P, acercándose a ella con el teléfono en la mano, mostrando la pantalla donde el contador no paraba de subir—. Y mirá la cantidad de likes que tenés…
M largó una carcajada, mirándolo con picardía, convencida de que tenía el control total de la situación.
—No, mi amor, la subí con la opción de ‘Mejores Amigos’ solo para que la veas vos y pienses que de verdad la subí pública —le respondió, riéndose de su aparente broma perfecta.
Pero la realidad era otra. P la miró fijo y le extendió el teléfono. M se dio cuenta en un segundo: no había activado ningún filtro. La foto estaba ahí, pública, expuesta a los ojos de todo el mundo. El juego de simulación se había convertido, por un error tecnológico, en un exhibicionismo real y masivo.
El corazón de ambos empezó a latir más rápido, atrapados en una mezcla de nervios y una calentura inesperada. Se sentaron juntos en el sillón y empezaron a scrollear la lista de los que habían visto las imágenes de M con ese vestido letal que dejaba sus pezones a la vista.
Los nombres de quienes le dieron like empezaron a aparecer uno a uno: excompañeros del colegio, colegas del trabajo… hasta algún familiar había dejado su marca de aprobación.
Ver la lista de hombres y mujeres conocidos que habían estado contemplando a M en la intimidad de su hogar generó una tensión eléctrica entre P y M. Se miraron, la timidez inicial se transformó en una risa cómplice y morbosa. El espectáculo ya se había consumado.
Finalmente, entre risas y con la respiración un poco agitada por la adrenalina del momento, M apretó el botón de borrar. Las fotos desaparecieron de la red, pero el fuego que había encendido en la pareja ya era imposible de apagar.
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión