**Lujuria en el Autobús**

En otoño, hace tiempo, un domingo abordamos el autobús para visitar a unos familiares por el rumbo de La Villa. Iba medio vacío y ocupamos un lugar en la fila de la izquierda con mi esposa. Me senté en el lado del pasillo. Más adelante subió una mujer joven con apariencia secretarial, blusa con escote y falda con vuelos, y me miró. Se quedó parada en el pasillo, aun cuando había asientos desocupados.

Fueron abordando más pasajeros y se llenó el camión. Luego la chica se acercó al lado de mi asiento. Me di cuenta cuando empecé a sentir recargones en mi hombro: eran toques suaves que con el vaivén del vehículo se justificaban. Luego ya no. Era un frotamiento aparentemente obligado de la pelvis de la chica en mi hombro. Sonreí para mis adentros pensando: todos tenemos necesidades. Solo cuidaba que mi esposa no detectara los meneos.

Afortunadamente ella es bajita y yo, de espaldas anchas, de forma que reduje la visibilidad de lo que sucedía.

Incitado por los frotes que se volvían más intensos y al ver el pasillo ocupado por más personas, entre ellas un joven que se puso atrás de la chica para arrimarle el paquete supongo, bajé el brazo al costado y toqué los tobillos accidentalmente de la chica, quien me vio a los ojos y sonrió, separando las piernas instintivamente. Animado, deslicé la mano dentro de la falda hasta llegar a sus muslos que aún se encontraban semijuntos. Tocar esa piel suave y carnosa me excitó y la apreté suavemente, lo que hizo que abriera más las piernas como invitación a subir más adelante. El corazón se me aceleró y sentí crecer mi verga.

Emocionado, verifiqué que el hecho fuera punto ciego para mi esposa por el movimiento de mi brazo y luego, doblándolo más, alcancé a sentir la vulva cubierta por las pantys. La excitación me embargó. Fue una sensación placentera que me anegó y bien que sí, porque las pantaletas estaban húmedas. Quería tocarme la entrepierna para mitigar la sensación, pero habría generado suspicacias a mi esposa, así que me puse en las piernas la bolsa del regalo que llevábamos para ocultar la erección de 20 cm que me angustiaba.

Luego coloqué la palma de la mano con los dedos hacia mí, como concha, para sentir plenamente la vulva, apretándola suavemente y buscando con el dedo medio el clítoris. Cabe decir que me apasionan las vulvas y quería estrujarla. Acuciado por la oxitocina que me proporcionaba tanto placer, urgido, desplacé la panty y toqué directamente la piel de la vulva, acomodando el dedo medio entre los labios vaginales y frotando suavemente el clítoris, lo que provocó que se me endurecieran los testículos. Entonces me percaté de que la chica empujaba la pelvis y, entrecerrando los ojos, arqueó la espalda hacia atrás. Esto me alertó de que se hiciera notorio mi avance, pero instintivamente giré la mano con los dedos hacia sus nalgas y le inserté el pulgar en el hoyo húmedo que me hizo sentir su suavidad y estrechez y, para más sensación, con el índice le frotaba el esfínter, lo que hizo que apretara las piernas reteniendo mi mano para que no escapara, mientras el precum mojaba mi pantalón y crecían mis ganas de agarrarme el pene.

Al detectar que estábamos cerca del punto de destino, le inserté en la vagina los dedos índice y medio, masturbándola hasta que explotó. Se le aflojaron las piernas y se derrumbó, mientras sus jugos corrían por mi antebrazo y goteaban en el codo. Apresuradamente me limpié en su falda y retiré mi mano. La chica fue sostenida por el joven de atrás que le empujaba el paquete. El movimiento nos obligó a voltear a verla a mi esposa y a mí, y con la mirada nos preguntamos qué le ocurría, en tanto yo contenía a duras penas la lujuria que me invadió y que mi esposa, más tarde, liberó.

P. Revere.