El domingo pintaba como un domingo más de aburrimiento, día de familia o si había suerte de ir con las amigas a tomar algo. La comida fue soporífera, aguantando como todos los domingos a los sobrinos y a mis hermanos y sus mujeres hablando de las mismas tonterías.
Por lo que si, si llamada me sorprendió bastante, siempre era yo quien le llamaba y el venía, que el me llamará me subió mucho el ego.
Rápidamente me despedí de la familia y me fui a duchar y ponerme guapa. Me vestir con un tanga rojo de encaje que se que le pone muchísimo a juego con un mini sujetador para que pudiera facilitarle jugar con mis tetas, y todo bajo una minifalda vaquera y un top negro.
Quedamos para que me recogiera en el cruce de mi pueblo y tras montarme en el coche pusimos rumbo a Santiago.
No llegamos.
Estaba tan cachonda que le dije a la altura de Arca que se desviara para follar en el coche, lo cual, el estuvo de acuerdo.
Nos desviamos a un camino rural y aparcamos de forma disimulada en la entrada a una finca. Nos fuimos a la parte de atrás y allí el me metió mano por debajo de la falda mientras su mano agarraba mi nalga, su otra mano bajo el top me sonaba las tetas y su boca me comía la mía. Me moje como nunca en los ultimos años. Luego me tumbe en el asiento y mientras subía mi minifalda el me bajo las bragas hasta dejarme sin ellas mientras su boca empezó a comerme el coño...dios, no lo había notado tan ansioso desde hacía años.
Con una habilidad rara en el, pero de maneras nuevas me dio la vuelta obligando a ponerle el culo a la altura perfecta para ser penetrada.
Escuche como se bajaba los pantalones y note su polla juntado entre mi coño y mi culo, el cual me daba igual pues quería tenerlo dentro lo antes posible. Rápidamente se decidió y me la metió por el coño mientras me agarra fuerte por las nalgas y la cadera. Adoraba que me follara así, como una buena perra.
Después de varios embistes no me aguante más y me corrí, el lo noto, y se separó de mi obligandome a darme la vuelta y quedarme abierta de piernas para que volviera a empujarme en esta nueva posición. Se tumbo encima, y después el de varios embistes, se separó de mi lo suficiente para mirarnos a la cara y con un leve te quiero me beso mientras se corría.
Así, el encima y yo debajo, sudados ambos, medios vestidos o medio desnudos nos quedamos abrazados hasta que decidimos regresar a dejarme, ya cerca d ela noche, a mí casa.
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