Aquella noche sentía la cama inmensa, fría, ya eran casi las 10, no tenía más alternativas que dormir, las calles me resultaban hostiles y los ladridos de los perros de dos patas me intimidaban. Era jueves, a principios de noviembre de 2004. Estaba en la ciudad de Querétaro después de una jornada en el Congreso Nacional de Imagen y Pedagogía. Había viajado sola por primera vez en siete años, dejando atrás una vida rutinaria. Pero no siempre había sido así.
Antes del matrimonio aprendí a manejar mi cuerpo como un instrumento preciso: cada curva, cada gesto estaban calculados para provocar lo que yo quería. Sabía leer miradas, anticipar reacciones y administrar el deseo ajeno. Seducir no era impulso, era una estrategia. Nada en mí era casual. Sin embargo, esa noche, algo empezó a salirse de control antes de que pudiera darme cuenta.
Como maestra universitaria estaba acostumbrada a no permitirme fallas. Pero estaba ahí, vulnerable en un espacio donde nadie me conocía. El único lugar seguro, las cuatro paredes de ese pequeño cuarto del hotel Hidalgo y el ruido de una programación ensordecedora. Sólo había una pequeña luz, una llamada que no llegaba haciendo más larga la agonía. La angustia y la desesperación me arrojaron fuera del cuarto, quizá la señal del teléfono no era buena.
Al salir observé a un intruso en mis planes, un hombre de treinta años encogido por el frío y mandando mensajes de su celular. «¡Qué atrevimiento! Estaba sentado en el lugar que yo quería para esperar a que pasara el tiempo». No fue un accidente. Desde el primer momento lo vi, esa manera de no intentar nada… no era como los otros.
Vestía sencillo: pantalón formal, suéter y zapatos negros. Tenía rasgos indígenas que me recordaban a hombres de Oaxaca o Guerrero, como las personas que venden flores en las ciudades. No hacía ningún esfuerzo por gustar ni jugaba a las apariencias. Su origen contrastaba con ese entorno… y también conmigo, con mi forma de vestir, de hablar. No era el tipo de hombre que me llamara la atención… y aun así lo hacía.
De momento no supe qué hacer, él ahora me veía, y yo me veía a mí misma con un suéter y pantalón, no traía mi disfraz, la pintura se había borrado de mi rostro, el pelo en desorden sujetado con un broche, el frío encogía mis hombros y mi rostro se fruncía de frustración porque no recibía la llamada. Esa era yo, Yadira. La que solía vestir ajustada estaba ahí desarmada.
Pensé en regresar al cuarto, di unos pasos sin sentido y terminé derrotándome ante un sillón gris que se encontraba a un costado de las escaleras. No recuerdo quién habló primero, posiblemente él, yo al principio no deseaba hablar, aunque lo necesitaba, ya eran dos días sin comunicarme con nadie. Me observó en silencio, luego comentó que hacía frío y apenas le respondí. La plática fluyó, de educación pasamos a política, de política a clima y así sucesivamente. Estábamos ahí sentados a dos metros de distancia, porque no había nada mejor que hacer. En ese primer encuentro me dijo que se llamaba Ansberto Cirilo. Algunos lo llamaban Ans o Beto.
Superado el trauma del disfraz, no me importaba cómo me veía, al principio él no me interesaba, yo no intentaba gustarle, no lo quería seducir, —lo tenía todo muy claro—. Así que retomé la plática, pasaron las horas, los jóvenes subían y bajaban, parejas se paseaban, perfumados abandonaban sus cuartos y la plática continuaba. Le ocultaba información no trataba de ser honesta con él, pero las cuentas no cuadraron y me descubrió, evidenció la falta de información, y entonces lo vi, no había cuidado mi camino a él. Siempre evado a los hombres, les digo palabras incoherentes, trato de que me vean excéntrica y corran, pero ahora me había mostrado como realmente soy.
No puse la barrera, no sentí amenaza, me sentí segura, y mientras pensaba, la plática continuaba entre enfrentamiento de ideas y pocas coincidencias, lo que me retenía era la soberbia, demostrarle que yo tenía más elementos que él para argumentar mis afirmaciones. Entre la acalorada plática y el frío pensé en despedirme, mis manos congeladas tomaron el teléfono que estaba en el descanso, seguro lo vio, porque en eso llegó la propuesta: —Vamos a un bar a tomar algo.
I. EL BAR Y LAS ROSAS
No lo dudé y dije que sí, quería salir, caminar con tranquilidad por las oscuras calles. Le dije que me diera cinco minutos, entré y me puse un pantalón ajustado, mis zapatos de tacón, una blusa y una chamarra, retoqué el maquillaje, solté mi pelo y tomé mi bolsa. Antes de cerrar la puerta, me detuve para reconocer a la mujer que estaba a punto de soltar. Sin embargo, él no era el destinatario, sino el instrumento para confirmar que mi dominio seguía latente.
No vi su reacción, —de hecho, poco lo veía, él era quien me veía—; lo percibía soberbio e irónico incluso. Nos dirigimos hacia la puerta de salida y entregamos las llaves al administrador. Salimos del hotel, caminamos por las calles conservando la distancia, tiritando de frío me sobresalté al ver cómo un portal servía comida a decenas de pordioseros para pasar la noche.
