Mientras Ale se daba un baño después de haberme dado una mamada de verga deliciosa y haberse venido en mis dedos unos minutos antes, preparé todo el escenario para confrontarla por lo que había descubierto unas horas antes. Le pedí a los niños que subieran a mi habitación a jugar su PlayStation. Yo me serví una copa de vino tinto, tomé el iPad y me dirigí al estudio, que era el lugar más retirado de la casa, por si había algún tipo de discusión y los niños no eran capaces de escuchar.

El estudio tiene un escritorio de madera que me sirve para trabajar y, al frente, un sofá para dos personas para recibir algún tipo de visita. Me senté en el sofá, coloqué mi copa de vino en la mesita de la sala, el iPad a mi lado y esperé en silencio.

Ale salió del baño, tenía el cabello húmedo, una bata blanca con un escote que dejaba ver sus tetas ricas; los pezones se le marcaban sobre la tela. La bata le llegaba justo sobre las nalgas bien paradas, mostraba esas piernas morenas bien torneadas que hasta el día de hoy me vuelven loco. Tomó su teléfono celular y se dirigió descalza al estudio. Se sentó frente a mí, tomó mi copa de vino, la acercó a sus labios carnosos e hinchados por la mamada de verga que me había dado minutos antes, dio un sorbo, desbloqueó su iPhone.

—¿Qué pasó, mi vida? ¿De qué quieres hablar? —preguntó mientras scrolleaba en IG, sin mirarme.

—Necesito que dejes tu teléfono, porque es algo serio de lo que necesitamos hablar —ordené. Mi boca estaba seca, yo estaba muy nervioso. No sabía cómo iba a reaccionar ni ella ni yo al momento de la confrontación.

Ella levantó la mirada, entendió que el tema era serio, bloqueó su teléfono y lo asentó sobre la mesa.

—Está bien, tienes toda mi atención —me dijo.

Le di un sorbo a mi copa de vino, respiré profundo.

—No hay forma fácil de preguntar lo siguiente, así que lo haré de una vez: ¿Tienes una relación con Gabriel?

Ella cambió las facciones de la cara, abrió los ojos como platos.

—¿De qué estás hablando, Esteban? Claro que no, solo somos amigos y me molesta muchísimo que desconfíes de mí —contestó nerviosa.

Yo tomé el iPad de un lado mío, lo desbloqueé y abrí la conversación que hacía unas horas había descubierto.

—No es necesario que me mientas y que lo niegues. De verdad solo quiero hablar —le dije mientras ella lo sostenía viendo la conversación. Su semblante en la cara cambió a terror, se puso muy nerviosa, no sabía qué decir. Hubo unos segundos de silencio mientras ella veía detenidamente. Yo, por mi parte, sentí un palpitar en mis testículos, un cosquilleo en el pene que indicaba que me excitaba mucho tener el control de la situación.

—No debiste leer esto, invadiste mi privacidad… —empezó a levantar la voz.

—No quiero pelear, de verdad. No te voy a dejar ni voy a armar un lío grande de todo esto. Solo, por favor, respóndeme —le dije.

Ella hizo una pausa, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí —alcanzó a decir entre sollozos.

Me excitó aún más. No sentía celos, ni me sentía decepcionado, ni con ganas de reclamar.

—Ok, mira, vamos a seguir platicando del tema para poder llegar a una solución. Solo que a partir de ahora me vas a contestar todas mis preguntas y con la verdad. ¿Estás de acuerdo?

Ella asintió con lágrimas en los ojos.

—¿Quieres una copa de vino? —le pregunté, a lo que ella asintió de nuevo.

—¿Cuánto tiempo llevan teniendo una relación? —pregunté.

—Aproximadamente un año —ella.

—¿Han tenido relaciones sexuales además de lo que leí? —yo.

Silencio por unos segundos.

—Sí —contestó ella. En ese momento mi verga despertó, ya empezaba a quedar erecta.

—¿Su esposa sabe algo de ustedes dos? —yo.

—No, no sabe nada —ella.

—¿Cuándo cogen, lo hacen en el trabajo solamente? —yo.

—No, él rentó un departamento cerca del trabajo y ahí vamos cuando tenemos oportunidad —ella. Mi pene ya estaba hinchado de nuevo.

—¿En qué momento se dio la relación? —yo.

—Pues convivimos mucho tiempo juntos por el trabajo y ahí se fue dando poco a poco. Salíamos a comer, luego a tomar una cerveza.

