Antonieta tenía 43 años, pero su cuerpo parecía negarse a envejecer. Tetas pesadas y firmes de talla D que se balanceaban con cada paso, cintura todavía estrecha, caderas anchas y un culo grande, redondo y jugoso que temblaba hipnóticamente cuando caminaba. Piel clara, cabello café largo, labios gruesos y esa cara madura que tanto excita a los viejos.
Esa noche llegó al motel vestida exactamente como la puta en la que la estaban convirtiendo: blusa negra escotada y ajustada que apenas contenía sus enormes tetas, sin sostén, con los pezones gruesos marcándose obscenamente. Falda cortísima y ceñida que se le subía sola, dejando a la vista la mitad inferior de sus nalgas. Debajo, solo un hilo dental negro que desaparecía entre sus cachetes gruesos y suculentos.
Ramon la recibió con una sonrisa paternal, la besó en la frente y la hizo pasar. Cuando Antonieta vio a los otros tres viejos (el Ing. Pedro Moreno —su antiguo profesor de la universidad—, Javier y el tercero) sentados en la habitación, se quedó helada.
—¡Ramon! ¿Qué mierda es esto? ¡Me dijiste que solo íbamos a estar tú y yo! —exclamó asustada, retrocediendo hacia la puerta.
Ramon la abrazó por detrás, le besó el cuello con ternura y le susurró al oído:
—Tranquila, mi reina… confía en mí. Ellos solo van a mirar por ahora. Quiero que vean lo hermosa y puta que eres. Yo estoy aquí. Déjate llevar…
Antonieta temblaba visiblemente. Por dentro sentía pánico.
Esto no es lo que acordamos… Yo solo quería jugar contigo. Soy una mujer casada, madre, respetable… ¿Qué estoy haciendo aquí con estos viejos mirándome como animales?
—No… por favor… me da mucha vergüenza… vámonos, Ramon… solo contigo…
Pero la puerta ya estaba cerrada. Ramon empezó a desnudarla lentamente frente a las cuatro miradas hambrientas. Botón por botón de la blusa. Cuando sus tetas grandes y pesadas saltaron libres, los viejos soltaron gemidos de admiración. Antonieta intentó cubrirse, pero Ramon le apartó las manos con suavidad.
—No te tapes, mi amor. Déjalos que te admiren como se merece ese cuerpo de puta.
Le bajó la falda con deliberada lentitud. Luego, de un tirón, rompió el hilo negro. Antonieta quedó completamente desnuda, solo con tacones altos, temblando de vergüenza mientras cuatro pares de ojos viejos devoraban cada centímetro de su cuerpo.
Dios mío… me están viendo desnuda. Estos hombres que podrían ser mis tíos o mis profesores. ¿Qué pensaría mi familia si me viera así? Soy una vergüenza…
Ramon la llevó hasta la cama, la puso en cuatro patas y se colocó detrás. Los tres viejos se sentaron alrededor como espectadores privilegiados.
Le escupió en el culo, le embarró lubricante y le metió la verga gruesa de un solo golpe brutal.
—¡Ayyy Dios mío! ¡Me vas a partir en dos! ¡Ramon, sácala por favor! —gritó Antonieta.
Ramon empezó a follársela por el culo con ritmo profundo y constante. Al principio los otros solo miraban. Pero poco a poco se fueron acercando. Javier le acarició una teta colgante. Antonieta se quejó:
—¡No! ¡No me toquen! ¡Solo Ramon… por favor!
Pero los viejos ya no se detuvieron. Otro le acariciaba la espalda, y el Ing. Moreno le metió la mano entre las piernas y empezó a frotarle el coño mojado mientras Ramon seguía partiéndole el culo.
Antonieta luchaba y suplicaba entre gemidos cada vez más débiles, pero su cuerpo la traicionaba. Sus caderas empezaron a moverse hacia atrás buscando más verga. Sus gemidos se volvieron más largos, más necesitados.
¿Por qué me estoy mojando tanto? Debería sentir asco… estos son viejos que me doblan la edad. Hace unos meses yo era una esposa normal, y ahora estoy aquí dejando que me manoseen como a una perra. Me odio… me odio por estar disfrutando esto.