Mientras él caminaba detrás de mí, percibí su mirada fija en mi trasero, recorría la forma en que mi pantalón se ajustaba a mi cuerpo. Después supe que se había quedado sorprendido al verme arreglada, como si la mujer que salió del cuarto no fuera la misma que había entrado.
Continuamos el rumbo, ya estaban cerrando los lugares, uno por fin nos aceptó, tenía frío, así que pedí un tequila, él, Ans, pidió lo mismo aun cuando observé que no le gustaba. La plática continuó, la música me molestaba, la chava cantaba mal. Se acercó un niño e insistió en que me comprara una rosa, yo le dije que no y metí las manos en la chamarra. La compró, la colocó de mi lado y dijo —Haz lo que quieras con ella, yo te la regalo.
Observé riesgo, pero a fin de cuentas era solo una rosa, no me comprometía a nada, yo pagaría mi consumo. Yo medía cada gesto, cada distancia. Él no. Él avanzaba sin detenerse. Y ahí empezó algo que no quise ver en ese momento: yo seguía jugando… él no.
Una señora se aproximó, varios ramos de rosas se posaban en sus manos y la súplica se repitió, me pidió escoger un ramo, vi los colores y escogí el que, para mí, menos me comprometía. Terminó comprando un ramo grande. Me divertía evidenciando el poco efecto que causaban en mí las rosas. Sin darme cuenta, fui cediendo espacio que normalmente no comparto.
Me platicó de su vida, de sus padres, de su hijo, de su reciente separación, y todo lo que hacía. Ansberto Cirilo era profesor de telesecundaria en una comunidad del Estado de México. Había llegado en camión a Querétaro cargando una cámara de video con la que grabó las conferencias del evento. Yo llevaba una grabadora de casete para registrar las actividades más relevantes del Congreso.
Como a las tres de la madrugada el tiempo de cerrar el negocio llegó, relativamente nos corrieron, con tres tequilas encima nos levantamos. Él insistió en pagar la cuenta, yo bastante práctica pensé en el uso que podría darle a ese dinero.
II. EL PRIMER BESO
Al ponerme de pie, sentí el mareo por las bebidas. Así nos pusimos a caminar cuando la fatalidad me llegó, caía a un hoyo y él me sujetó al vuelo, me tomó de la cintura y me besó. Fue un beso que evidenciaba que era un hombre desesperado por besar, por sentirse amado, como una especie de aspiradora que quiere succionar todo. Entonces me dijo en voz baja —No te hagas… esto ya estaba pasando desde hace rato. No fue una sorpresa. Fue una respuesta a algo que ya se había movido entre los dos.
Cruzamos una calle y luego el Jardín de la Corregidora. Me dijo que, si me podía abrazar, le contesté que sí, tenía frío y de esa forma me tapaba el aire. Se colocó detrás de mí, mientras avanzábamos. Dejé que me abrazara para no perder el cobijo. En esa cercanía, la tela estrecha de mi pantalón ya no era una barrera para sus sentidos.
Llegamos al hotel, pedí mi llave y me acompañó a la habitación. Uno frente al otro, continuábamos hablando. Él no se iba y yo no daba un paso atrás. Me hizo voltear hacia el encargado de la recepción para que viera una estupidez y volvió a besarme, ahora en otra tónica. Me quité. Él buscó mis ojos y me dijo: —¿Qué, no me vas a invitar a tu habitación? En ese momento me confundí y reí. Unas rosas, tres tequilas, dos besos, una caminata y cinco horas de charla... ¿valían una cogida?
III. LA HABITACIÓN SIN LÍMITES
Apenas cerró la puerta me besó, bajó mi pantalón, bajó el suyo y entre caricias me quitó el hilo dental, me cargó y encajó su miembro erecto en mi concha que se contrajo ante la sorpresa. Me subía y bajaba, con una urgencia que no dejaba espacio para pensar. Había una prisa contenida, en un intento de asegurarse de que aquello estaba ocurriendo. Me dijo: —Déjate llevar, no tengas miedo.
No fue por las rosas ni el tequila. Para ese momento, el límite ya estaba cruzado desde antes. Solo hacía falta cerrar la puerta.
Me sujetaba por debajo, moviéndome sin preguntarme. Mis piernas apretaban su cuerpo para no caer. Todo era rápido pero decidido. Chocaba su cuerpo con el mío una y otra vez. Sentía el peso de mis caderas, de mi cuerpo sostenido por él. Su delgadez parecía concentrar toda su fuerza justo donde me agarraba. En algún punto intentó apagar la luz, murmuró que así le excitaba más, pero no lo permití, quería ver cada uno de sus movimientos.
Me bajó y nos vimos desnudos. Observé su cuerpo delgado con rasgos cercanos a lo rural -piel morena clara y lampiña— contrastaba con el mío, más lleno: muslos, caderas y amplio trasero. Fue entonces cuando por primera vez vi su verga erecta, tenía un lunar redondo en la base, pero lo que más me desconcertó fue una particularidad: una ligera curvatura hacia arriba, como un gancho.