—¿Lo amas? —pregunté. En este momento tragué saliva. Esa era la pregunta que no sabía cómo iba a reaccionar. Todo lo tenía calculado, pero en particular me sacaba de mi balance.

—No —hizo una pausa—. No como a ti, pero sí siento algo fuerte por él. Entiende algo por favor, no quiere decir que no soy feliz contigo, solo que me gusta estar con él y contigo. Pero no te preocupes, de verdad. Si me das una oportunidad, te prometo que ahora mismo termino todo y jamás vuelves a saber de él y hago todo lo que me pidas —dijo mientras se tiró a mis brazos para abrazarme. Puso su cara húmeda por las lágrimas frente a mi pecho, sintió mi corazón latiendo a mil por hora. Yo estaba muy excitado, entendí que el control es algo que me excita demasiado. La separé de mí y le dije—: No, en ningún momento te dije que quiero que te separes de él si te hace feliz.

—¿Entonces ya no quieres nada conmigo? —preguntó ella.

—No, tampoco quiero decir eso —hice una pausa—. Si yo también te hago feliz, tú sabes que no soy un tipo celoso y yo quiero que como mi esposa seas feliz y te sientas plena en la vida.

Ella se quedó muda, solo abrió los ojos grandes como platos.

—A lo que me refiero es que está bien, puedes seguir con él y conmigo. Puedes tener un novio y un esposo. Claro, hay que tener ciertas reglas y acuerdos que iremos platicando, pero si tú quieres, adelante —finalicé.

Ella se quedó muda, no sabía qué hacer. Yo, por lo tanto, tuve que acomodar mi verga ya que ya me molestaba mucho lo hinchada que estaba.

—¿Es en serio lo que me estás diciendo? —me preguntó y se acercó más a mí.

—En serio —asentí mientras le tocaba la pierna. Ella se estremeció. Acerqué un poco más mi mano a su vagina debajo de la bata, la rocé con un dedo y la sentí bien húmeda y babosa—. ¿Siento que te gusta la idea, verdad? —pregunté.

Ella solo sonrió, se mordió el labio y asintió. Me rodeó el cuello con los brazos y movió la cadera aún más para que entraran todos mis dedos en su vagina. Me dio un beso en la boca.

—¿Te gusta tener permiso de putear? ¿Te encanta tener dos vergas para ti solita?

Ella solo asentía mientras se movía en mis dedos para que entraran más. Me bajé el short y la monté sobre mí. Mi verga se deslizó rápidamente y sin problema dentro de su vagina. Empezó a mover las caderas sobre mi verga. Le apreté las tetas sobre la bata, luego ella, mientras cabalgaba, se la quitó y quedó desnuda sobre mí. Puso sus tetas en mi boca mientras yo le apretaba las nalgas.

—Es que no puedo dejar que este cuerpo tan rico sea solo mío —le dije—. Tengo que compartirte, no puedo ser egoísta.

Al escuchar esto ella gimió, se excitó demasiado y se vino sobre mí. Siguió montándome.

—Sí, mi amor, gracias. Quiero disfrutar de otra verga además de la tuya —me contestó.

Al momento de escuchar esto le besé la boca y le apreté las nalgas hacia mí. Ella gimió muy fuerte. No aguanté más y me vine dentro de ella. Le llené de leche la vagina. Se quedó tendida sobre mí unos segundos, me besó la boca. Al separarse de mí pude ver cómo mi leche le escurría entre las piernas. Se acostó en el sofá.

—¿Me dejas darle la noticia a Gabriel? —me preguntó con una cara tierna y pícara.

—Sí, está bien —le contesté.

Ella sonrió.

—Le va a encantar, se ponía muy nervioso de que nos descubrieras.

—Solo ponlo en altavoz por favor —le dije.

Ella asintió.

Seguía acostada desnuda frente a mí, con las piernas entreabiertas. Podía ver su vagina roja e hinchada, y las tetas paradas y ricas brillaban producto de mi saliva seca en ellas. Tomó el teléfono, marcó el número de Gabriel. Timbró dos veces.

—¿Hola, qué pasó? —preguntó él.

—Nada, es que necesito decirte algo —me acerqué a ella y le acaricié el muslo—. ¿Estás solo? —preguntó Ale.

—Sí, aún sigo en la oficina —dijo él.

—En primer lugar quiero decirte que estás en altavoz, estoy con Esteban.

Hubo un silencio de unos segundos.

