Al día siguiente, la rutina habitual se vio interrumpida por la vibración de mi teléfono. Era ella. Al abrir el mensaje, la pantalla me devolvió una imagen que me hizo contener la respiración por un segundo: María me había mandado la foto con su uniforme de camarera.

Si en su perfil ya se veía atractiva, con el uniforme estaba simplemente ardiente. La prenda ajustada marcaba con precisión cada una de sus curvas. Su busto, mucho más realzado de lo normal, robaba la atención de entrada, pero lo que realmente me congeló la mirada fueron sus caderas anchas y el volumen de su trasero. Tenía ese cuerpo maduro, firme y carnoso que a mí me enloquecía. La sola visión de sus formas bajo esa tela me despertó un deseo primario, unas ganas brutales de tenerla de espaldas y meterle una buena nalgada.

No tardé en responderle, dejando de lado cualquier timidez. Le deshice el chat a halagos, detallándole lo increíble que se veía y lo mucho que me encendía su figura. Aprovechando el impacto visual, decidí tensar más la cuerda y meterme de lleno en su terreno:

Te ves espectacular... Pero dime algo, ¿cómo haces para atender a los clientes vestida así? ¿Nunca te has puesto a pensar que más de uno te mira con unas ganas enormes de llevarte a una cama?

La respuesta no tardó en llegar, y con cada mensaje la conversación fue perdiendo el filtro de la cortesía para volverse completamente explícita. Viendo que el ambiente estaba hirviendo, le pregunté directamente, sin rodeos ni vergüenza, cuáles eran sus fetiches y qué posiciones la hacían perder el control.

María no se echó para atrás. Al contrario, respondió con una crudeza que terminó de encender la habitación:

A mí me gusta el sexo rudo, Pablo. Nada de rodeos ni de ir despacio... Me encanta ponerme en cuatro y que me tomen con fuerza.

Me confesó que no solía masturbarse muy seguido por el cansancio del trabajo, pero que cuando lo hacía y lograba venirse, la intensidad era tal que soltaba verdaderos chorros de placer. Y para rematar, soltó una fantasía que me dejó la mente girando: le fascinaba la idea de ser cubierta por completo, ver cómo se venían sobre ella una y otra vez, ocho veces o más, hasta quedar totalmente bañada.

Escuchar a una mujer mayor hablar con semejante libertad y descaro disipó cualquier duda. Ya no se trataba solo de un coqueteo inocente en una app de citas; la tensión sexual entre los dos había cruzado un punto de no retorno.

A partir de ese día, algo cambió entre los dos. La conversación cotidiana dejó de ser la de dos extraños tanteando el terreno y se transformó en una rutina diaria llena de complicidad, casi como la de un par de adolescentes enredados en su primer romance. Los mensajes no paraban en todo el día. Apareció el "amor" en cada saludo, las promesas entre líneas y esa fantasía constante, cada vez más densa, de imaginarnos cara a cara.

Pronto, el simple texto se nos quedó corto. La curiosidad mutua y la tensión acumulada nos llevaron directamente al sexting. Las pantallas de nuestros teléfonos se convirtieron en el único puente para descargar todo lo que nos provocábamos a la distancia.

Las noches en las que ella no trabajaba, o los momentos en que yo lograba despejarme de los libros, se transformaron en sesiones de llamadas a oscuras. Escuchar su voz al otro lado de la línea le daba una dimensión completamente nueva a todo. Nos tocábamos mientras hablábamos, dictándonos al oído cada movimiento como si estuviéramos recostados en la misma cama.

Quiero sentir cómo me me usas... dime qué me harías si estuviera ahí contigo —susurraba ella, con la respiración volviéndose cada vez más pesada.

Yo no me guardaba nada. Le detallaba paso a paso cada caricia, la forma en que recorrería con la lengua cada rincón de su piel, el ritmo con el que la iría buscando hasta comerla a besos, para después tomarla por las caderas y penetrarla sin prisa pero con la fuerza que ella misma me había pedido. Escuchar sus gemidos ahogados a través del altavoz, sentir cómo se desarmaba al otro lado del teléfono mientras se acariciaba pensando en mí, solo conseguía llevar la temperatura al límite.

Nos leíamos, nos escuchábamos y nos explorábamos a lo lejos, construyendo una tensión tan física y real que ambos sabíamos que la pantalla pronto nos quedaría pequeña. Era cuestión de tiempo para que las palabras se convirtieran en hechos.

Llegó un punto en que el deseo dejó de ser algo ocasional para convertirse en una verdadera obsesión mutua. Estábamos completamente locos el uno por el otro. La necesidad de vernos, de romper la distancia de alguna manera, nos llevó inevitablemente al siguiente paso: las videollamadas.

Ya no bastaba con escuchar su voz; ahora la cámara iluminaba la penumbra de nuestras habitaciones casi todas las noches. Verla en directo era una tortura deliciosa. Su cuerpo maduro, con esas curvas rellenas que me volvían loco, se desplegaba ante mis ojos sin censura. Tenía unos pechos firmes que me desquiciaban y unas caderas espectaculares que solo me hacían pensar en tenerla de espaldas. A través de la pantalla nos tocábamos una y otra vez, mirándonos fijamente a los ojos mientras el placer nos iba consumiendo a los dos al mismo tiempo.

La rutina diaria de ambos quedó impregnada de esa tensión constante. Entre mis estudios y sus turnos en el hotel, los mensajes no paraban de volar cargados de anticipación y hambre:

¿Estás ansiosa por esta noche? —le tecleaba yo a mitad del día, imaginándomela ya sin ropa.

Ansiosa no... excitada... Te necesito conmigo más de lo que crees... —respondía ella sin rodeos.

Parecía una mujer completamente hambrienta de sexo, desatada, sin el más mínimo pudor. Ya no había un solo día en que no me escribiera buscando desesperadamente que encendiéramos las cámaras para entregarnos a la rutina de provocarnos hasta el límite.

Cada noche, al verla acariciarse frente a la lente, viéndola gemir mientras su piel brillaba bajo la luz del teléfono, lo único que pasaba por mi cabeza era un pensamiento salvaje: la rabia de no poder atravesar la pantalla en ese mismo instante, agarrarla por las caderas y comérmela ahí mismo sin piedad.