Entonces me llevó hacia la pared. Inclinó mi cuerpo hacia adelante, con las manos apenas apoyadas en el frío muro. Él se colocó detrás y me penetró. Yo dejaba que me moviera, que me llevara de un lado a otro, empujando, sin detenerse. Se movía en círculos lentos y profundos. De pronto la ternura desapareció y aumentó el ritmo. Entonces, dejé escapar algunos gritos.
Cuando volví a ser consciente estaba nuevamente en la cama, a la orilla y él me penetraba suave e intenso, intercalando ritmos y haciéndome perder la noción del espacio. En esa posición levantó mis piernas, las abrió y nuevamente me empezó a coger. En ese punto entre la intensidad y esa nueva forma de recorrerme, empecé a perder no solo el dominio… sino también la referencia desde donde siempre había sabido sostenerme.
Sentí su miembro tensarse, lo sacó de mi concha y una descarga de semen salpicó mi vientre. En ese instante supe que ese primer encuentro no había tenido estructura, ni elegancia, ni medida… había sido rápido, ansioso, desordenado.
Desde ese momento entendí algo, aunque no quise nombrarlo: él no esperaba, no preguntaba. Y yo, que siempre marcaba los tiempos, me repetía que podía detenerlo cuando quisiera. Con la luz apagada nos acostamos, estábamos desnudos, no nos dio tiempo de extender las cobijas y sólo nos pusimos encima la sábana. No me sentía segura, así que mientras él dormía, escondí mis pertenencias. Era un desconocido y me sentía vulnerable.
La segunda vez ya no fue sorpresa. Mi cuerpo sabía lo que venía… y no lo detuve. Ya no había duda. Había decisión y no desde la cabeza.
Mientras dormía, sentí sus labios en mi cuello. Abrí los ojos y estaba encima de mí. No me dejó levantar. Me jaló hacia el borde de la cama. Me abrió las piernas y se puso entre ellas. Colocó su verga cerca de mi vagina y me la metió. Empezó a cogerme sin tregua alguna. Volvió a levantarme. Me cargó otra vez. Yo sujetándome de su cuello mientras él me movía. Me cargaba, me pasaba de una cama a otra, moviéndome con facilidad, con la certeza de quien ya sabe exactamente cómo darme placer.
Luego me bajó. Y otra vez la seducción, los labios se deslizaban por mis entrepiernas, sin llegar a mi pubis, su lengua jugueteaba con mi clítoris, sus dedos se sumergían en mi concha, mi ano era suavemente acariciado. Me sostuvo las piernas y desde ahí comenzó a oscilar sin detenerse. Su verga se metía por momentos dentro de mí y yo excitada a la locura, me estimuló hasta el cansancio, me rogaba que me viniera y mi cuerpo se desasía por su pene.
Después me dio la vuelta y me puso de rodillas. Me penetró a la orilla de la cama en cuatro. Ahí descubrí que lo que más le provocaba era tenerme así, con mi trasero expuesto a su mirada y bajo su sometimiento. Yo cedía a sus movimientos, sin intentar detenerlo. Era la visión de mis anchas caderas lo que lo empujaba a incrementar cada vez más la velocidad. Mis gemidos estaban fuera de sí.
Sus manos se hundían en mis caderas mientras su cuerpo se ponía rígido, anunciando el final. En un último impulso intensificó el ritmo, mientras mis jadeos subían de tono. Se vino sobre mi espalda mientras me decía: —Hagámoslo juntos.
Nos quedamos dormidos, abrazados. Entonces lo noté: incluso en el sueño, su miembro permanecía erguido, parecía que la noche no hubiera terminado para él, como si algo en su deseo se hubiera apagado del todo. Por alguna razón acaricié su cabeza y por un instante creí que era mi esposo… pero no, era Ansberto.
En la mañana del viernes, las suaves caricias me despertaron (8:00), me buscaba, tocaba mi piel con su lengua. Me apretaba los glúteos, separó mis piernas y su lengua recorría nuevamente el camino. El sueño me vencía, pero mi vagina ya lubricaba.
Su pene estaba erecto, sin besos, sin caricias de mi parte. Se introdujo dentro de mí. Mi cuerpo de lado, con una pierna arriba recibía toda su fuerza, mientras él me tocaba por la espalda y me apretaba los pechos y las caderas. Empezó a follarme. Y la súplica nuevamente: —Vente conmigo. Le dije: —Lo voy a hacer. Y respondió: —Vamos. Cuando llegó al final, no se detuvo. Siguió un poco más, se salió de mi vagina y terminó sobre mi piel.
Poco tiempo después se levantó, se bañó y en silencio se vistió. Yo apenas lo percibí, entre el sueño y el cansancio. Antes de salir del cuarto me hizo una invitación a desayunar en el restaurante del hotel, en un intento de darle continuidad a lo que había ocurrido entre nosotros. Desde que la vi, empecé a planear cómo podría vengarme de la noche anterior. Ah, pero ¿cómo? Debía pensarlo, yo no cuesto tan barata, me doy a valer.