Ramon le dio una nalgada fuerte.
—¿Ves, mi reina? Ya estás moviendo ese culo rico como una perra en celo. Sabía que te iba a gustar.
Javier (70 años) le agarró la teta con su mano arrugada y le pellizcó el pezón con fuerza. Moreno le frotaba el clítoris hinchado con dos dedos. El tercero le metió dos dedos en la boca para que los chupara.
De repente, Antonieta se quebró completamente:
—¡Ayyyy Dios mío! ¡Sí! ¡Me está gustando! ¡Más profundo, Ramon! ¡No paren! ¡Me encanta que me toquen mientras me parten el culo!
Los viejos se encendieron. La tocaban por todos lados: le estrujaban las tetas, le pellizcaban los pezones, le metían dedos en el coño y en la boca. Antonieta se corrió por primera vez con un grito desgarrador, temblando violentamente, apretando la verga de Ramon con el culo mientras chorros de squirt salían de su vagina.
Mientras se corría, una ola de vergüenza y autodesprecio la invadió:
¿Qué estoy diciendo? ¿Qué estoy haciendo? Soy una madre… una esposa… y estoy gritando como una zorra barata delante de estos viejos. ¿En qué me estoy convirtiendo? ¿Por qué no puedo parar?
Los viejos se rieron y la humillaron:
—Mira cómo se corre la puta… —Esta alumna decente ya es nuestra zorra… —Sigue moviendo ese culo, perra.
Después de correrse dentro de su culo, Ramon dijo con una sonrisa:
—Siguiente.
El Ing. Pedro Moreno fue el primero. La agarró fuerte por las caderas y le metió toda la verga en el coño de un empujón.
—¡Ayyy Dios! ¡Moreno no… usted no! —gimió ella, pero pronto sus palabras se convirtieron en gemidos de placer.
La pasaron de uno en uno, follándola en todas las posiciones. Siempre había manos extra tocándola, pellizcándola, degradándola.
Luego Ramon ordenó el siguiente nivel:
—Ahora dos al mismo tiempo.
La pusieron en cuatro patas. Ramon volvió a metérsela por el culo mientras Moreno se la clavaba en el coño. Doble penetración brutal.
Antonieta soltó un grito animal:
—¡AAAAAHHHHH DIOS MÍO! ¡ME ESTÁN PARTIENDO! ¡DOS VERGAS A LA VEZ! ¡ME VAN A ROMPER EL CULO Y EL COÑO!
Su cara era la imagen perfecta de una puta en éxtasis: ojos en blanco, lengua afuera, baba cayendo. Los otros dos le follaban la boca por turnos mientras le apretaban las tetas con fuerza.
—¡Sí! ¡Más duro! ¡Rómpanme como la puta que soy! ¡Llérenme los tres huecos! ¡Soy su zorra! ¡Úsenme!
La follaban con fuerza sincronizada, nalgadas, insultos, pelos jalados. Uno tras otro se corrieron: algunos adentro, otros en su cara, tetas y boca.
Cuando terminaron, Antonieta quedó destruida sobre la cama: culo y coño dilatados y chorreando semen espeso, cuerpo lleno de chupones y marcas rojas, cara embarrada, pelo pegajoso, respirando agitada.
Ramon se acercó, le acarició el culo hinchado y le preguntó:
—¿Cómo te sientes, mi reina?
Antonieta tardó unos segundos. Con voz ronca y satisfecha murmuró:
—Estoy destruida… me duele todo… pero me encantó. Nunca me habían usado así… Me sentí como una puta de verdad.
Intentó levantarse pero las piernas le fallaron. Con una risita avergonzada agregó:
—Miren cómo me dejaron… no puedo ni caminar… el culo me palpita… estoy llena de semen de viejos…
Por dentro, sin embargo, una voz le gritaba:
¿Esto es lo que soy ahora? ¿Una zorra que disfruta que la usen varios viejos a la vez? ¿Qué va a quedar de la Antonieta decente que era antes?
Ramon le dio una palmada suave en el culo:
—Buena puta. La próxima vez vamos a ser más.
Antonieta suspiró profundamente y respondió casi en un susurro, con los ojos brillantes:
—Está bien… cuando quieran… ya soy de ustedes
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión