Todo empezó por un vestido de casamiento. La que se casó estaba espectacular esa tarde; parecía una Barbie, con esa cinturita perfecta y un escote que te obligaba a mirarla fijamente, con esa sensación constante de que, al menor movimiento, algo iba a saltar a la vista de todos. A M. le había volado la cabeza; estaba embobada. Incluso se lo había dicho a ella directamente: «Estás divina, sos una bomba».

Pero el verdadero juego empezó después, cuando la adrenalina de esa imagen todavía flotaba entre nosotros.

Estábamos en un restaurante. Ella estrenaba una camisa turquesa que tanto le gustó, y la conversación empezó a tornarse densa, caliente, reviviendo lo que había sido el casamiento. Se notaba en los ojos de M. que recordar a la novia le había encendido algo por dentro, y llevaba la charla para que yo le vuelva a contar que también estaba embobado como ella y que no podíamos parar de mirar sus tetas. Me miró con esa chispa de picardía que conozco bien y me propuso un juego.

Se la notaba muy caliente con ese recuerdo y a ella le vuelve loca el «pelo en pecho de los hombres», así que me desafió con la mirada:

—Ábrete la camisa —me soltó, a medias en broma, a medias con un deseo contenido.

Yo no me iba a quedar atrás. La miré fijo, saboreando el peligro del lugar público, y le puse la primera condición:

—Yo me abro un botón si vos te abrís uno primero.

Aceptó. Sus dedos, un poco temblorosos por la emoción del momento, desabrocharon el primer botón de su blusa, dejando ver apenas el inicio de su piel. Mi turno. Desprendí el mío, respondiendo a su apuesta.

Y así empezamos. Uno ella, uno yo. Un botón de su lado que revelaba un poco más de su intimidad; un botón del mío que la hacía morderse el labio. El aire en la mesa se volvió pesado, eléctrico. Cada movimiento era lento, desafiante. Ella iba entregando terreno, mostrando esa piel que a los dos nos calienta tanto ver expuesta, sabiendo que estábamos a la vista de cualquiera, pero jugando con el límite de lo permitido.

Llegó un punto en el que el escote de M. ya era una invitación abierta, peligrosa para el salón del restaurante. Con un movimiento sutil, giró el cuerpo hacia la ventana, buscando un ángulo donde la luz de la calle cubriera un poco su pecho totalmente descubierto y la protegiera de las miradas del resto de las mesas. Pero la adrenalina del exhibicionismo ya estaba desatada.

Justo en el momento más encendido del juego, cuando la tensión no daba más, vi el cambio en sus ojos. Su mirada se desvió por encima de mi hombro. Dos hombres que al comenzar el juego no estaban ahí, ahora se encontraban parados justo detrás de mi silla.

M., con un reflejo rápido pero con las mejillas encendidas por el calor del momento, se cerró la remera de golpe.

—Me la cerré por esos dos —me susurró con una sonrisa cómplice, tratando de recuperar el aliento.

Nos reímos disimuladamente, saboreando el final abrupto del juego. Ella me dijo que lo hizo por discreción, pero estoy seguro de que, en ese último momento, esos dos tipos se llevaron el mejor espectáculo de la noche.