Después supe que él regresó a su habitación, donde compartía cuarto con Rosa, una maestra de Oaxaca. Ella estaba despierta, haciendo ejercicio y le preguntó que dónde había estado. Él dio una explicación rápida: que se le hizo tarde y había dormido en el cuarto de unas amigas.
Y yo, en esa habitación, entendía que esa noche no había sido un accidente … ni algo que pudiera deshacer.
IV. EL DESAYUNO INCÓMODO
Aquella mañana acudí al desayuno, más nada hablamos, su compañera de cuarto estaba presente, mi altivez era soberbia, intercambiaba, sonreía y mis ojos brillaban. Él a lo único que hizo alusión fue a que Rosa se iba esa misma tarde, abandonaría el cuarto a las 12. Y bueno me pidió que le hiciéramos como Rosa y él, compartir la habitación para economizar en mis gastos. Usaría la misma cama que dejaría ella.
Rosa se veía tan cómoda en la mesa como si perteneciera a ese espacio. Me molestaba que ella no tuviera que esforzarse para encajar, no necesitaba seducir, mientras que yo calculaba cada uno de mis gestos frente a Ansberto. Me irritaba su simpleza, me resultaba tan desagradable. Pero en realidad, lo que me incomodaba no era ella, sino verla habitar con tanta naturalidad un espacio que a mí me costaba tanto trabajo conseguir.
Me enfadó Rosa y lo mostré. Él pagó mi desayuno, insistieron en esperarme para que tomara mis cosas, les dije que no y que se fueran. Rosa me dijo que, si nos veíamos para comer juntos, que nos buscáramos a la salida y les respondí que sí. Lo único que quería era recobrar lo que había perdido, mi espacio, mi libertad. Subimos a las habitaciones a lavarnos los dientes. Antes de salir del hotel me detuve en la planta baja para intercambiar unas palabras con un camarógrafo que conocí días antes. En ese momento Ansberto salió de su habitación y se quedó observándonos. No dijo nada.
Al medio día de la jornada académica, mientras estaba cerca de la puerta del auditorio escuchando la conferencia, levanté la vista y vi a Ans en la parte alta, grabando con su cámara. No era la primera vez ese día que me miraba. Me ubicaba entre la gente con la seguridad de quien ya sabe exactamente dónde encontrarme.
La conferencia estaba bastante aburrida, así que la imaginación empezó a volar. Saqué el teléfono y le escribí a mi esposo un mensaje recordándole esa vieja fantasía suya: la de verme follar con otro hombre. Su respuesta no tardó; me dijo que le gustaba la idea y solo me pidió que tuviera cuidado. Sonreí con ironía. Pero le seguí el juego. No para cumplirle, sino para justificar lo que estaba haciendo. Tomé la decisión de vengarme de aquel profesor de telesecundaria, arrastrarlo a mi terreno donde mis reglas y mi cuerpo mandaban. Esta vez no tendría escapatoria, el dominio sería mío.
V. CRUZAR LA PUERTA
Sin decirle nada fui al hotel, recogí mis cosas y las cambié a su cuarto. No fue casualidad. Ya lo había decidido. Como si ese movimiento me devolviera el control, pero en realidad estaba cruzando un punto de no retorno. Regresé a las conferencias y se dieron las dos, la hora de la comida. Ya no sabía qué hacer, empezaban las dudas, pero ya estaban ahí parados junto a la puerta esperándome. Pensé: «¿Cómo me escapo? Pero, sobre todo, ¿cómo me escapo de ella?». Caminamos al comedero que tenía identificado, fue una comida fatal, Rosa es una ignorante total.
En la comida ya fui menos soberbia con Rosa. Los tres pedimos lo mismo. Estaba en la mesa de al lado el camarógrafo quien por cierto le desagradaba mucho a Ans. Su incomodidad era evidente: no sabía desde dónde mirarme, si como alguien que acababa de conocer o como alguien que ya empezaba a sentir como suya. Nuevamente él pagó mi consumo, recogimos las constancias. Nos compró unos helados y caminamos al hotel.
En la calle me detuve frente a un aparador de zapatos y él me preguntó cuáles me gustaban, le mostré los que me agradaban. Lo dije como un comentario casual. Me respondió que conocía un lugar donde vendían los originales. Supe —sin decirlo— que en ese terreno no había forma de encontrarnos. Ahí fue cuando se acercó a mí y me preguntó qué había pensado. —Mis cosas están en tu habitación —le dije. Fin de la plática, Rosa ya estaba de nuevo cerca de nosotros.
Rosa recogió sus pertenencias, yo me recosté un rato, me tapé con la gabardina Él estaba parado en el arco de la puerta y ahí se quedó. Se acercaban las cuatro y sugerí que Rosa se llevara de una vez sus cosas para que ya no anduviera dando vueltas y aprovechara la presencia de un hombre. Ans le ayudaría.