—Hola Esteban, buenas tardes. Todo bien, ¿en qué puedo ayudarlos? —preguntó con voz nerviosa.

—Bueno, quiero decirte que Esteban ya sabe sobre nosotros dos, ya le conté todo —dijo ella al teléfono, mientras yo le masajeaba el muslo un poco más cerca de su vagina. Ella movió la cadera un poco más.

Hubo un silencio que tardó unos segundos.

—¿Estás ahí? —preguntó Ale.

—Sí —contestó él.

—¿Estás bien? ¿Necesitas que haga algo? Esteban, quiero que sepas que esto no fue algo que planeamos…

—Entiendo —interrumpí lo que estaba diciendo—. Mira, ya platiqué con Ale y hemos llegado a un acuerdo.

Le metí los dedos en su vagina húmeda de nuevo. Ella abrió la boca intentando ahogar un gemido.

—Lamento haberme enterado de esta manera acerca de su relación, pero bueno, las cosas como son. Quiero decirte que yo no tengo problema con su relación, siempre y cuando respeten la mía.

Me puse de pie al lado de Ale, mientras la dedeaba puse su mano en mi verga.

—No entiendo nada —dijo Gabriel sorprendido y preocupado.

—¡Que ya me dio permiso de que seas mi novio! —dijo Ale mientras me masturbaba y soltaba una risa de felicidad. Yo la dedeaba y ella empezaba a gemir un poco.

—¿Estás de acuerdo con eso, Gabriel? —pregunté—. Quiero compartir a mi esposa contigo.

Segundos de silencio.

—Me encantaría —contestó él.

—¿Te excita la idea? —pregunté.

—Sí, mucho.

—Quiero que sepas que en este momento tu novia, o sea mi esposa, me está jalando la verga mientras la masturbo. ¿Quieres que te la jale a ti también, papi? —le preguntó Ale al teléfono.

—Espérame un segundo por favor —contestó. Escuchamos unos ruidos de sillas, regresó y tomó el teléfono—. Ya puse seguro mi oficina, ya me saqué la verga. Jálamela, amor.

Empecé a dedear más rápido a Ale, le apreté las tetas.

—¿Te gusta coger a mi esposa? —pregunté al teléfono.

—Me encanta tu esposa, me encantan sus tetas y como me da sentones con ese culo tan rico y grande —contestó Gabriel mientras gemía.

Ale solo estaba gimiendo extasiada por todo lo que estaba pasando.

—Ahora que tengo tu permiso te la voy a mandar bien cogida a la casa, me encanta tu mujer —decía Gabriel mientras se escuchaba su voz entrecortada.

—¿Te encanta tener las dos vergas para ti, verdad Ale? —preguntó él.

—Sí, me encanta tenerlos a dos. Quiero sentirlos dentro. Métemela, papi —contestó Ale entre gemidos. Aumentó la velocidad de mi masturbación.

—Ya me voy a venir. ¿Dónde se los echo? —le pregunté a Gabriel que a través del teléfono contestó—: En sus tetas, igual yo ya estoy a punto.

En ese momento me vine, se los tiré todo en sus tetas que quedaron hechas de leche blanca y viscosa. Agarré el celular de Ale antes de que se los limpie y le tomé una foto en primer plano. Busqué el número de Gabriel en el WhatsApp, le mandé la foto.

—Te mandamos algo, revísalo —le dije.

—Qué deliciosas se ven llenas de leche —contestó y unos cuantos segundos después respondió con una foto de su verga envuelta en su mano chorreando de leche—. Mira cómo me pone tu esposa —alcanzó a decir por el teléfono.

Me puse el pantalón y me dirigí al baño por papel para limpiar mi leche sobre los senos de mi esposa. Cuando regresé escuché que le decía a Gabriel:

—Sí, papi, mañana te cuento bien. Te quiero mucho.

—Bueno Gabriel, me gustaría que saliéramos a tomar un café los tres para platicar de los acuerdos y que todo salga bien como queremos. ¿Estás de acuerdo? —le pregunté.

—Seguro que sí, Esteban. Tú solo pon fecha. Hasta luego —se despidió y colgó.

Yo le limpié a Ale mi leche con mucho cuidado y amor. Se puso de pie desnuda, me abrazó y me besó.

—Muchas gracias por entender y ser el mejor esposo del mundo —me dijo.

—Nos vamos a divertir mucho, mi amor, te lo prometo —le dije mientras la abrazaba.