Nuevamente no los acompañé, me desagradaba que me vieran caminando con Rosa, la soberbia me ganaba. Ella era una “naquita”, sola me sentía mejor. Ans también la dejó; pudo darse cuenta de que la rechazaba. Finalmente, Rosa se marchó del hotel. La busqué en el teatro y me despedí de ella. Transcurrió la fatal y última conferencia, el dolor de cabeza se apoderó de mí. Terminó la sesión, nuevamente la puerta, ahí estaba él, ahora solo, como mi irrenunciable camino. Tenía dolor de cabeza.
Caminamos al hotel, intercambiamos pocas palabras. Trataba de disculparse por Rosa, por él, por todo, creo que pensaba que yo le iba a salir con una tontería. Hablaba con cautela, en un intento de evitar que yo reaccionara de forma inesperada. Lo escuchaba a medias, evaluando, midiendo, sosteniendo mi distancia emocional.
VI. LA TARDE DEL DESBORDE
Llegamos al cuarto (6:00), se abalanzó sobre mí, los besos, las manos —y bueno, para eso estaba ahí—; bajó mi pantalón, bajó mi tanga, bajó su pantalón y me penetró. Sentí su pene que me llenaba toda, pero le dije que no, sin condón nada y me dolía la cabeza. Salió del cuarto, mientras tanto me recosté en la cama y rocié perfume en la habitación. Regresó más rápido de lo que esperaba, aun vestida intentaba dormir.
Pensé que podría dominarlo, pero no fue así. Nuevamente estaba sobre mí (6:10). Otra vez los besos y caricias. Me despojó de la ropa, se despojó él, tomó el condón y se lo colocó sin apartar la mirada de mi cuerpo. Nos colocamos en la cama que estaba junto a la pared porque la otra no la utilizamos para dormir. Había dos camas matrimoniales. Me penetró con su verga, el sobre mí, a cierta distancia, observando con cierta soberbia. Yo cerraba los ojos para sentirlo adentro.
En medio de la cogida me preguntaba si me gustaba, si quería más: —Mírame… sé que te está gustando. Pero el olor a condón me despertaba. Intentaba sostenerme en la idea de que podía contener lo que sentía, pero cada vez que abría los ojos lo encontraba viéndome. Terminé emitiendo algunos gritos y así eyaculó, retiró el condón y se recostó sobre la cama. Me preguntó por qué no había sentido un orgasmo, y le respondí: —La cabeza.
Me dio la pastilla que me llevaba y nos recostamos un rato. Se levantó de la cama sin prisa, completamente desnudo. Caminaba con naturalidad, sin cubrirse, dejando que mirara su cuerpo delgado, con una presencia más ruda que refinada. Lo observaba en silencio. A él no le incomodaba la desnudez de su cuerpo, a mí tampoco, pero tenía frío así que me vestí nuevamente.
Paso un tiempo (7:00) y me convencí de que ya tenía más control de la situación. Lo empecé a seducir. Me acerqué y lo besé, era un beso cargado de urgencia que él no esperaba. Bajé mis manos por su torso hasta su entrepierna y empecé a masturbarlo. Quería que supiera que yo también era capaz de domarlo. Pero inmediatamente se precipitó. Traté de hacer una pausa y le dije que habría que grabarlo, pero me dijo que lo hablábamos en un ratito.
Todo siguió, movió mi cuerpo con tal sutileza que recostados en la cama y dándole la espalda nuevamente sentí como su verga estaba dentro de mí. No lo podía ver, pero disfrutaba mucho. En medio de esa intensidad que me envolvía lo llamé ‘papi’. Fue un grito de vulnerabilidad que confirmaba que esa tarde en Querétaro yo ya no era la dueña de nada, sino una mujer sometida al placer.
La eyaculación no tardó más, mordía mis labios para evitar que gritara mucho. Buscaba silenciarme para que nadie escuchara mis gemidos. En un último impulso, se salió de mí y retiró el condón para terminar sobre mis caderas. Sin palabras volvió a recostarse. Retomé el tema de la grabación, me preguntó por mi cámara, le dije que, con la suya, no hubo respuesta. Me empezaba a frustrar que no tenía la grabación, el único que estaba obteniendo algo era él.
En varios momentos, mientras descansábamos le pregunté quién le había enseñado a follar así, de dónde venía esa forma de moverse, esa técnica. Él evitaba responder, le daba la vuelta y yo entendía que había algo en su historia que no me iba a decir.
VII. LA RENDICIÓN
El cansancio nos hacía presas, dormitamos un rato. Desperté, lo vi boca abajo, desnudo. Nuevamente me vestí: tomé mi tanga y luego el sostén. Caminaba por la habitación, sin rumbo claro. El sol ya había desaparecido, la luz natural se fugaba y ahora cómo iba a grabar. Despertó (9:00), se levantó sin decir nada y, con naturalidad, me tomó por la cintura. Me cargó entre sus brazos, me dijo que ya no pensara tanto, y cuestionó sobre el motivo de la grabación. Le di mis razones, pero no valieron.
En un instante me bajó de sus brazos y me colocó de pie. Cuando menos acorde parada a un lado de la cama con una pierna arriba y entreabierta estaba su pene nuevamente dentro de mí. Tocaba mis pechos, acariciaba mi cuerpo y yo sólo recibía su fuerza. Lo empezaba a percibir como todo un Don Juan con mucha experiencia en los asuntos amatorios.
En un arrebato de fuerza me elevó del suelo, cargándome mientras su miembro seguía hundido en mi interior. Mis piernas se enredaron en su cintura. Quedé empalada en su verga curveada. Mi trasero se balanceaba en el aire ante sus movimientos. Tenía la fuerza de un hombre que sabía exactamente cómo reclamar cada centímetro de mi cuerpo.
Entonces ocurrió lo que nunca me había sucedido. Sentí cómo su verga me atravesaba y me obligaba a contraerme. Fue una explosión desconocida, el primer orgasmo de toda mi vida, una frontera que jamás había cruzado y que me hizo gemir. Exploté, mis fluidos comenzaron a bajar por sus muslos hasta salpicar el piso del cuarto. No fue solo placer. Fue una ruptura. Comprendí que todo lo que sabía sobre mí misma era mentira. Un maestro de educación básica me había roto y dado lo que nadie más supo despertar. En ese momento perdí la noción del tiempo y del espacio.
Cuando volví en mí, me miró y me dijo: —Te dije que te dejaras llevar. Podía sentir el cansancio acumulado en sus brazos después de cargarme tantas veces. Entonces me puso de espaldas y me colocó a la orilla de la cama. Primero subí una pierna, después otra. Sin preámbulos metió su pene otra vez en mí. El golpeteo sonaba a humedad. Mis piernas temblaban tanto que apenas podían sostenerme. No podía evitar gemir cada vez que él se movía dentro de mí. Cuando pensaba que no podía soportar más, una segunda explosión me sacudió por completo. Volví a alcanzar el orgasmo. Me colapsé mientras mi vientre no dejaba de temblar.
De pronto, sentí que él llegaba a su clímax. Y finalmente eyaculó, solo que ahora se retiró el condón y se vino sobre la piel de mi espalda. Su semen no se sentía como algo que pudiera limpiarse con agua. Era su manera de dejar constancia de lo ocurrido. Se tiró a un lado y me preguntó qué pasaba, le repetí lo de la grabación, pero ahora sí se encrespó, me dijo un rotundo no. Y ese “no” no fue sobre la grabación. Fue sobre el lugar desde donde yo todavía intentaba mandar.
La televisión seguía encendida, lanzando una luz intermitente sobre las paredes del cuarto. Discutimos ligeramente, (12:20) nos cogimos con rabia, como en una especie de demostración de poder. Me tiró a la cama boca abajo, sentía que su verga se acercaba por detrás. Me giré y lo miré desde abajo. Agitada tomé su miembro con mis manos hasta acercarlo a mi boca. Había algo de arrogancia, como si por un instante pudiera dominarlo. Tomé un preservativo y se lo coloqué sin apartar la mirada.
Entonces me puso de rodillas frente a la cama. Y me la metió otra vez, mirándome con altanería. Perdida en la lujuria le supliqué con la voz quebrada: —Dame verga, papi... dame verga, no te detengas. Apretó mis caderas y me cogió con más fuerza. La presión creció hasta romperme. Esta vez fue un derrumbe absoluto. Me desvanecí: sentí cómo todo volvía a salirse de mí, sin que pudiera detenerlo. En medio de un nuevo orgasmo no pude contener los gritos.
Yo ya no pensaba. Me sujetó del cabello y tiró mi cabeza hacia atrás en una especie de sometimiento de mi cuerpo y al mismo tiempo de mi orgullo. Comenzó a montarme mientras su pene curvo invadía toda mi profundidad. Cuando creía que el cuerpo no podía dar más, llegó otra vez. Vibré cuando mi cuerpo expulsó líquido que mojó su vientre y mis muslos. Ans no solo me había poseído, me había drenado el interior.
En medio del placer, justo antes de que él llegara a su límite, me dijo al oído: —Sé que te gusta así… esto es lo que buscabas. No pude responder porque jadeaba y estaba desorientada. En esa oscilación eyaculó dentro de mí en su condón. Después, un silencio absoluto cayó sobre nosotros, como si ese vacío también le perteneciera a él.
Yo siempre había sabido desde dónde operar: leer, medir, decidir el momento, marcar el ritmo. Pero ahí… nada de eso encontraba dónde sostenerse. No porque hubiera desaparecido, sino porque había dejado de tener sentido. Él no necesitaba jugar a imponerse. Y eso lo volvía imposible de anticipar. Yo intentaba alcanzarlo desde lo que conocía… pero siempre llegaba tarde. Hasta que dejé de resistirme… y algo en mí cedió antes de que pudiera decidirlo.
Ante la negativa de usar su cámara de video, mientras él estaba en el baño saqué mi grabadora de casete. La coloqué discretamente debajo de la cama y la encendí. Él salió del sanitario y se tiró sobre la cama, quería dormir (2:00). Me desnudé, lo empecé a acariciar, lo busqué, lo provoqué, inicié el juego otra vez. La erección estaba presente. Se puso de pie junto a la cama y comenzó a recorrer mi cuerpo con su pene, lo pasaba entre mis pechos, lo pasaba cerca de mi boca mientras yo estaba recostada.
Le pregunté si quería que se lo mamara, calladamente me dijo que sí. Lo hice despacio al principio, después con ansiedad. Lo succionaba y tocaba sus testículos mientras mis ojos buscaban encontrarse con los suyos. Pero creo que no le gustó que tomara la iniciativa. Después empezó a jugar con mi clítoris, su lengua acariciaba mis labios, sus dedos penetraban todo espacio posible, la excitación ahora sí estaba presente.
Le pedí que me dejara montarlo, lo intenté. Me coloqué de frente a él. Tomé su verga y me senté encima de ella. Estaba muy dura. Me tomaba de las caderas y apretaba mi trasero mientras yo lo cabalgaba. Me abrazó por la cintura para inmovilizarme y comenzó a moverse con fuerza desde abajo, golpeando mi cuerpo con sus testículos mientras me besaba. De pronto, el mundo se detuvo: un nuevo orgasmo, eléctrico y agudo. Con la mente nublada salieron palabras como una confesión involuntaria: —Oh, papi... eres mi papi... tú eres mi papi—. Lo repetía entre jadeos y pérdida de conciencia.
Mientras lo montaba, su miembro se salió de mi cuerpo y al bajar mis glúteos cayeron con todo mi peso sobre él. Su pene se dobló, se quejó, me tiré a un lado y todo terminó. Pero la hombría no lo dejó quebrar, apenas pudo reanudó el ritual. Volvió sobre mí, para demostrar su vigor hasta el final. Me giró boca abajo. Sentí el peso de su cuerpo sobre mí, colocó sus rodillas al lado de mis caderas y me penetró otra vez.
Era un castigo y un premio a la vez. En medio de ese dominio absoluto, mis gemidos brotaron de nuevo, desordenados y agudos. Mi cuerpo se arqueó en un espasmo y me desbordé por completo: otra marea de líquidos brotó de mis entrañas. El orgasmo fue tan abrasador que la luz se apagó tras mis párpados. Pero él no dio margen al descanso, estaba decidido a demostrar quién mandaba.
Entonces me dijo: —Me voy a venir. Y le pedí que lo hiciera sobre mí. Él se apartó y yo me giré para quedar boca arriba. Se acercó y le dije: —Hazlo aquí… quiero sentirte. Su rostro se descompuso y dejó fluir su semen sobre mis pechos. Se dejó caer a mi lado, exhausto, y me dijo: —No puedo más… ¿acaso crees que no me canso?
Debajo de la cama la grabadora de casete continuaba girando. Ahí quedaron atrapados los sonidos de aquella habitación. Curiosamente su voz no se escuchaba, sólo se registró su respiración agitada, la resonancia de los cuerpos y mis gritos. Era como si Ans hubiera decidido expresarse solo con el cuerpo y no con palabras.
Bruscamente se levantó de la cama, no podía orinar y se metió a bañar. Yo fui detrás de él. Mientras nos bañábamos parecía que todo podía retomarse. Me acerqué, lo besé, busqué encenderlo otra vez, pero no respondió. Salí antes que él, me vestí a medias, acomodé las camas sintiendo que el tiempo se nos escapaba. Esperé a que saliera del baño. En cuanto apareció le pedí que lo hiciéramos una vez más. Me dijo que no, que le dolía el abdomen, que tenía náuseas y me pidió que me arreglara para bajar a desayunar. Pero no me di por vencida.
Traté de provocarlo mientras me vestía. Estaba en tanga y con una blusa. Me agachaba y me movía dejando ver mis curvas como por accidente, intentando reactivar su deseo. Estaba usando mi cuerpo para retenerlo, para decirle que seguía disponible, pero nada paso, estaba decidido. Al ver que no cedía terminé de vestirme. Bajamos a comer, salimos a hacer unas compras, caminamos por las calles pensando en que teníamos poco tiempo para regresar a recoger las cosas.
Algunos puestos apenas se estaban instalando y casi todo estaba cerrado. Caminamos en busca de ropa por donde estaba una iglesia. Mientras avanzábamos por la calle, nos tomábamos de la mano. Cada que él podía deslizaba su mano sobre mis nalgas, pero lo detenía sin decir nada. Parecía ignorar que habíamos salido de la habitación. Compró una playera azul marino y algunos llaveros de recuerdo, mientras yo caminaba con el cuerpo cansado por todas las folladas.
VIII. LO QUE QUEDABA DE NOSOTROS
Había una extraña normalidad en ese paseo, como si después de habernos exprimido ahora tocara fingir que éramos solo dos personas viendo recuerdos. Fue ahí, caminando entre las calles cuando Ans me preguntó (11:20): —¿Qué te llevas de mí? Le dije: —Nada, lo que quería no me lo diste. Se quedó en silencio y luego insistió: —Pero ¿qué te compro?, ¿qué quieres?, ¿con qué me recordarás? Le contesté: —Con nada, esto termina hoy. Regresamos al hotel.
En todo el camino de regreso me la pasé tocándolo, acorralándolo en los rincones, haciéndolo correr, quería excitarlo en exceso para que me dijera sí a todo. Llegamos al hotel, investigué salidas y subimos por las maletas. Al entrar al cuarto yo tomé la revancha, me abalancé sobre él, pero no le gustó, cambió los roles y volvió a asumir el papel de seductor. Lo acariciaba, no me resignaba a que las cosas fueran así.
Me miró y me dijo: —Sabes que sí te vas a llevar algo de mí —mientras me bajaba el pantalón. Sin darme tiempo de actuar quedé totalmente desnuda sólo con un cinturón amarrado a mi cintura. Me levantó, acomodó mis piernas alrededor de su cuerpo y me sostuvo en el aire. Entonces me dijo: —Te vas a llevar esto — mientras sentía como su verga erecta llenaba todos mis huecos, sus brazos sujetaban mis nalgas y subían y bajaban al ritmo de su cuerpo.
De pronto sus penetraciones detonaron una carga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. El orgasmo llegó brusco, inevitable. Sin construcción. Sin aviso. Mis músculos internos se contrajeron en movimientos involuntarios. Grité mucho, en varias ocasiones.
Me dejó caer sobre la cama. Levantó mis piernas y las acomodó sobre sus hombros mientras me cogía, viéndome con esa seguridad que siempre me desarmaba. Me sujetaba suavemente mientras que su verga entraba y salía con gran fuerza. Luego me colocó hincada arriba de la cama. No había ternura, pero sí una forma intensa de posesión. Nuevamente yo estaba gimiendo. El ritmo se volvió más rápido hasta que sentí una contracción final de su cuerpo. Se vino en un condón, dentro de mi cuerpo.
Comprendimos entonces que todo había terminado. Nos vestimos, arreglé mi maquillaje, acomodé el pelo y salimos de la habitación. Él cargaba todas las cosas, yo solo me encargaba de las rosas y mis pertenencias más pequeñas. Pagó el cuarto del hotel y la cuenta del restaurante. Salimos, él paró un taxi y lo abordamos. Los dos íbamos en la parte de atrás. El taxista hablaba mal de las mujeres, a mí eso no me importaba. Durante el trayecto me invadió una molestia silenciosa: la diferencia entre nosotros se hacía más evidente en ese espacio. Daba la impresión de que afuera de la habitación todo volvía a ordenarse.
IX. EL ANDÉN
Ya era sábado (12:00). Llegamos a la terminal, bajó todas las maletas y pagó el taxi. El taxista me gritó a lo lejos: —Señorita, se le olvida su ramo. ¿Qué va a pensar su novio? Todos nos voltearon a ver. Me dio un poco de pena. Solo tomé el ramo que él me había dado y me metí al edificio. Él esperó a que yo arreglara lo mío, que escogiera una salida y comprara el boleto. Después fue él, casualmente no había salidas sino hasta después de que yo me fuera. Esperamos en la misma sala. Me pidió precaución, que cuidara los detalles, que buscará estrategias para no delatarme.
En el andén, antes de subir, nos besamos varias veces, pero con una intensidad distinta, más contenida. La hora se acercaba, lo vi triste, no quería que me fuera. Cinco minutos para mi salida, me dijo: —Adiós, recuérdame. Y le contesté: —Claro, te recordaré. —¿Pero me llamarás? Subió mis cosas al autobús, me besó y no volví la mirada más a él. Me subí, y él se quedó en los andenes viendo las postales que había comprado.
Aun no salía el autobús cuando recibí su primer mensaje: ¿Qué te llevas de mí? Intercambié algunos mensajes con él mientras salía su autobús, le dije que estaba cansada, que me dolía la cabeza -un dolor que me duró una semana-. También le mencioné que lo que vivimos fue algo muy “cabrón”.
Más ninguna de mis respuestas le complacían, era como si me estuviera forzando a decirle que lo quería. Me dijo que no me hubiera ido, que me quedara hasta el domingo, incluso insinuó que me fuera con él al Estado de México. Fue entonces que entendí que yo le había gustado más de lo que estaba dispuesta a aceptar. Que lo que me había descolocado con él era también lo que me había encendido. Era una forma distinta de desear. Una que no buscaba estabilidad, sino intensidad. Mientras la ciudad quedaba atrás, pensé que después de esta experiencia era capaz de seducir a cualquier hombre.
Y ahí quedó una historia que destapa más dudas que respuestas. Me lo cogí y cada vez que él me escribía era para decirme que se siente solo, que me quisiera junto a él, y lo escucho, lo percibo, quisiera ayudarle a sentirse mejor. Lo que pasó entre nosotros no fue un accidente, fue un terreno al que entré consciente de que él iba a apropiarse de mí mucho más de lo que yo iba a conseguir de él. Y no me detuve. Me entregué por completo.
Pero lo inquietante no es eso. Es reconocer que si ese momento se repitiera no sé si haría algo distinto. Lo más incómodo no es aceptar que un profesor de nivel básico fue quien me dio la mejor cogida de mi vida. Lo más incómodo es que después de él, mi cuerpo ya no volvió a reaccionar igual.
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